domingo, 27 de marzo de 2016

Nos vamos haciendo viejos... RIP Johan Cruyff

Foto: blogdelhumor.com.ar

Yo venía a hablarles del gran Johan Cruyff y, de golpe, me descubro filosófico o existencialista, al menos, pensando en todas las señales con que la vida me va diciendo que me estoy haciendo viejo.

Foto: diario ABC
En un libro comprado hace poco (“La Puerta de la Infamia. Crónicas del casoMarey”, de Antonio Muñoz Molina) se nombra a Manuel Cobo del Rosal, Catedrático de Derecho Penal y abogado de RafaelVera, Secretario de Estado de Seguridad (1986-1994), en ese proceso. Aquel hombre vino un día a darnos clase, a los de la promoción del actual Rey de España – que ahora luce barba crecientemente canosa y entonces era un joven espigado e imberbe-, como profesor invitado. Entonces me pareció algo mayor, efecto quizá acrecentado por su mal color y aspecto general de mala salud. Sólo aparente pues sigue vivo a sus 81 años de edad. Antes de consultar ese dato pienso en que ahora será un anciano y no me confundo, aunque no lo esperaba ya octogenario. El propio asunto de los GAL presenta ya un aire inequívoco de pasado lejano del que muchos no han oído siquiera hablar y del que casi todos los demás conservan, o conservamos, una memoria mínima. Tempus fugit, vita nostra brevis est, etc.


Foto: whotalking.com
Unas semanas atrás me crucé en las proximidades de unos conocidos cines en V.O. en la zona de Plaza de España con otro profesor, el Catedrático de Filosofía del Derecho, Elías Díaz, conocido como ideólogo del PSOE en su etapa más gloriosa, los años ochenta y primeros noventa. Conservaba la mayor parte de su crespo pelo blanco, su barbilla tenaz y restos de vivacidad inquisitiva en la mirada tras sus gafas, ojos de intelectual. Iba con una mujer de edad también avanzada vestida con un aire juvenil y alternativo. Pero la curva de su espalda y sus andares eran de viejo. Aquel hombre, cofundador de Cuadernos para el Diálogo y autor de una extensa bibliografía sobre filosofía jurídica y política, que transmitía vigor y entusiasmo en sus clases, era a todas luces un anciano. Compruebo ahora que mi viejo profesor nació, al igual que Manuel Cobo del Rosal, en 1934, esto es, aún en tiempos de la Segunda República, como también mi padre, nacido en el mismo año de su proclamación, y que desde hace ya más de dos años es recuerdo. 


Ese mismo día o uno cercano me cruzo en la puerta de los lavabos de esos cines con Pedro Almodóvar, de cabellos también blancos y aún más crespos que los de Elías Díaz. Y mi primera impresión, aparte de cierta sorpresa que me bloquea en mi camino de salida que él aguardaba con educación para entrar, es qué viejo está. Miré en Wikipedia al volver a casa. Almodóvar, anclado en mi mente como al margen del tiempo, en el juvenilismo subversivo de la archiconocida Movida Madrileña, nació en 1949, tiene ya 66 años y hace ya 17 que ganó el Óscar a la mejor película extranjera con "Todo sobre mi Madre"… 

Llego de vacaciones de Semana Santa a un apartotel (así en el DRAE - :)) ) en la Costa del Sol y me encuentro con una recepcionista a la que no puedo dejar de mirar con cara de tonto, supongo, aunque desde mi perspectiva eran ojos de deseo. Tiene los ojos verdes, el pelo largo y algo rizado, sonríe al hablar, mira fijamente y su boca… miro sus labios como el sordo que ha de interpretarlos, aunque mis oídos funcionan. Aprecio cada explicación que da, superflua o no, en una demora por irnos con las llaves y descargar el equipaje que contrasta con mi impaciencia habitual en estas situaciones. Me parece joven, sexy, seductora, absolutamente deseable. Después trato de estimar su edad. Algo me lleva a echarle veintitantos, pero meditándolo con pretensión de objetividad concluyo que igual ya está en la treintena. Debió haber un tiempo en que una chica así me parecería una mujer demasiado mayor, una esposa o hasta madre y ahora es, perdón por el topicazo, un bombón. Para mis adentros, ahora desvelados, se quedó con el apodo literario de la Lozana Andaluza. El día de la partida vamos a devolverle las llaves. Sigue igual de guapa y sonriente, pero tiene ojeras. Entraría temprano a su turno en recepción, pero yo las atribuyo a una noche previa de intensa actividad sexual. Vuelvo a entretenerme en el juego sin solución de su edad. Unos 30 y me parece jovencísima…



