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martes, 29 de agosto de 2017

"EL PAÍS DEL MIEDO", una novela de Isaac Rosa


Hace ya unos años hablando con Ángeles Maeso —poeta, ocasional novelista y coordinadora entonces de un taller de escritura al que asistí unos pocos meses— salió el nombre de Isaac Rosa. Fue en una de nuestras habituales conversaciones fuera del aula, que para mí eran lo más interesante, aunque tal vez ella estuviera deseando que se acabasen los obstáculos para llegar hasta su coche y poder, al fin, marcharse a casa. Recuerdo que le comenté que, a mi juicio, había algunos temas de los que la ficción literaria apenas se había ocupado, mientras que otros se repetían y repetían, en grado ya muy cansino. Entre los muy trillados, las historias de amor y las guerras. En particular, en el caso español la Guerra Civil. Y entre los menos tratados, a pesar de su gran importancia en la vida de la gente, el  ámbito o tema laboral. Coincidió conmigo en la apreciación y me recomendó, no obstante, una novela que trataba del mundo del trabajo: “La mano invisible” de Isaac Rosa. Tal vez ambos, con algún conflicto laboral no muy lejano en nuestras biografías, éramos especialmente sensibles a ese tema. Pero no éramos, por desgracia, ninguna excepción, con la crisis golpeando duramente el mercado laboral. También me acuerdo de que apostilló que Isaac Rosa era uno de los escritores que más le gustaban entre los jóvenes.

La poeta y profesora María Ángeles Maeso

Y de aquellos polvos vienen estos lodos o, más bien, aquella semilla ha terminado por germinar y dar, no me importa adelantar el juicio, un muy buen fruto. Justo antes de las vacaciones me hice con dos novelas de Isaac Rosa, la ya citada “La mano invisible” (2011) —a la que espero hincarle pronto el diente— y otra más, la que da título a esta entrada: “El país del miedo”. Curiosamente, la primera novela que publicó Isaac Rosa Camacho, allá por 1999, se tituló “La malamemoria” y trataba, ¡otra más!, sobre la Guerra Civil española. De hecho, posteriormente fue reelaborada en “¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!(Seix Barral, 2007), del mismo modo que el nombre de su autor fue reelaborado para lo sucesivo— bueno simplemente acortado— como Isaac Rosa.

La pregunta que me hago ahora es por qué empecé por esta, El país del miedo” (Seix Barral, 2008),  y no por la recomendada, la que trataba del mundo laboral. Esas cosas nunca se tienen claras del todo. Pero creo que fue debido a que me llamó ya la atención su título, leí la contraportada, empecé a leerla, tiró de inmediato de mí río abajo y, siendo además relativamente breve (314 páginas, en la edición que yo he manejado, la primera), ya no me detuve hasta el final. Puede que, como suelo hacer, postergara lo que se espera de mí, lo que yo mismo espero hacer, pero no hago. En todo caso, ha sido sobre todo culpa, quiero decir mérito, de Isaac Rosa porque la novela me ha enganchado, ya desde su intrigante título, complementado con una bella composición de la cubierta, obra de María Antonia Pérez, en la que aparecen Margaret Hamilton, en el Mago de Oz (1939) y su inquietante sombra.

Me ha gustado el tema, el miedo, y no recuerdo ninguna obra de ficción que lo trate con la continuidad y profundidad con que lo ha hecho Isaac Rosa. Por supuesto que el miedo se ha explotado como recurso de la ficción literaria desde varios siglos atrás. Para empezar el miedo es un componente esencial de muchos cuentos infantiles tales como Caperucita roja, Los tres cerditos y el lobo o Juan Sin Miedo, entre muchos otros. Relatos que leen , o les cuentan, los padres a sus hijos y con los que se nos inocularon los primeros miedos. Un miedo que sigue de forma inmediata al más primario y ancestral de todos: el miedo a la oscuridad. Pero el miedo ha constituido de forma habitual el medio, esto es, el recurso o mecanismo y no el tema. Así, en las novelas policíacas, los thrillers o las novelas de terror. Por ejemplo, “Drácula”, de Bram Stoker (1896), o “Dr Jekyll and Mr Hyde”, de Robert Louis Stevenson, (1886). E incluso en narraciones de corte documental, como la célebre “A sangre fría” de Truman Capote (1966). "El país del miedo", por contra, indaga en el repertorio de los miedos contemporáneos, que suman otros nuevos, o más bien reelaboraciones o adaptaciones de los esenciales, clásicos o incluso innatos. Unos miedos que son, a un tiempo, comunes, infundados muchas veces, casi siempre exagerados, y puede que, no obstante, inevitables.

        Retrato de Isaac Rosa, 
        obra de Carlos velasco para Diagonal
El País del Miedo, como dice la contraportada de la novela, es un lugar imaginario, sí; pero no indefinido o lejano, en absoluto. Es un lugar, un paisaje que todo habitante de una ciudad grande, o hasta mediana, de un país algo desarrollado reconocerá. Y su protagonista, apenas definido, es su habitante, junto con su mujer y su hijo, quien también lo habita a conciencia. La narración es una inteligente recopilación de los miedos urbanitas y contemporáneos, de los fundados y los infundados, de todo eso que anida en nuestro fuero interno, pero suele callarse porque casi nadie quiere presentar de sí la imagen medrosa que reflejaría el espejo con una simple enunciación de los miedos que pueblan nuestra mente. La indefinición del personaje, más allá de unos pocos rasgos imprescindibles, permite paradójicamente la mayor identificación de los lectores. Es probable que no sean tantos los lectores que tengan el catálogo completo de los miedos que reúne Carlos, ni los que se dejen influir por ellos tanto como él. Pero me temo —como ven, el miedo cala en el lenguaje mismo— que tampoco serán pocos los que sí los tengan y, más aún, los que en algún momento de sus vidas, o muchos, los han sentido o imaginado. Por la educación recibida, por la experiencia de la vida, por el uso intensivo que la ficción y, en especial, la cinematográfica han hecho del terror, somos adictos a esa emoción en que se enredan, formando un revoltijo inseparable, el rechazo y la atracción.

Nos tapamos la cara y dejamos los dedos entreabiertos, sufrimos disfrutando del miedo, de ese cosquilleo eléctrico, con alguna vaga resonancia de placer sexual, que nos eriza el vello y acelera el corazón. Las sombras nocturnas en la casa vacía que adoptan, a nuestros asustados ojos, la forma de acechantes e intrusas presencias humanas; el aparcamiento subterráneo solitario en el que resuenan , magnificados por el eco, los propios tacones de la mujer que busca la plaza donde aparcó. ¿O se oyen más pasos? Se detiene y comprueba si cesan. La calle oscura en que sentimos detrás los pasos de alguien,  cada vez más próximos. El crujido repentino en la noche de no se sabe qué. Esos estados en que cualquier ruido o presencia inesperada sobresalta a quien ha sido apresado por el miedo y cualquier forma, roce o ruido hace, como decimos gráficamente, que nos dé un vuelco el corazón. O los nervios que nos aturden e incapacitan… El otro conductor al que intuimos por la ventanilla fuerte y violento, un tipo pendenciero, dispuesto y habituado a la bronca y la pelea, al que no sabemos qué decirle para ni dejarnos apabullar, ni provocar una espiral del conflicto que acabe en pelea, en la que nos anticipamos perdedores. Al final, incapacitados por los nervios, por el miedo -para dejarnos por una vez de eufemismos-, nos privamos de afearle su conducta o de replicar a sus expresiones irrespetuosas o insultos. Como hace muy poco me dijo mi hijo estando lejos de la orilla, en aguas cada vez más oscuras: “con el mar todo el mundo habla de respeto, sí.  No es que le tenga miedo al mar, pero sí respeto… ¡Lo que pasa es que están acojonados!”.

Miedo
Fotografía de Andrea Floris
Sin un solo diálogo expreso, aunque naturalmente se narran bastantes conversaciones, valiéndose de un lenguaje cuidado, pero no preciosista, ni rebuscado, con gran eficacia narrativa, Isaac Rosa recurre a un narrador de apariencia muy clásica, en tercera persona, también indefinido y bastante omnisciente. Una voz que por momentos se confunde sin tapujos con el propio escritor, pero que otras se aleja del mismo y se acerca al interior de los personajes. Hay, por supuesto, una historia, una peripecia personal que afecta a un reducido grupo de personajes, en esencia, un padre, un hijo, una madre y un cuñado. Casualmente, en eso tiene algún parecido con “Breaking Bad” así como en el desarrollo de la acción en un entorno con tendencia a resultar inhóspito, un lugar elegido, se diría, de forma arbitraria como asentamiento humano. Un entorno desapacible que desencadena el reflejo de encerrarse en casa, en el hogar, ese reducto de seguridad, calor y confort, reforzando la sensación de miedo al exterior. La historia de fondo de la novela, el hilo conductor cabe decir con mucha razón en este caso, es precisamente un tema muy de moda en los últimos años y que la narración desgrana lentamente, de poco en poco. Volviendo a las metáforas textiles, la peripecia narrativa es un hilo de lana que el narrador va desovillando de forma paulatina y esporádica, por lo que el lector entra en el juego de detectar las pistas e ir conjeturando. No debo ni quiero, por tanto, privar de esos alicientes a ningún potencial nuevo lector de “El país del miedo”. Pero, por encima de todo, el autor de "El país del miedo" nos admira y entretiene con su conocimiento de la conciencia y las emociones humanas, nos traslada desde experiencias concretas y contemporáneas a lo universal e intemporal por el conducto del miedo.