El mediodía anterior veo una pareja joven comiendo justo enfrente en la terraza de un restaurante junto al mar. Ella me parece casi una niña. El novio, quizá por la tupida barba, unos años mayor. Tengo que recordar las fotos de mi mujer el día de nuestra boda, en el que justo cumplió 26 años y no le iba a la zaga en aspecto juvenil. Es Jueves Santo y con la plantilla de camareros sometida a un ajuste tan cicatero que los aboca al trabajo estajanovista, la comida no llega nunca. Ella está justo enfrente de mí, algo de perfil. Lleva una falda corta, aunque no recuerdo sus piernas. Me las debía tapar el novio. Lo que veo mejor son su boca algo ancha, sus dientes blancos y bien alineados, pero con personalidad, de una belleza no del todo ortodoxa, sino con leves imperfecciones y, por tanto, mucho más atrayente. Los labios son carnosos y bien perfilados, los ojos negros y muy acuosos. Su pecho no es exagerado, pero sí que reclama atención. Un nuevo ángulo – la bebida se agota y el pan que pedimos por tercera vez se hace esperar, de la comida ni hablemos- me indica que es mayor de lo que me pareció a primera impresión. Hablo de su pecho. Ella me sigue pareciendo jovencísima. 

Llegan sus padres, con otras parejas de unos 50 años. Se presentan ambos y se saludan. Las mujeres miran con curiosidad al novio de la niña. Los tenemos sentados cerca, justo al otro lado de un pequeño muro de madera. Casi leyendo sus labios observo que alguna de las mujeres, que se sientan en un lado de la mesa, al otro los hombres, dice que es guapo. Pienso que es algo generosa, pero ahora caigo en que su juventud le ayudaría en ese rating, aparte de las buenas maneras o la cortesía de la amistad. Los dos grupos -la pareja y los padres y sus amigos no se ven- pero yo los veo a ambos. El padre se acercó a saludar a la pareja y con poco tacto le soltó al novio que su hija llevaba toda la mañana esperándolo. Ella trata de disimularlo, pero el comentario del padre le provoca una lógica contrariedad. Al rato, privilegiados ellos que ya han sido servidos y hasta han comido, puede que pronto para no coincidir con los padres y sus amigos, se levantan para marcharse. La chica guapa, de talle estrecho, buena estatura aunque no exagerada, les aclara a los padres con acento gallego que ellos ya han pagado. El acento gallego a pocos kilómetros del Cabo de Tarifa, el extremo Sur de España y del continente europeo, me sorprende. ¡Qué joven es y ya come en restaurantes con el novio! A su edad yo también lo hacía, con mi novia o ya mi mujer incluso, pero entonces nos veía como dos adultos y no el par de niñatos que éramos. El acento gallego oigo que dice “nosotros nos vamos ya, que si no nos da tiempo”. Bromeo con mi mujer sobre la premura de la joven pareja para  hacerse con la casa, libre de molestos intrusos y testigos durante al menos la próxima hora y media, y "la niña" se ha permitido comunicárselo a los padres y sus amigos sin tapujos. 

Si mis profesores de la universidad me hacían mayor en su avanzada vejez, la bella recepcionista y la novia gallega me arrojan de golpe  años encima por su juventud. Y todo transcurre en el silencio externo, pero en la caja de resonancia interior, una voz, la de la conciencia, supongo, repite sin muestras de cansancio una hiriente letanía: te haces mayor, te haces mayor, la vida se te pasa sin darte cuenta, te haces mayor, te haces mayor y tú apenas te das cuenta.

Foto: primeraplananyc.com
Y ahora lo de Johan, Cruyff, genio del balón y primero de mis ídolos futbolísticos. Esta vez no se trata de jugadores en blanco y negro de los que me hablara mi padre, de nombres gloriosos que unas generaciones de aficionados transmiten a otros y de los que se ve aquí o allá alguna jugada aislada o documental. No. Esta vez se ha ido uno de los que has visto jugar sentado en la grada o en directo por la televisión y en parte ya en color. Un rostro y una voz que recuerdo, sobre todo por su exitosa etapa como entrenador del Barça. Alguien que se merece una entrada próximamente en este blog, alejado desde hace mucho tiempo del fútbol, a pesar de su nombre. 