Isaac Rosa ha logrado un punto medio exacto, virtuoso me atrevería a decir sin exageración, en el que acción y personajes resultan a la vez tan concretos e individuales como genéricos o intercambiables por cualesquiera otros. Asimismo, hay un equilibrio admirable entre narración y reflexión. Ambas se entretejen de forma que rara vez pueden discernirse y que, lejos de anularse en un juego de fuerzas contrarias, se potencian entre sí y realzan el vigor e interés de la novela. Tal vez haya momentos en que la novela se haga un poco asfixiante, pesada en el despliegue progresivo de los inagotables miedos. Hay fases en que todo lector deseará, probablemente, aire fresco, un cambio de tema; pero ese es otro logro de la narración. Es así como quien la lee experimenta en carne propia y mediante el solo hecho de la lectura la presencia expansiva del miedo. Un miedo que se une a los miedos que todos hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas. O imaginado, pues esa es la vestimenta que más se pone el miedo, un elemento que como el aire o el agua tiende a filtrarse por el más ínfimo resquicio y a ocupar, alojarse puede que “ad æternum”, en el interior de los cuerpos sólidos en los que logra penetrar. El lector se plantea el  difícil deslinde entre el efecto útil del miedo (la prevención y evitación de los peligros y amenazas) y el nocivo, esas múltiples ocasiones en que paraliza la acción y es fuente de constantes sufrimientos. No resulta muy difícil imaginarse, poco a poco, siguiendo la conducta de Carlos, protagonista de la narración y padre de una “víctima” —tal vez del miedo más que de nadie o nada—, una de tantas. Sin oponerle resistencia cualquier fuerza puede empujarnos, cada día un poco más hasta acabar arrinconándonos, del mismo modo que un lento pero constante goteo acaba por horadar la piedra. Complicado saber, por más que creamos que en el conjunto no habríamos obrado igual que el protagonista, en qué momento hubiésemos frenado la espiral, ya que el camino va transformando a quien lo recorre. Nuestros actos conforman nuestro carácter y la inacción, en consecuencia, la ausencia del mismo (1).

Isaac Rosa Camacho recibiendo en 2009 el Premio de Novela
Fundación José Manuel Lara Fernández por "El país del miedo"

Una de las facetas en las que resulta particularmente abstracta la novela es en lo laboral. Se menciona infinidad de veces que los personajes van o vuelven de trabajar, que piden algún permiso, que modifican sus horarios e incluso que se llevan, de modo ocasional, trabajo a casa. Pero ese otro mundo, el del trabajo, es aquí un ente abstracto, indefinido, un lugar y un tiempo que quedan por completo fuera de esta novela, salvo en unos pocos casos, sobre todo, sobre todo en uno de los personajes y hacia el final. Tal vez por ello resulte una introducción perfecta a “La mano invisible”, para que la otra cara de la tierra salga de la sombra nocturna y la luz del sol nos revele su compleja topografía.

“El país del miedo” es, en suma, una novela original, virtud que, al menos a este lector, al que le cuesta horrores lidiar con “el más de lo mismo”, le parece una de las mayores que puede tener a estas alturas – de la historia de la literatura y hasta de su vida lectora- una obra literaria. Es en conjunto una lectura muy satisfactoria. Es ahora, al escribir esta reseña, cuando he sabido que la novela fue elegida Premio de Novela Fundación Jose Manuel Lara en 2009, un premio que doce grandes editoriales conceden a la que consideran la mejor novela en castellano publicada durante el año anterior. Una obra que hace pensar nos encontramos, posiblemente, ante uno de los mejores novelistas españoles de hoy día, en especial si consideramos que su autor estaba en el inicio de la treintena cuando la escribió. Un autor probablemente llamado, por tanto, a ser un nombre principal en nuestras letras en los próximos años.

A diferencia de a un avión o un concierto, a los libros y los escritores nunca se llega tarde. Uno tiene siempre abierta, 24/7, la puerta para entrar y ponerse al día en el resto de la obra de su personal descubrimiento. Esa es, tras lo leído, mi intención. Veremos si esta vez es de esas pocas en que sí hago lo que espero hacer…


(1) Esta idea me ha recordado una conocida cita de Mahatma Gandhi: "Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino."

sábado, 29 de julio de 2017

"La España vacía. Viaje por un país que nunca fue" (Sergio Del Molino)


Reseña del ensayo del periodista y escritor, o viceversa, Sergio del Molino (Madrid, 1979), publicado en abril de 2016 por la editorial Turner Noema. Una obra que ha obtenido un gran éxito de público (van tres ediciones y nueve reimpresiones hasta marzo de 2017) y ha sido muy alabada por la crítica (Andrés Barba, El Cultural) e incluso por alguno de los más reconocidos escritores españoles contemporáneos (Muñoz Molina, Babelia).

  • El camino hacia el libro
Hace ya unos cuantos años di por casualidad con un blog, entretenido y bien escrito, que publicaba un chico joven, ya por entonces algo más que yo 😊, que vivía en Zaragoza, cosa más bien rara entre quienes logran notoriedad profesional. Para los que pudieran no saberlo, la capital de Aragón es, sin duda, una ciudad de considerables dimensiones —su población se acerca a los 700 mil habitantes. Pero parece exigirles a quienes quieren “hacer carrera de verdad”, tal vez de forma más imperiosa que otras de su rango de tamaño, que elijan entre irse a vivir a Madrid o Barcelona. Igual tiene algo que ver que Zaragoza se encuentre en el camino que une ambas ciudades y casi a la mitad. 

Aquel "chico" —se trataba obviamente de Sergio del Molino, que parecía tener bastantes más lectores de lo habitual en un blog personal de quien no era propiamente famoso, escribía también en el periódico “el Heraldo de Aragón”, hacía algún pinito, creo, en la televisión aragonesa y me parece recordar que por entonces empezaba a escribir libros, principalmente ficción. Había, o empezó más o menos por entonces, también una historia personal triste detrás, la de un hijo pequeño gravemente enfermo, al que llevaron para un tratamiento médico a Barcelona. Luego le perdí la pista a Sergio del Molino, pero aparecía aquí y allá en la prensa, principalmente por reseñas y alguna entrevista a raíz de los libros que iba publicando. Al fin compré uno de ellos, y aquí me tienen, recién llegado para contarles lo que me he parecido.

Sergio del Molino
(fotografía de autor y fuente desconocidos)
  • ¿De qué trata la España vacía? 
A pesar de que he terminado muy recientemente su lectura, aunque medió una parada de un par de semanas, no tengo nada clara la respuesta a esta cuestión. Es probable que parte de la culpa sea mía y de la citada pausa, ya que se queda uno bastante mejor con lo leído del tirón. Pero otra parte creo que, para bien o para mal, es atribuible a la propia obra.

Recurro a la consulta de los títulos de los capítulos, pero, dada su originalidad, resulta inútil como ayuda. Estos van desde “la historia del tenedor” a “una patria imaginaria”, pasando por “la ciencia del aburrimiento” o “la belleza de Maritornes”. En cómo ha nombrado Del Molino a cada una de las tres partes en que ha dividido “la España vacía” sí se encuentra una mejor guía, un refresco para la memoria: “el Gran Trauma”, “Los mitos de la España vacía” y “El orgullo”. 

El ensayo parte de una realidad muy singular de España y a la que se ha prestado escasísima atención: España es un país muy despoblado por comparación con los de su entorno y aún más allá, en el que se pueden recorrer largas distancias sin pasar por ninguna población, pasar mucho tiempo del viaje sin ver siquiera un pueblo en lontananza. Vastas porciones del territorio están despobladas y al poco de abandonar las grandes ciudades se encuentra el viajero, de forma abrupta, ante el paisaje deshabitado. 

El gran trauma, título de la primera parte, hace referencia al ingente movimiento migratorio del campo a la ciudad que se produjo en España entre 1955 y 1975, aproximadamente, si bien se inició bastante antes y ha continuado después, pero de forma más lenta o paulatina. El gran éxodo, el abandono precipitado de miles de pueblos —muy principalmente de los situados en lo que el ensayo llama la España interior y vacía (Castilla y León, Extremadura, Castilla-La Mancha, La Rioja, Aragón, así como las regiones asimilables del interior de Andalucía, Murcia y Levante)— que llevó a millones de personas desde los pueblos en que habían vivido generaciones y generaciones de los suyos a establecerse en la periferia de las grandes ciudades, como Barcelona, Madrid o Bilbao. Una buena parte de España se despobló de forma acelerada y los extrarradios de las grandes ciudades españolas se llenaron, casi de un día para el otro, de barriadas donde la gente se hacinaba en bloques de viviendas construidas a la carrera. Gente que se encontraba, de improviso, ante un trabajo, un entorno y, en suma, una forma de vida completamente nuevas: la ciudad, la gran urbe.

“Los mitos de la España vacía” —la segunda parte— viene a ser la refutación de la inmensa mayor parte de lo que se ha escrito, cantado o dicho de la España vacía a lo largo de varios siglos. En ella se aborda, entre otros temas o aspectos: el crimen de Fago, “la cuestión de las Hurdes”, las misiones pedagógicas y  la figura de Fernando Giner de los Ríos, la estancia del poeta Gustavo Adolfo Bécquer a los pies del Moncayo, el paisaje de la Mancha que ve y narra Cervantes en "El Quijote", la literatura de los viajeros europeos, principalmente, que han visitado España (Antonio Ponz, Théophile Gautier), las visiones esencialistas de Castilla de los andariegos Azorín y Unamuno, la mirada de Machado al mismo paisaje, el mítico presentador de los 40 Principales, el navarro Joaquín Luqui -sí, no desvarío-, el carlismo y su larga influencia; o los falsos tipismos que se ofrecen al turista, incluido el español o principalmente a éste, que busca en muchos pueblos del interior un pasado idílico, entre lo colectivo y lo personal, un pasado que, por supuesto, nunca existió. De ahí, el segundo título del ensayo: “Viaje por un país que nunca fue”.

El Orgullo”, la tercera parte, viene a ser un alegato generacional alusivo a la hasta cierto punto reciente actitud con que se ha pasado a sentir el pasado rural cercano de padres o abuelos, al que siguió la residencia masiva en las periferias de las grandes ciudades, sobre todo Madrid y Barcelona, con abundantes referencias musicales y literarias a todo ello. Simplificando mucho, el tránsito de un cierto complejo o sentimiento de inferioridad frente al urbanita de varias generaciones y habitante del centro de las ciudades, al orgullo por un pasado de pueblo y residencia en los municipios del cinturón o periferia de la gran ciudad, todo ello mezclado con la cuestión de las clases sociales y la evolución en el trato entre las mismas.

Ante la dificultad de entrar en la interpretación que realiza Del Molino de la infinidad de hechos históricos y demográficos, de personas y personajes, principalmente literatos junto con algunos músicos, y de tantas otras cuestiones como aborda el libro, me serviré del siguiente esquema binario. Seguro que hace las delicias de los amantes de las presentaciones en PowerPoint, lo que no parece ser el caso de Sergio del Molino, ni tampoco es el mío.

(Fuente: Webquest Creator 2)

·       Qué me ha gustado de "la España vacía"

Aborda algunas cuestiones huérfanas de atención editorial desde hace décadas, fuera de la literatura científica y la ficción. Me refiero a la España interior, área semi-deshabitada con enormes espacios en los que no hay núcleo de población alguno, y a la emigración masiva del campo a la ciudad. Un movimiento que en poco más de dos décadas (aproximadamente, 1950-1975) transformó sustancialmente España. Varios millones de personas abandonaron miles de pueblos, dejaron de vivir del campo y se encontraron viviendo una recién estrenada vida urbana (o algo parecido, pues la vida de los "pueblos-extrarradio", algún tiempo llamados "ciudades dormitorio" presentaba sustanciales diferencias con la de la ciudad misma, en especial, la de su centro). Si nos remontamos apenas dos generaciones, el éxodo afecta a la historia familiar y a la identidad de una parte grandísima de la actual población española.

La escritura ágil, vigorosa y bastante elegante de Sergio del Molino, capaz de mantener la atención del lector, quien lo sigue, sometido a cierto encantamiento de la prosa, con frecuencia hacia no se sabe dónde. En cuanto a tono y estilo ha logrado un difícil equilibrio entre un lenguaje llano y directo, y el ocasionalmente más culto y elevado.

Las lecturas numerosas y el esfuerzo de documentación, incluidas numerosas referencias al cine, que hay detrás del ensayo, mezclado con las experiencias personales y familiares directas del propio autor, quien ha vivido y se ha pateado, por deber y placer parte de la geografía de la España interior, .

Sobre la marcha se aprenden, o se refrescan, bastantes datos o conocimientos, algunos de los cuales se quedaron, o los dejamos, en las aulas escolares, y otros nuevos (como las engañosas convenciones de la cartografía).

Sus páginas desprenden una mirada amorosa y mucho sentimiento por las realidades de las que se ocupa y, en especial, por la España semivacía y olvidada, así como por el mundo rural, el campo y sus gentes, tan maltratados por la política y objeto de burlas por muchos urbanitas. Puede que incluso sean los mismos que a la vez idealizan todo lo rural, un paraíso ideal al que hacen viajar a su discreción en el tiempo, un mundo que sólo existe en sus cabezas: sencillamente, un mito.

La visión mesurada del contraste entre el campo y la ciudad, ambas formas de vida con sus pros y sus contras, y también la realidad incontestable de las cifras de una y otra, así como el reducido impacto del fenómeno de los neorrurales.

·       Qué no me ha gustado del libro

La sensación final, como un retrogusto lector, de amalgama o popurrí de temas, algunos de ellos bajo sospecha de arbitrariedad o capricho, a la vez que la cuestión principal era parcialmente abandonada en el camino.

El exceso de referencias musicales, o asimilables, a las que el autor otorga mucha fiabilidad como explicación de la realidad. En particular, el caso de Joaquín Luqui y su insistente asociación, sin justificación alguna con el carlismo, e incluso contraste o comparación con Francisco Tadeo Calomarde, un rústico ministro de Felipe VII.

El extenso tratamiento del carlismo, movimiento e ideología política que presenta un peso probablemente desmedido en la obra, al menos, en proporción a otros movimientos y períodos históricos sobre los que se pasa de puntillas, o directamente no son tratados.

La convicción que va trasluciendo el ensayo, hasta hacerse cristalina hacia el final, en los errores en la mirada e interpretaciones de cuantos le precedieron  en la observación o interpretación de la España vacía —algunas desenfocadas, otras puros desvaríos, y alguna que otra, mentiras o afirmaciones mal intencionadas— frente al conocimiento, bondad y equilibrio logrado por la generación del autor al reflexionar, y hasta sentir, sobre la España vacía y el contraste entre el pueblo y la ciudad.

Del Molino da muestras de tener una enorme fe en el determinismo generacional, y no es menor su creencia en su propia capacidad para conocer y expresar lo que piensa y siente toda su generación (el autor nació en 1979).


·       ¿Conclusión?

¿Es obligado presentar una o varias, o puedo hacer, como el propio ensayo que aquí reseño, quedarme en descripción y opinión, junto con algunas que otras conjeturas interpretativas y el resto que lo haga el lector, si le apetece?

A mi juicio esta segunda opción es totalmente lícita y no es por escurrir el bulto, que conste. La reducida nómina de tesis y la ausencia de conclusiones creo que constituyen un presupuesto o condición previa ineludible para que este ensayo, o lo que fuere, no incurra en dogmatismos y en la emisión constante de opiniones, como tantas veces ocurre. El carácter principalmente enunciativo de “La España vacía” es lo que permite al autor presentar muchos hechos de forma neutral, sin claros sesgos y sin esconder aquellas partes de la foto que no sustentan sus opiniones o juicios, no demasiado numerosos. Para bien o para mal, el autor no es un demógrafo, ni un geógrafo, ni un historiador, ni tampoco un sociólogo, sino un periodista y escritor, y como tal ejerce en este libro. En consecuencia, este ensayo tiene mucho de crónica y menos de tesis o conclusión razonada y justificada, aunque algunas haya a lo largo del recorrido que ha trazado su autor.