Según la UEFA, un estudio estimó que dos mil millones de personas conocen su nombre y concluyó que, junto con Rembrandt y Van Gogh, Cruyff es el holandés más famoso de todos los tiempos. Eso es "ser alguien", qué duda cabe.

Hoy me pudo la idea, pugnaz y dolorosa, del veloz paso del tiempo y su daño colateral e inexorable del envejecimiento. La velocidad de Cruyff en el campo, sus memorables cambios de ritmo, quedan pues para otro día. 





sábado, 27 de febrero de 2016

Empezando el día sábado

Fotografía: Enrique Brossa


Sábado 6:30 AM
Nubes dentro de una nube. Hay un cielo raro. Hacia el Este se abre la paradoja del claro, que a estas horas es oscuro, moteado de algunas nubes densas. Las peladas ramas de los plátanos se yerguen verticales, muy apuntadas, como erecciones juveniles, y oscilan  levemente. Se bambolean en lo alto los cipreses y uno, el más alejado, se abre y se cierra desde dentro, como esas plantas que mece el mar y respiran por las hojas. Los soplidos del viento agitan caprichosamente las altas y leves ramas, como cintas, de los sauces. Suena un breve raspado, como de lija, sobre las placas granulosas que enmarcan la piscina. Algo que no consigo identificar. Un claxon agresivo, que prejuicioso presumo alcohólico, suena a lo lejos y enseguida se queda sin fuelle. El viento se calla, el viento ulula. Copas estáticas, copas balanceadas. De entre la espesura de la redonda copa del ancho pino brota un brusco ruido de aleteo, como de cópula o pelea o de ave que lucha contra el viento. Serán las urracas. Las suelo ver en ese pino. No hay luz en ninguna de las casas de los edificios que alcanza la vista.

En mi dormitorio un repentino frotamiento eléctrico de telas, un espigado cuerpo, filiforme, se voltea en la semioscuridad, tira bruscamente del edredón, se envuelve en él y una densa cabellera rubia con brotes castaños cambia de lado sobre la almohada. Otro cuerpo, más largo y más ancho, resta inmóvil, la cara hacia el techo, irregularmente cubierto por una sábana. Acaba de ser desposeído de cobertura mediante un tirón, pero no parece importarle. De momento. La batalla entre durmientes por el abrigo continuará, seguro, cuando me vaya. Silencioso, estiro la sábana sobre el cuerpo grande y alzo el edredón hacia la cabecera del cuerpo pequeño. La cara plácida y la tupida cabellera revuelta siguen inmóviles. A tientas y sigiloso busco inútilmente los dichosos calcetines. Luego con el hilo de luz que extraigo del baño. Están dentro de los zapatos de ayer. Esto es nuevo. Ni tirados en cualquier rincón, ni en el cesto de la ropa. ¿Los pondría yo allí? Ni idea. Sólo recuerdo que me dormí muy pronto, en el sofá, apenas comenzada la película. Eso es lo que me provocan infinidad de películas: sueño. Mejor dicho, lo afloran. Bajan mi guardia. La horizontal en el sofá y la cadera sobre la que descanso mi cabeza rematan el mal trabajo de guionista y director. Los actores, ahora recuerdo, también pusieron mucho de su parte. Dentro de un rato veré amanecer. Así que no hay mal (cine) que por bien no venga. Y óscars que cuesta mucho entender…

En el patio suena de tarde en tarde el viento sacudiendo por unos segundos alguna sábana o mantel, como vela o bandera que restalla. La ventana ha temblado. Los cristales cruzados por una ola. Encaje imperfecto. Obra humana. Esa ráfaga me sirve de acicate para posar la novela sobre la mesa de estudio junto a la invadida o intercambiada cama. A ver qué día hace. La noche en realidad, pero uno sigue aferrado a sus categorías, consigo mismo por centro del universo. Te levantas: es el día.

Sábado 7:10 AM
Sigue sin haber amanecido y voy a echar otro vistazo. Un aire limpio y frío, rebosante de humedad, y el humo del tabaco se disputan, como espermatozoides en pos del óvulo, las cavidades de mis pulmones. La eterna lucha entre el bien y el mal, ambos presentes en nosotros, por los siglos de los siglos, amén.