En el afán clasificatorio que a menudo nos domina tal vez se abuse de la etiqueta ensayo, y se le cuelgue a toda obra que, no siendo ficción, contenga un número importante de referencias históricas, algunas cifras, numerosos nombres de autores y obras, algo así como lo que Karlos Arguiñano llama “el fundamento” de un plato o guiso. Esto sí es una tesis, o hipótesis al menos, y me ha sacado un poco de la cuestión, lo admito. ¿Pero eso es bueno o malo, es un defecto o una virtud para quien lee esta reseña? Supongo que dependerá de cada cual. 

Pues bien, otro tanto pasa con el ensayo o crónica “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” del madrileño-valenciano-zaragozano, siguiendo su cronología vital, Sergio del Molino. Lo que casi, casi podría asegurar es que, si al potencial lector le gusta de verdad leer, tiene cierta afición por la cultura y la historia, y en particular por saber más de España, el libro no le aburrirá.

domingo, 20 de diciembre de 2015

"No será la Tierra" (una novela de Jorge Volpi). Reseña

Portada de la primera edición en España (© Corbis)
Crítica de la novela "No Será la Tierra", del escritor mexicano Jorge Volpi, tercera de su trilogía sobre la historia del Siglo XX, publicada en septiembre de 2006 por la editorial Alfaguara.

Iniciada con el preludio “Ruinas” (1986) y dividida en tres actos −Tiempo de Guerra (1929-1985), Mutaciones (1985-1991) y la Esencia de lo Humano (1991-2000)−, «No Será la Tierra» es una novela singular y atrevida. Jorge Volpi (Ciudad de México 1968) concluyó con ella su trilogía dedicada al Siglo XX, cuyas dos primeras entregas fueron En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999) y El fin de la locura (Seix Barral, 2003)Diez años de una vida nada menos – los que van, aproximadamente, de la mitad de la veintena a la de la treintena- que Volpi se ha pasado, en palabras del propio autor, “fabulando sobre ese período”.

La extensión espacial y temporal de “No Será la Tierra” es inmensa. Los EE.UU. de América, como escenario principal de la vida de dos de las tres mujeres que vertebran la historia (Jeniffer Moore, funcionaria del FMI y la informática húngara Éva Halász). La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas −la temida, denostada, y hasta admirada URSS, unas siglas que dicen ya muy poco a los más jóvenes− donde la bióloga soviética Irina Granina, esposa de un científico que elabora armas biológicas y es encarcelado por su disidencia política, asiste al derrumbe del régimen comunista. También aparecen en sus páginas algunas ciudades y países europeos, de uno y otro lado del telón de acero (Berlín, Londres, Budapest), e incluso África (República del Congo, por entonces rebautizada el Zaire, cortijo de Mobutu y su clan) y América Latina (México), a propósito de sendas misiones del FMI en cuya ejecución pugna por salir exitosa la enérgica Jennifer Moore, un personaje muy bien definido y cuya evolución resuelve su creador con maestría, aunque su personalidad carezca de la singularidad o excentricidad de varios otros (como su hermana Allison o la genio matemático-informático Éva Halász). 

Pero, aparte de los tres personajes femeninos a los que Volpi eligió como protagonistas principales de la trama que le sirve para diseccionar los 15 ó 20 años finales de la Unión Soviética, con alguna excursión al tiempo anterior que los prefiguró, y del desplome del comunismo en sus países satélites, por esta novela discurren las vidas, de forma más o menos fragmentaria o extensa, de muchos otros, hasta 120, incluido el narrador. Este tarda en ser desvelado y no aniquilaremos el factor sorpresa aquí (descúbralo, pues, el lector). Dada la numerosa nómina de dramatis personae, el texto de la novela va seguido de una guía para que los lectores no se pierdan -con la dificultad añadida de lo extraños que resultan sus nombres para los hispanohablantes-  en forma de lista de personajes, agrupados por epígrafes temáticos o geográficos.


Foto del autor, Jorge Volpi (diariolatercera.com)
Además de las citadas tres mujeres hasta cierto punto excepcionales que protagonizan la novela −una elección de sexo con la que Volpi ha emparejado su novela con la revolución que el pasado siglo supuso en cuanto al papel de la mujer en muchas de las sociedades del planeta−, en ella aparecen un buen número de personajes históricos como Stalin, Mihail Gorbachov, Boris Yeltsin, Alexander Sholtzenitzin (autor de “Archipiélago Gulag” – testimonio esencial del horror soviético de los campos de prisioneros políticos), Ronald Reagan o George Bush I,  entremezclados los grandes hechos de la historia política, con especial énfasis en el desplome del gran imperio comunista y la decepcionante evolución posterior de la nueva Rusia. Hay espacio, asimismo, para algunas incursiones y reflexiones sobre la guerra (caliente, fría o de las galaxias - el blindaje antimisiles de Reagan), la carrera científica y la lucha por el dinero de los inversores bursátiles de Wall Street en torno al proyecto de genoma humano, la inteligencia artificial, el progreso de la informática, el capitalismo y las decisiones sobre las instituciones económicas internacionales adoptadas tras la Segunda Guerra Mundial (FMI y Banco Mundial) o el pensamiento de grandes economistas (Keynes y Galbraith). Un menú extraordinariamente proteico.

"Muñecos rusos"
(imagen: z8.invisionfree.com)

Por todas partes, la codicia, la lucha despiadada de unos seres humanos contra otros, el afán de ser más, de imponerse, de ganar, de vencer, de someter, de poseer, unos propósitos a los que todo lo demás, de manera más cruda o aderezada, con descaro o con coartada, va supeditándose. Una maldición genética que veda a la especie el sosiego con lo conseguido, que la empuja a desear sin descanso más o distinto. E igualmente ubicua, hasta entre los modernos misioneros de las oenegés y los primeros iluminados del ecologismo, la imposibilidad de la comprensión mutua y la armonía. No es rara la paradoja del desprecio profundo que el filántropo siente por el beneficiario de su abnegación y sacrificio y, más aún, por los otros filántropos, que no saben lo que se hacen porque nada han entendido. En el "ranking" de odios e incomprensiones la modesta diferencia con el vecino sitúa a éste muy por delante del común y lejano enemigo. En el ambiente, creencias, ideologías, grandes postulados, en declive o progresando, sueños individuales o colectivos a los que todos, de alguna u otra manera, se aferran, nos aferramos, y que se acaban revelando como mitos o mentiras, explicaciones insuficientes, edenes que nunca llegan (la mano invisible, el Estado que todo lo planifica y controla, la igualdad, la competencia, la ciencia, el mercado, etc.). Entre tanto, pasa la vida, de las personas, de las familias, de las ciudades, de las naciones, de las ideologías, de los sistemas económicos, de los regímenes políticos, de los descubrimientos científicos, de los logros tecnológicos, quedan las huellas, las heridas, los daños directos y colaterales de guerras, expolios y revoluciones, víctimas y triunfadores (incluso ambas cosas a un tiempo), y nada, absolutamente nada, resulta tal y como se esperaba.

Una de las críticas que ha recibido esta novela es la del consabido refrán con que el vulgo cruel, supuestamente sabio en su modesto realismo descreído, escarnece el exceso de ambición, esto es, que “quien mucho abarca poco aprieta”. Es cierto que la extensión temporal y geográfica, los muy diversas temas de fondo que se hilvanan a través de los personajes (tanto o más que viceversa) y la abundancia de secundarios que no lo son tanto obliga a Volpi a pasar así como a la carrera, despachándoselas de dos brochazos, por un gran número de escenas o situaciones, a pesar del relativamente largo metraje de la novela (516 páginas). La aceleración propia del pasar de puntillas, junto con la proliferación de hechos y personajes históricos, provoca que la novela adquiera a ratos un aire de enciclopedia novelada. Asimismo, ha de forzar bastante los acontecimientos y las casualidades para que los destinos individuales y los colectivos -intrahistoria e Historia- se enlacen mediante el contacto entre personajes novelescos e históricos, y ello además en un juego que tiene escala planetaria. Asimismo la elección del narrador tiene cierto tufo cinematográfico o folletinesco. La misma trama contada con una prosa ramplona, sin el aderezo de las reflexiones de calado o rebajadas en su profundidad y efecto frenada mediante los consabidos diálogos teatrales, tendría un inequívoco aire de serie de televisión -la forma estrella de la ficción en los últimos años (en términos puramente cuantitativos).

Gana altura literaria la novela en los períodos en que Volpi relega a un segundo plano los hechos históricos, se concentra en los personajes puramente novelísticos de la trama, y suelta las riendas de la forma de contar que constituye su suerte natural. En esas fases le brota un aliento poético que impulsa su imaginación y le otorga una personalidad definida y mucha más fuerza a su estilo. En esa línea se inscribe sin duda el preludio, una absorbente y dramática narración del accidente nuclear de Chernóbil. En “lo otro”, en lo más ceñido al dato histórico, se le nota en exceso contenido, en una provisional unión de hecho con un estilo más plano, aunque aún en límites tolerables, pulcro o correcto, gracias al apoyo en la precisión de los verbos y en la evitación de las fórmulas insoportablemente trilladas (recuerden, si pueden, algún best-seller que hayan tenido el estómago de soportar, aunque fuera sólo por espacio de unas páginas); pero se percibe un exceso de presión o censura interna para no alargarse demasiado, un empeño obstinado en ir llegando al final sin sobrepasar un número de páginas supuestamente disuasorio e indeseable. Las historias personales que durante buena parte de la novela discurren en distantes paralelos se van ovillando hacia el final, quizás menos logrado que el desarrollo de la novela. El desenlace tiene algo de “pim-pam pum”, se acabó, disuélvanse, por favor, hasta aquí hemos llegado. O igual es que, como ocurre en los puntos de quiebre de la historia y atestigua esta novela cuando han sido tantas las esperanzas que se depositaron en el cambio, que también los finales de las novelas tienden a generar decepción, más aún si se trata de novelas algo largas. O quizás sea simplemente que por todas partes sobrevuelan los muy humanos cambios de ánimo, ya sea a un lado del espejo, al otro o ambos, volubilidades o desarreglos anímicos de los que se encuentran muy conspicuos ejemplos entre los personajes de esta novela. 

En cualquier caso, “No Será la Tierra” es una lectura que deja recompensa, tiene fases de altura literaria, prometedoras de un talento que algún día encontrará el traje de su medida (o ha ocurrido ya entre tanto el feliz emparejamiento y simplemente este comentarista no se ha enterado), y constituye una excelente ocasión para recordar, o conocer por primera vez, el final de la Guerra Fría. En vez de ser escarnecido por su exceso de ambición o por haber traspasado rígidas fronteras de género, incursionándose en el habitual lodazal del thriller -en forma de combinado político-científico-detectivesco-, sin renuncia a “la novela literaria”, creo que Volpi merece el reconocimiento a la valentía que nos descubre la ambición de su empresa, que además no cabe en justicia declararla fallida, sino en una transitoria suspensión de pagos. Lo que sí puede es que haya muerto en el intento, en vista del ingente despliegue de esfuerzo narrativo y documental que se intuye detrás de su novela y, es posible, que a ello se añada el dolor por haber sacrificado en forma voluntaria la capacidad para hacer literatura que da la impresión que Volpi tiene. Por cierto, las reiteradas aposiciones, que inicialmente le despertaron recelo, han terminado por no disgustarle a este reseñista (Boris Yeltsin, de fuertes brazos; Gorbachov, pastor de hombres; Moscú, ciudad de anchas calles).

sábado, 21 de noviembre de 2015

"Los Enamoramientos", una (mala) novela de Javier Marías

Crítica de la novela "Los Enamoramientos", de Javier Marías (Alfaguara, 2011). Elegida mejor novela del año 2011 por Babealia (suplemento de artes y cultura del diario El País). Galardonada con el Premio Nacional de Narrativa del Año 2012. Finalista del National Book Critics Award de 2013 (el premio de la crítica de los EE.UU. de América) y ganadora del Premio Internacional Giuseppe Tomasi di Lampedusa 2014. Una opinión discrepante e incluso muy a contracorriente, por lo que se ve.


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Portada de la primera edición de bolsillo, Random House Mondadori (febrero 2013)
Fotografía: Elliot Erwitt/Magnum Photos


Evocación, tridimensionalidad de los personajes, situaciones creíbles, imaginación, algún grado de disimulo u ocultación del autor, belleza y eficacia del estilo, precisión  léxica, ritmo interno de la narración y ritmo de las frases, emoción, entretenimiento, humor, intuiciones y reflexiones brillantes o iluminadoras, profundidad, intriga, humor, aprendizaje, descubrimiento de mundos o realidades desconocidos o nuevas perspectivas de los ya conocidos, una verbalización de ideas y sentimientos en la que nos reconozcamos o reconozcamos a otros… Estos son algunos de los elementos que, en proporción variable y según el gusto de cada cual, muchos lectores valoran en las novelas. Por fortuna, a poco que se elija alguna que goce de un cierto “aval” –el del filtro del tiempo suele ser el más fiable, por mucho que el descubrimiento de lo menos divulgado conlleve un placer añadido- es muy probable que la novela en cuestión descuelle en varias de las facetas anteriores o en algunas otras por las que el lector en cuestión sienta una inclinación natural.

Sin embargo, en “Los Enamoramientos” de Javier Marías apenas he encontrado algo de lo anterior. Su trama es una débil estructura al servicio de una ristra de reflexiones reiterativas y bastante simples, a las que da la impresión de que el autor, omnipresente en esta novela, pretende dotar de cierta enjundia a fuerza de darles vueltas. Uno, ya sea por gusto por la literatura o por no sentirse estafado y perdiendo el tiempo, se esfuerza en buscarles profundidad, nuevos matices, pero acaba confirmando la sospecha inicial de que tan elementales y evidentes ideas tienen una naturaleza próxima a la perogrullada. 

Pero quizá peor que lo anterior, que tendría un pase si no fuera por la pesadez que conlleva la reiteración, el estiramiento de unas pocas ideas sin que nada de valor se añada, sea que el conjunto de la historia narrada parecía llegarme en todo momento de forma borrosa, como velada por la impostación o la artificiosidad. Eso anula la suspensión de la incredulidad y hace imposible sumergirse a conciencia en una obra de ficción. 

Los personajes no han logrado adquirir la calidad de personas enteras, genuinas y verosímiles. En alguna fase sí quizás la narradora-personaje, María Dolz, empleada multifunción y todoterreno de una editorial. Pero con una frecuencia difícil de sobrellevar, más aún por lo transparente del mecanismo, su voz se apagaba y era suplantada en su integridad por la del autor, Javier Marías. El resto de personajes tienen un marcado aire de caricaturas y cuyo pensamiento y habla resultan literarios, en el peor de los sentidos de este adjetivo. Hay fragmentos extensos en que los personajes hablan como quien da una conferencia o lee un informe médico. Impostura y afectación sobre una atmósfera de una frialdad extrema. Sí, hay algún que otro enamoramiento, pero si no fuera por el título y por alguna que otra afirmación expresa de los supuestos sentimientos de los personajes, ni nos enteraríamos de que albergan ese sentimiento.

Los hechos y situaciones referidos al mundo editorial, de pretendida intención cómica, resultan igualmente artificiales y sin gracia, entre lo infantil y la patochada. Imaginen al más soso de sus amigos o conocidos tratando, por un día, de ser el gracioso del grupo. De algo así les hablo. Por ejemplo, el escritor Garay Fontina, un personaje secundario, se siente como una mera excusa para añadirle un par de dedos de humor al cóctel novelístico, y es un caso de difícil superación en cuanto a deficiente creación de un personaje. Unívoco en su estupidez. Un imbécil monolítico. Llamativo por cuanto Marías, se supone, ha de conocer bien ese mundo, a diferencia de otros en los que se adentra tangencialmente en esta novela y en los que se le siente fuera de lugar, tocando muy de oídas, sin capacidad de convencernos sobre lo que nos cuenta (por ejemplo, sicarios del Este de Europa, chantajes o ajustes de cuentas entre empresarios y "gorrilas" semi-indigentes y perturbados mentales). 

Más estrambótica es aún la aparición del profesor Francisco Rico. Un auténtico pegote, trasunto literario del cameo cinematográfico, y con cuya supresión saldría ganando esta novela, aunque son tantos los elementos que la lastran, que en el fondo vendría a dar más o menos lo mismo. La mayor parte de los diálogos también debilita la novela por su escasa verosimilitud.

“Los enamoramientos” es una obra plana, bastante tediosa, y sin profundidad intelectual, a pesar de sus notorias pretensiones de revelación o esclarecimiento de una cierta "filosofía de la vida" o sabiduría existencial. Sin perjuicio de algún breve fragmento de mayor inspiración y más logrado ritmo narrativo, acción y personajes suelen parecer más bien una simple excusa para que el autor nos haga llegar sus reflexiones sobre diversas vicisitudes vitales, entre otrasel sentimiento amoroso y sus aledaños, la asimetría de muchas relaciones de pareja, la superposición de los nuevos amores sobre los anteriores; la presencia de los muertos en nuestras vidas, el proceso del duelo, y su  borrado o desaparición paulatinos; el carácter reemplazable y azaroso de aquello y aquellos que estimamos insustituibles y producto de una causalidad sólida, basada ilusoriamente en la concurrencia de cualidades especiales, cuando lo determinante viene a ser más bien el estar o no en el sitio y momento adecuados; el mayor poder de la fuerza del deseo y la constancia activa sobre cualquier otro factor para el logro de casi cualesquiera objetivos, incluidos los amorosos.