Sábado 7:40 AM
Ahora el cielo ya es azul, muy pálido. Hay finas nubes, manchas rosáceas, como de talco en suspensión. Veo encenderse las primeras casas. El viento sopla, más constante, en dirección Este. Apenas permite a los árboles volver a la posición de firmes. Dos chasquidos metálicos hieren el aire. Un coche asciende la rampa y sus ruedas atraviesan una rejilla metálica. Un pajarillo que suena sobre mí, en ángulo muerto, sus breves patas apoyadas quizás sobre la baranda de la azotea, aprovecha una breve tregua del viento para mostrarme cómo canta. Sí, me gusta tu música, se te da bien.

domingo, 21 de febrero de 2016

Navidad Porcelanosa. Conversan Enrique y Vargas Llosa

¿De qué hablarán Mario Vargas Llosa y Enrique Iglesias cuando se reúnan? ¿Cómo podría ser una conversación cualquiera entre ambos, por ejemplo, cuando coman juntos? 

No sé por qué me dio por pensar en ello esta Navidad, sentado también a la mesa. Bueno, igual sí lo sé. Ahora que le doy una vueltecilla al tema me vienen estas posibles razones: 

(i) y quizás principal... porque las comidas navideñas suelen dejar muchos ratos muertos en que entregarse, con gozo y alivio, a las más caprichosas imaginaciones; 
(ii) porque el prejuicio existe y se me antojan una pareja muy dispar (soy gran admirador de la genialidad literaria de Vargas Llosa y de la profundidad de buena parte de sus reflexiones sobre arte, política o sociedad y, dicho suavemente, digamos que no tengo en alta consideración ni el intelecto, ni la curiosidad intelectual del hijo de Isabel Preysler y Julio Iglesias -probablemente sin excesiva justificación, basado en meros indicios o hasta puras apariencias); 
(iii) porque de golpe gente que jamás me habló de ningún escritor me comenta algo sobre Vargas Llosa -en esencia, alguna mención a su conocido y sorprendente nuevo amor, con un enfoque algo jovial y escoltada por una sonrisita algo maliciosa. 

Para bien o para mal, ya pasadas las navidades me sorprendí recreando un fragmento de esa muy hipotética conversación, cualquiera o aleatoria, entre el autor de "Conversación en la Catedral" y "La Casa Verde" -por citar dos de "las grandes"- y el autor o intérprete de "Experiencia religiosa", entre otras canciones. 

Y ahí va para quienquiera que se lo haya preguntado también alguna vez o le pueda interesar tan caprichoso ejercicio de la imaginación.
-     
- -      
--      Resultado de imagen de fotos enrique iglesiasisabel preysler vargas llosa


- -   Mario, ¿sabes que mamá me regaló un par de libros tuyos?

- Y qué, ¿los has leído?

- Bueno, he leído uno. Ahora me estoy tomando un descansito después de tanto esfuerzo. Pero este verano quiero ponerme con el otro, ¡eh!

- ¿Y cuál es el que has leído, dime?

- Pues… ¡Uff! Espera, ¿cómo era…? No me viene ahora. Creo que se me ha olvidado el título, jejeje. Nunca he tenido muy buena memoria.

- ¿Recuerdas de qué trataba?

- Sí, eso sí, claro. A ver cómo lo digo. Yo diría que trataba de…la vida. ¡Eso es, sí! Trataba de la vida, como mis canciones.

- Así es, Enrique, todos mis libros tratan de la vida. Pásame el ceviche, anda. Veo que no lo has probado. ¿No te gusta el plato estrella de la cocina peruana? Porque a Isabel, tu mamá, le chifla, aunque lo toma sólo de a pequeños bocaditos. ¿Tú también eres así de mirado y disciplinado con la dieta?

- Bueno, yo es que ahora estoy en una etapa muy ‘veggie`.

- Qué, ¿atravesando un periodo de cambios en tu vida, Enrique? Eso me suena…

- Sí, no sabes qué mogollón tengo en la cabeza, uff. Me lo replanteo todo. Voy al armario y puff, me quedo así como parado. ¡Ahora mismo no sé qué look quiero! Y empezar así el día… Te aseguro que es una "nightmare".

- Sí, me hago cargo. Todo un dilema existencial, ¿verdad?