Nada que objetar a esa empresa. Antes al contrario, celebro a los novelistas que dotan de profundidad a sus ficciones, que no se conforman con procurar un puro entretenimiento, y que no escriben con un propósito deliberado de resultar ligeros. En la literatura lo intimista y cerebral puede ser tan atractivo o más que lo que se manifiesta externamente y genera acciones. Todo depende de cómo se haga. La trama, la historia no puede ser un guiñol en el que los personajes, pintados de forma bastante burda, resulten un vehículo para que el novelista nos dispense una ración, pantagruélica o XL además en este caso, de algo así como una cierta filosofía existencial. Menos aún si esa pretendida sabiduría de la vida - que se nos presenta como la suma de la experiencia vital directa, de tener algunas luces y la valentía de no jugar a engañarse con ridículas idealizaciones- es en su mayor parte bastante elemental y se articula mediante unas pocas ideas que se repiten y estiran para desesperación del lector.


Imagen: archivo.eluniversal.mx

Más irritante resulta cuando el autor se recrea en descubrirnos el error generalizado frente al que él, bajo el transparente vestido de la narradora-personaje, se alinea con cansina frecuencia en el bando escaso de los que ven más allá, de los "happy few" que poseen un cierto pesimismo, frío y clarividente, cabría llamarse, frente a la ceguera de los optimistas, los apasionados y los biempensantes, pero sin ir por supuesto tan lejos como para integrarse en el "lunatic fringe" (el fleco demencial, como por cierto tradujo su padre, Julián Marías, un hombre verdaderamente admirable por muchos motivos). No es que Javier Marías piense de un modo muy singular, radical o alejado de ideas extendidas, lo cual podría ser incluso una virtud novelística, sino que da por sentado que conoce, sin fisuras ni margen de error, cómo piensan la inmensa mayoría de sus más o menos "torpes" coetáneos. Si el rasgo encajase con la forma de ser del personaje-narrador, tal actitud sería plenamente admisible; pero es que María Dolz suena aún menos auténtica, menos todavía ella misma, justamente en esos pasajes de la novela. Marías mete incluso en esta narración, con calzador por mucho que la narradora pertenezca al mundo editorial, algunas referencias al monólogo de Hamlet – con cierta manía o deformación profesional de traductor, a "Los Tres Mosqueteros" de Alejandro Dumas, y una novela de Balzac, titulada "El Coronel Chabert".

En "Los Enamoramientos" hay una larga ristra de disquisiciones y elucubraciones, equidistante del monólogo interior, el relato oral para terceros y la narración escrita, introspecciones reales en el caso de la narradora e hipotéticas, a través de aquella, en el caso de otros personajes, aunque engarzadas en el transcurrir de los hechos con escaso éxito. Es un recurso narrativo que desespera por la desproporción entre la extensión y la sustancia, y que el estilo no consigue compensar. Marías trata de salvar la omnisciencia del narrador-personaje, María Dolz, mediante la interpolación de algún que otro elemento conjetural, pero también esas dudas parecen introducidas de cara a la galería, sin naturalidad, demasiado a conciencia. Además, los tiempos narrativos no se han tratado con acierto y ello se solventa en forma de algún que otro parche "ad hoc". Todo, pues, se diría al servicio de los mensajes del escritor a su público lector. Y, además, muchas aclaraciones superfluas, lindantes con el pleonasmos y ajenos a la narración en sí, con los que Marías parece querer paliar el limitado entendimiento de los lectores.

En cuanto al estilo, lo cierto es que no le he encontrado mérito o atractivo alguno. Es más, la sintaxis es bastante dudosa en varias decenas de frases a lo largo de las poco más de 350 páginas de la edición de bolsillo -la primera de Random House Mondadori, del año 2013, con bastantes páginas mal impresas, dicho sea de paso. El léxico es poco preciso y, en no pocos momentos, Marías parece hablar incluso un idiolecto. También la puntuación se permite licencias cuya eficacia no  se alcanza a ver, más allá de la de crearse así una cierta seña de identidad, como el que se pone reiteradamente un fular de colores llamativos en cualquier estación del año. 

Observando el doloroso parto mediante el que parecen alumbradas muchas frases de esta novela, no deja de impresionarme haberle oído a Javier Marías, en una conferencia en la Fundación Juan March en que le preguntaron sobre otros escritores de su generación, que se consideraba capaz de escribir novelas como las de Antonio Muñoz Molina. Pocas personas con un mínimo de sensibilidad literaria dudarían en destacar precisamente el sentido natural del idioma como una de las mayores virtudes del autor de "La Noche de los Tiempos" o "el Jinete Polaco", entre otras. A la vista de las formas y sonidos que uno y otro producen se diría que ambos no tocan el mismo instrumento, ni esculpen con la misma materia.


En resumen, lo que más he celebrado de esta novela es su moderado "metraje", ya que de haber sido más larga creo me hubiera rendido allá por las cien o ciento cincuenta páginas, cuando iba alcanzando la certeza de que este libro no había sido una buena elección. Llevaba más de un década sin leer ninguna novela de Javier Marías y, tanto por los años transcurridos en el oficio como por la buena acogida que tuvo “Los Enamoramientos”, me esperaba una obra de muy superior calidad. En su lectura, por lo floja que resulta desde un punto de vista de la pura destreza en la técnica de novelar, por repetitiva y tediosa, me ha asaltado muchas veces la idea de que si un autor primerizo enviara una novela así como manuscrito a diversas editoriales es probable que su publicación fuera rechazada o que recibiera una gran cantidad de recomendaciones de cambios, si de veras aspiraba a su publicación. 

En estado de estupefacción sigo pensando sobre esta frase que ahora releo en la contraportada “De Marías se aprende tanto porque nadie conoce al ser humano como él” (Ijoma Mangold, Die Zeit), por mucho que en las fajas promocionales, las contraportadas y las solapas tengan asiento habitual las hipérboles laudatorias. Coincido con la extrañeza de Isaac Rosa por el éxito de crítica y público de "Los Enamoramientos", y no dejo de suscribir algunas de las críticas que en el blog "la fiera literaria" se le han hecho a esta novela, sin perjuicio de que ese “colectivo” parece tener declarada una cruzada, ya duradera, contra el reconocimiento del que goza Javier Marías. 

Por más que los gustos literarios sean algo muy personal y el valor literario no sea fácil de objetivar, el vivo elogio de varios conocidos críticos a esta novela, más allá de posibles servidumbres y de parcialidad por diversos motivos, me causa perplejidad. Si he resumir la lectura de  ”Los Enamoramientos” lo que me viene a la cabeza es, ante todo, la idea de un tiempo que habría podido emplear fácilmente en mejores lecturas. Pero, bueno, cosas mucho peores se han visto, sobre todo en la televisión. 

martes, 24 de junio de 2014

Días de diario. Antonio Muñoz Molina. Porque en el mundo (de las letras) hay algo más que ficción...

 “Días de Diario”, de Antonio Muñoz Molina, es un fragmento o selección del diario que escribe desde hace ya muchos años este novelista, articulista, ensayista y ahora diarista, nacido en Úbeda (Jaén) en 1956, antípoda del andaluz profesional – parafraseando la despectiva y caricaturesca definición que Borges hizo de  García Lorca-, casado desde hace ya cerca de 20 años con la también escritora y articulista Elvira Lindo, con la que vive en un nomadismo, hecho de alternos y ya cíclicos sedentarismos, entre Madrid y Nueva York. Además de ese diario personal, Antonio Muñoz Molina viene escribiendo con una frecuencia casi diaria – los  días de diario, por cierto- en “Escrito en un instante”, su blog, que él prefiere llamar “cuaderno”, uno de sus objetos fetiches.

Publicado por la editorial Seix Barral en marzo de  2007, dentro de la colección “Únicos”, en una esmerada edición de tapa dura y sobrecubierta, “Días de Diario” se abre, además, con un bello prólogo del excelente poeta y crítico literario Pere Gimferrer, miembro de la Real Academia Española, al igual que Muñoz Molina. 

El período que abarca este segmento de su diario personal, sustraído al ámbito personal para su difusión editorial aparentemente con muy leves retoques, es de apenas cuatro meses, los que van entre el 10 de julio y el  11 de noviembre de 2005, tiempo en el que el diarista estaba escribiendo, entre  Madrid y  Nueva York, la novela “el Viento de la Luna” (publicada en agosto de 2006, también por Seix Barral).

Como dice la sinopsis de la editorial, “’Días de Diario’ es el relato de un fragmento de la vida de Antonio Muñoz Molina. Fechado en la época en que estaba escribiendo El viento de la Luna, este diario arroja luz sobre el proceso de gestación y redacción de la novela, a la vez que, con una llamativa humildad, nos regala un esbozo de cotidianidad. Hábitos, reflexiones, paisajes, presencias y ausencias conforman un día a día convertido, en estas páginas, en un testimonio literario de primer orden”. Y no deja de ser un resumen bastante exacto, aun cuando en ese tipo de textos proliferen especies tan poco atractivas como la fría y rígida taxonomía de los géneros literarios, la enunciación tópica y formularia, o la flamígera laudatio del autor y su obra por obvios fines comerciales. Tan es así que las sinopsis editoriales acaban desposeyendo a los libros, casi sin  excepción, de su singularidad y misterio, incluidos los que merecen la justicia involuntaria de tan severo castigo.

Confieso que me complace especialmente escribir una reseña de este libro. Lo primero, porque uno desea siempre compartir con otros aquello que le ha hecho disfrutar, tratar de animar a otros, siempre de forma implícita, a que participen también de ese placer. Y lo segundo, y no menos importante, porque no se trata de un libro de ficción. Del mismo modo que la prosa se ha enseñoreado de la literatura entera, arrinconando a la poesía, sin piedad y de forma empobrecedora, la ficción tiene un monopolio casi absoluto de la narrativa y hasta del conjunto de la escritura literaria.

Hay algún terreno, de extensión moderada y ubicación más bien periférica, para el ensayo, tanto desde el punto de vista editorial o comercial, como en cuanto a los hábitos y gustos de los lectores, que son lo que más nos importa. Lo siento, pero la autoayuda no cuenta como ensayo, pues no en todas partes el pulpo es admitido como animal de compañía. Sin embargo, el ensayo español contemporáneo tiende por lo común a carecer de verdadero mérito o valor literario. Probablemente, por la simple razón de que bastantes ensayistas no saben escribir bien. Pero puede que ello se deba, en no pocos casos, a que los autores de ensayos huyen de forma deliberada, incluso con obstinación, de cuanto pueda oler a valor literario, el cual es considerado un estigma que pone en duda, e incluso menoscaba, el pretendido rigor científico, la veracidad estadística, o el fundamento racional y técnico de sus obras. Lo cual, de ser cierta esta sospecha, revelaría una notable confusión entre lo verdaderamente literario y su caricatura. Sería de una elementalidad impropia de quien se pretenda ensayista hacer sinónimos el escribir bien con adornarse o recrearse en la forma en detrimento del fondo.

Por todo ello -lo comprobable y lo meramente opinable o conjeturado-, creo que tiene algo de “deber cívico-literario” el tratar de divulgar formas o géneros narrativos que no son ficción, pero que tienen al tiempo un alto valor literario y una componente no desdeñable de creatividad. Ni novela, ni cuento. “Días de Diario” es “sólo”, y a la vez “nada menos que”, un diario, que abarca un período corto de la vida del escritor - parte del verano y del otoño del año 2005-. Siendo más precisos, este libro es un extracto o selección del diario personal que llevó Antonio Muñoz Molina durante ese tiempo, un diario personal que sabemos precedió al proyecto mismo de este opúsculo e intuimos que lo habrá sobrevivido, cualquiera que sea su destino editorial futuro o, puede que simplemente debamos decir, cuando quiera que le llegue la hora o momento de su publicación, total, parcial, o de ambas formas.
Como de él ha escrito Pere Gimferrer: «La lectura [de Días de Diario] apasiona porque el texto va en pos de otro texto, y, a través de él, en pos del ser del autor; en esta búsqueda todos podemos reconocernos, y, cuando el autor halle su rostro revivido en la novela que escribe, sabremos que, con él, también nosotros hemos ido en pos de nosotros mismos. Por ser, en un doble sentido, “de diario”, habrán sido, precisamente, días extraordinarios

Para los muy enganchados al vicio de leer, los devotos de la literatura, y los aspirantes a escritores, presentes, pasados y futuros, “Días de Diario” tiene el interés de ser un testimonio o crónica, aunque parcial, del proceso de escritura de una novela – “el Viento de la Luna”-, al menos de su parte más visible o evidente, la de la escritura misma, pues una novela se alimenta en las profundidades abisales de la conciencia, y va germinando durante un tiempo que tiene algo de geológico, en virtud de un proceso que probablemente se haya iniciado mucho antes de que el escritor sea consciente de su deseo de escribirla.

Para ellos,  para nosotros, los enamorados e idólatras de la literatura, para los enganchados a  “ce vice impuni, la lecture”, como lo llamó Valery Larbaud, “Días de Diario” tiene el gran atractivo de las confesiones literarias, las menciones, juicios, opiniones, experiencias, impresiones que Muñoz Molina, lector, va dejando caer aquí y allá sobre sus gustos y hábitos literarios, al hilo de sus días. Por sus páginas aparece bastante Philip Roth, con motivo de la preparación de una entrevista que le hizo el propio Muñoz Molina en ese tiempo y, sobre todo, a propósito de la profunda decepción subsiguiente del entrevistador, convencido sin fisuras de que ha malogrado la ocasión. Roth es un escritor al que Muñoz Molina incluye, junto con Saul Bellow, en la exigua nómina de “los mejores” contemporáneos, aunque tal galardón sea concedido de modo incidental para decir, decirse más bien, que incluso esos se equivocan también. No obstante, el diario recoge también que la admiración literaria de Muñoz Molina hacia Roth se encuentra en fase decreciente.

  
De Saul Bellow, Premio Nobel de Literatura en 1976, y más concretamente de su novela  “El Planeta de Mr. Sammler”, galardonada en los EE.UU. con el National Book Award de 1971, Muñoz Molina nos cuenta que la ha leído tres o cuatro veces, y que no le ha dejado de acompañar de uno u otro modo desde que la leyó por primera vez, diez años atrás. Otras referencias literarias son: la presencia fantasmal de Truman Capote, la cual siente en un restaurante judío de Nueva York; unos  versos de Yeats; los maestros de los que ha pretendido aprender el juego de las resonancias que aspira lograr en la novela que estaba escribiendo cuando redacta el diario (Proust, Wagner, Balzac, Faulkner y  Onetti), aunque sea en forma de simple enumeración y de modo incidental; la frecuente falta de perspicacia de la crítica literaria, a la que al mismo tiempo tiene cierto temor, y cuya reacción no deja de otorgarle alguna importancia como refrendo o negación, incluso para sí mismo, de sus capacidades y de sus aciertos o errores como novelista.

Días de Diario”  contiene sinceras y  conmovedoras confesiones sobre los miedos y dudas que asaltan a este novelista - quizás a todo novelista, lo diga o se lo calle- ante un nuevo reto literario, incluso teniendo ya tras sí una larga y reconocida trayectoria en el mundo literario; se ocupa del sufrimiento del creador que no deja de presentir una y otra vez, con angustia, que no le va a salir nada al enfrentarse al papel en blanco; incluye muy diversas alusiones a los días productivos y a los improductivos, por causas caprichosas o indescifrables, al menos; menciona breves episodios sobre el trabajo de documentación, así como a los cambios que va introduciendo, según escribe, en sus planes y  planos iniciales, y a los límites que se marca y de los que lucha por no salirse en el proceso de escribir; alude a la reescritura de diversos fragmentos y a todo lo que se desecha, e incluso a lo que llama Muñoz Molina llama “la  historia fantasma de la literatura”, es decir, la de los relatos que no pasaron jamás de ser una idea, algo solamente imaginado, en la mente de los escritores.

Pero no sólo hay literatura en “Días de Diario”. Ni de lejos trata sólo de eso, sino que el libro está invadido de cotidianidad. Es el diario de un melómano y de la música que escucha en ese tiempo; el día a día de un padre que asiste son asombro a la manera tan rápida e inadvertida en la que sus hijos han entrado en una ya indiscutible edad adulta. Es, asimismo, el diario de un hijo que ha perdido no mucho antes a su padre y de la presencia del recuerdo de éste, una suerte de comunicación imaginaria con los muertos, al pensar qué le habría parecido a su padre esto o aquello; es el diario de un espectador de cine al que se la aprecia la condición de ex–cinéfilo, alguien que tuvo un tiempo atrás una gran devoción por ese arte o forma de narrar, que se ha ido apagando con el paso del tiempo; y es también el día a día de un observador muy atento, sensible, y admirado de Madrid y Nueva York, las dos ciudades en las que transcurre su vida.