- ¡Qué bueno, Mario! “Dilema existencial”. Ahora mismo les mando un tweet a mis creativos de la compañía de discos. ¡Nos acabas de dar el título de mi próximo álbum!

- Y las canciones tratarán de la vida, me imagino. De la dificultad de las decisiones que se han de tomar, de las elecciones que hacemos, las dudas que algunas veces nos sobrevienen, las preguntas que se hace uno, la zozobra…

- ¡Jo, contigo da gusto hablar, ¿sabes?! ¡Qué rápido que lo pillas todo! ¡Es como si me leyeras la mente! “Zozobra”, esa también me mola para título de una canción, aunque no sé muy bien lo que quiere decir.

- Acércame, por favor, la fuente con mi cevichito del alma, que me voy a servir más, y ahora seguido te respondo.


domingo, 20 de diciembre de 2015

"No será la Tierra" (una novela de Jorge Volpi). Reseña

Portada de la primera edición en España (© Corbis)
Crítica de la novela "No Será la Tierra", del escritor mexicano Jorge Volpi, tercera de su trilogía sobre la historia del Siglo XX, publicada en septiembre de 2006 por la editorial Alfaguara.

Iniciada con el preludio “Ruinas” (1986) y dividida en tres actos −Tiempo de Guerra (1929-1985), Mutaciones (1985-1991) y la Esencia de lo Humano (1991-2000)−, «No Será la Tierra» es una novela singular y atrevida. Jorge Volpi (Ciudad de México 1968) concluyó con ella su trilogía dedicada al Siglo XX, cuyas dos primeras entregas fueron En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999) y El fin de la locura (Seix Barral, 2003)Diez años de una vida nada menos – los que van, aproximadamente, de la mitad de la veintena a la de la treintena- que Volpi se ha pasado, en palabras del propio autor, “fabulando sobre ese período”.

La extensión espacial y temporal de “No Será la Tierra” es inmensa. Los EE.UU. de América, como escenario principal de la vida de dos de las tres mujeres que vertebran la historia (Jeniffer Moore, funcionaria del FMI y la informática húngara Éva Halász). La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas −la temida, denostada, y hasta admirada URSS, unas siglas que dicen ya muy poco a los más jóvenes− donde la bióloga soviética Irina Granina, esposa de un científico que elabora armas biológicas y es encarcelado por su disidencia política, asiste al derrumbe del régimen comunista. También aparecen en sus páginas algunas ciudades y países europeos, de uno y otro lado del telón de acero (Berlín, Londres, Budapest), e incluso África (República del Congo, por entonces rebautizada el Zaire, cortijo de Mobutu y su clan) y América Latina (México), a propósito de sendas misiones del FMI en cuya ejecución pugna por salir exitosa la enérgica Jennifer Moore, un personaje muy bien definido y cuya evolución resuelve su creador con maestría, aunque su personalidad carezca de la singularidad o excentricidad de varios otros (como su hermana Allison o la genio matemático-informático Éva Halász). 

Pero, aparte de los tres personajes femeninos a los que Volpi eligió como protagonistas principales de la trama que le sirve para diseccionar los 15 ó 20 años finales de la Unión Soviética, con alguna excursión al tiempo anterior que los prefiguró, y del desplome del comunismo en sus países satélites, por esta novela discurren las vidas, de forma más o menos fragmentaria o extensa, de muchos otros, hasta 120, incluido el narrador. Este tarda en ser desvelado y no aniquilaremos el factor sorpresa aquí (descúbralo, pues, el lector). Dada la numerosa nómina de dramatis personae, el texto de la novela va seguido de una guía para que los lectores no se pierdan -con la dificultad añadida de lo extraños que resultan sus nombres para los hispanohablantes-  en forma de lista de personajes, agrupados por epígrafes temáticos o geográficos.