Leyendo “Días de Diario” me han dado ganas de rehacerlo, duplicando como por arte de magia todas la piezas del mecano, para poder formar así, al lado de la composición original, otra figura o conjunto, otra versión paralela, en la que el diario se subdividiera en varios diarios, de forma que además de estructurarse, como corresponde, en torno a la evidencia de las jornadas del calendario, lo hiciese también por temas, facetas, aspectos o ámbitos. Surgiría así el diario del lector entendido y agudo; el del novelista de cierta fama, bastante conocido en Madrid- dentro del limitado alcance del oficio -, pero casi anónimo en Nueva York, que trabaja en otra novela; el diario del padre, el del hijo, el del habitante de Madrid, del habitante de Nueva York; el diario de un hombre que ha alcanzado la madurez, sin atisbo de derrota, pero también sin la euforia o la complacencia vanidosa y atrofiante que tantas veces segrega el éxito; un hombre que parece estar diciéndose a sí mismo, aunque no lo haga de forma explícita, que ya sabe más o menos lo que cabe pedirle a la vida, su papel en ella, los límites o el marco en que transcurrirá su existencia, y que, en el fondo y en conjunto, esto de vivir no está nada mal.

Pero no lo hace, o al menos no del todo, quizá por un temor algo fetichista o irracional a que ello pueda trastornar enteramente un statu quo vital que le complace bastante o por la cautela, hecha de prudencia e inteligencia, que aplica a la vida, a su vida, quien es plenamente consciente de la fragilidad de todo, alguien que unos años después titulará “Todo lo que era sólido” a su crónica de la vida colectiva de la España que acabó en una gran crisis económica o que abordó en “Sefarad”, entre otros temas, la enfermedad y algunos de los enormes sufrimientos humanos que tuvieron lugar en el Siglo XX, como las matanzas bélicas, los exterminios de razas o pueblos, los exilios forzosos, las torturas policiales de los gobiernos de algunas dictaduras a sus opositores, etc.

Una cautela que parecer ser el trasunto personal de una idea que se reitera con fuerza en sus obras de diversos géneros: la errada percepción humana, una ilusión, de por dar por hecho, y tomar por seguro y duradero -vitalicio o eterno incluso- cualquier logro, conquista o bien, olvidando o ignorando el papel que reclaman tanto algunos azares maléficos -actores espontáneos que siempre cabe aparezcan por sorpresa en la escena del gran teatro de la vida sin haber sido llamados-, como la posibilidad de los cambios radicales, y de repentino desencadenamiento, en el contexto social y político, como nos enseña con reiteración la historia, así como que el progreso ni es lineal, ni mucho menos está garantizado.

A. Muñoz Molina y Elvira Lindo, Nueva York, 2010
“Días de diario” está impregnado de una serena armonía con el mundo, aun cuando a su autor le sobrevenga un sentimiento de pérdida y de melancolía por la ausencia definitiva del padre, por entonces recientemente fallecido. Antonio Muñoz Molina rezuma un gusto inmenso, fuerte y sostenido, por escribir, algo que tiene pinta de corresponderse con mucha exactitud con eso que se viene llamando desde tiempos lejanos la vocación. Aunque él evite a conciencia ser categórico, y calificarlo de necesidad, casi tanto como huiría de adjetivarla de “imperiosa”, envileciendo el idioma con la mugre del lugar común y la insignificancia de la frase hecha. Pese a las dudas e incertidumbres que lo asaltan cuando se pone a ello, o más aún  cuando piensa que ha de ponerse ya manos a la obra, sin postergarlo ni un minuto más, es en la escritura donde encuentra su ser, su verdadero lugar en el mundo. Hay placer por el trabajo, pero también por la holganza y el tiempo libre. Una dedicación a la literatura, que se revela más intensa y ambiciosa en los hechos que en las palabras del diarista, poco amigo de las exaltaciones verbales. Pero es al mismo tiempo una dedicación carente de todo fanatismo, mesianismo, o sentido de la inevitabilidad o predestinación literarias. Haber acabado siendo escritor es algo que nunca pierde para él la condición de hecho contingente. 

Esa visión de la dedicación a la literatura como un destino individual ya escrito desde la cuna, es un enfoque o creencia que no pocas veces va de la mano de la jactanciosa convicción de dedicarse a una tarea muy superior a la de los otros. Ese convencimiento, además de que puede resultar ridículo a la vista de lo pobres que son los resultados literarios obtenidos por buena parte de esos sedicentes seres predestinados a ser escritores, no pocas veces es un fardo que los lastra, impidiendo incluso la realización plena de sus potencialidades literarias, cualesquiera que fuesen, debilitándolos hasta el punto de convertirse en las víctimas perfectas del extendido y letal virus de la autocomplacencia. Otras veces es una revelación de un claro orden de preferencias, el propio de quienes desean mucho más ser escritores que escribir.

Pero aunque Muñoz Molina evite incurrir, con obstinada determinación, en la leyenda gremial de la épica inigualable del escritor, “Días de diario” muestra también – y esta vez  el pudor no  logra imponerse sobre el alivio o liberación que confiere contar por fin algo más o menos íntimo, y más aún a aquellos que tienen lo de contar por oficio - la gran ambición literaria de este escritor, que  considera debe ser universal, y su voluntad de  exigirse siempre lo más posible al enfrentarse al papel en blanco; no por la gloria literaria en sentido estricto, no por colmar el ego y de paso también llenar el bolsillo con los signos del triunfo, sino por algo innominado e implícito que está siempre ahí; la necesidad o, por lo menos, voluntad de hacer siempre las cosas lo mejor que se pueda. Aunque sobrevuele una clara convicción - mezcla de modestia y sentido de la realidad, dos de las señas de identidad de Muñoz Molina-, de que no se va a alcanzar jamás el logro de la obra maestra, el poder impulsor de ese deseo, la fuerza propulsora de esa aspiración, está muy presente en su dedicación a la literatura. Y eso se hace materia de una declaración explícita, confesión incluso,  en la cita de Cyril Connolly que aparece en “Días de Diario”, con aire de lema literario y vital, y a la que Antonio Muñoz Molina se adhiere sin reservas: “todo lo que no sea intentar una obra maestra es una pérdida de tiempo”.

(Foto: D.L. Anderson - Indyweek.com)

“Días de Diario” es una excelente lectura para todos aquellos que piensen que un libro puede ser más que contar una o varias historias o, mejor dicho, para quienes crean que una o varias historias se pueden contar de muchas maneras, incluso haciendo creer al lector que no se le está contando ninguna historia. Y es que, además, ¿no se encuentran con mucha gente que les sigue contando cuentos ya de adultos? ¿Se los empiezan acaso a contar diciéndoles “érase una vez”, para que Vds. sepan con certeza que entran en un terreno de ficción, y suspendan de inmediato su incredulidad?

Como sospecho que no es así, sino que el ardid del disimulo y hasta la vileza del engaño están presentes, les animo a que apliquen el mismo criterio a los libros, en los que esos trucos se transmutan en méritos, y puedan así descubrir las muchas historias que se ocultan bajo la apariencia engañosa de las meras descripciones. Si se paran a observar a su alrededor, ya sea un objeto, un paisaje, una persona o varias, con ojos atentos, más aún si logran renovarlos, verán todo lo que pasa cuando creemos que no está ocurriendo nada. Y esa nueva mirada, dotada de una perspicacia y sensibilidad acrecentadas o simplemente recuperadas, les servirá también para identificar rápidamente en lo literario el doble cuento, el que es a un tiempo cuento y mentira o filfa, cosa sin valor, ni mérito, no importa cuánto y cuántos la elogien y hasta la compren y lean, arrastrados por el vendaval de la moda y la imitación, o el temor de apartarse del grueso de la manada. El gusto y la sensibilidad literarios, son como el cuerpo, es decir, no hay dos iguales, todos  presentan diferencias; pero también todos, del primero al último,  son susceptibles de ser cuidados, entrenados, desarrollados mediante el ejercicio y son susceptibles de estar en buena o mala forma, así como de ser arruinados a consecuencia de los malos hábitos.

Apenas 63 páginas, no más de 120 días, un tercio de un año cualquiera, en que por una vez se nos abre la ventana que da a la vida de un escritor, y a la cual, por supuesto, nos asomamos con avidez por ver, y tratar de entender, lo que ocurre tras ella. Asistimos, a través de algo concebido entre lo testimonial y la conversación más o menos secreta e íntima con uno mismo, en la forma y el tono propios de un diario, a la vez muy personales, por tanto, a lo ordinario de los quehaceres y preocupaciones cotidianas del novelista; pero también a lo extraordinario,  justo a lo que más lo diferencia de los otros, pues presenciamos la creación literaria en su realización misma, algo que paradójicamente es a la vez cotidianeidad para el escritor. Como  dice Pere Gimferrer en el cierre de su prólogo a “Días de Diario”, los  días comprendidos en este libro “por ser, en un doble sentido, “de diario”, habrán sido, precisamente, extraordinarios”. A mí, desde luego, también me lo han parecido.