Foto del autor, Jorge Volpi (diariolatercera.com)
Además de las citadas tres mujeres hasta cierto punto excepcionales que protagonizan la novela −una elección de sexo con la que Volpi ha emparejado su novela con la revolución que el pasado siglo supuso en cuanto al papel de la mujer en muchas de las sociedades del planeta−, en ella aparecen un buen número de personajes históricos como Stalin, Mihail Gorbachov, Boris Yeltsin, Alexander Sholtzenitzin (autor de “Archipiélago Gulag” – testimonio esencial del horror soviético de los campos de prisioneros políticos), Ronald Reagan o George Bush I,  entremezclados los grandes hechos de la historia política, con especial énfasis en el desplome del gran imperio comunista y la decepcionante evolución posterior de la nueva Rusia. Hay espacio, asimismo, para algunas incursiones y reflexiones sobre la guerra (caliente, fría o de las galaxias - el blindaje antimisiles de Reagan), la carrera científica y la lucha por el dinero de los inversores bursátiles de Wall Street en torno al proyecto de genoma humano, la inteligencia artificial, el progreso de la informática, el capitalismo y las decisiones sobre las instituciones económicas internacionales adoptadas tras la Segunda Guerra Mundial (FMI y Banco Mundial) o el pensamiento de grandes economistas (Keynes y Galbraith). Un menú extraordinariamente proteico.

"Muñecos rusos"
(imagen: z8.invisionfree.com)

Por todas partes, la codicia, la lucha despiadada de unos seres humanos contra otros, el afán de ser más, de imponerse, de ganar, de vencer, de someter, de poseer, unos propósitos a los que todo lo demás, de manera más cruda o aderezada, con descaro o con coartada, va supeditándose. Una maldición genética que veda a la especie el sosiego con lo conseguido, que la empuja a desear sin descanso más o distinto. E igualmente ubicua, hasta entre los modernos misioneros de las oenegés y los primeros iluminados del ecologismo, la imposibilidad de la comprensión mutua y la armonía. No es rara la paradoja del desprecio profundo que el filántropo siente por el beneficiario de su abnegación y sacrificio y, más aún, por los otros filántropos, que no saben lo que se hacen porque nada han entendido. En el "ranking" de odios e incomprensiones la modesta diferencia con el vecino sitúa a éste muy por delante del común y lejano enemigo. En el ambiente, creencias, ideologías, grandes postulados, en declive o progresando, sueños individuales o colectivos a los que todos, de alguna u otra manera, se aferran, nos aferramos, y que se acaban revelando como mitos o mentiras, explicaciones insuficientes, edenes que nunca llegan (la mano invisible, el Estado que todo lo planifica y controla, la igualdad, la competencia, la ciencia, el mercado, etc.). Entre tanto, pasa la vida, de las personas, de las familias, de las ciudades, de las naciones, de las ideologías, de los sistemas económicos, de los regímenes políticos, de los descubrimientos científicos, de los logros tecnológicos, quedan las huellas, las heridas, los daños directos y colaterales de guerras, expolios y revoluciones, víctimas y triunfadores (incluso ambas cosas a un tiempo), y nada, absolutamente nada, resulta tal y como se esperaba.

Una de las críticas que ha recibido esta novela es la del consabido refrán con que el vulgo cruel, supuestamente sabio en su modesto realismo descreído, escarnece el exceso de ambición, esto es, que “quien mucho abarca poco aprieta”. Es cierto que la extensión temporal y geográfica, los muy diversas temas de fondo que se hilvanan a través de los personajes (tanto o más que viceversa) y la abundancia de secundarios que no lo son tanto obliga a Volpi a pasar así como a la carrera, despachándoselas de dos brochazos, por un gran número de escenas o situaciones, a pesar del relativamente largo metraje de la novela (516 páginas). La aceleración propia del pasar de puntillas, junto con la proliferación de hechos y personajes históricos, provoca que la novela adquiera a ratos un aire de enciclopedia novelada. Asimismo, ha de forzar bastante los acontecimientos y las casualidades para que los destinos individuales y los colectivos -intrahistoria e Historia- se enlacen mediante el contacto entre personajes novelescos e históricos, y ello además en un juego que tiene escala planetaria. Asimismo la elección del narrador tiene cierto tufo cinematográfico o folletinesco. La misma trama contada con una prosa ramplona, sin el aderezo de las reflexiones de calado o rebajadas en su profundidad y efecto frenada mediante los consabidos diálogos teatrales, tendría un inequívoco aire de serie de televisión -la forma estrella de la ficción en los últimos años (en términos puramente cuantitativos).

Gana altura literaria la novela en los períodos en que Volpi relega a un segundo plano los hechos históricos, se concentra en los personajes puramente novelísticos de la trama, y suelta las riendas de la forma de contar que constituye su suerte natural. En esas fases le brota un aliento poético que impulsa su imaginación y le otorga una personalidad definida y mucha más fuerza a su estilo. En esa línea se inscribe sin duda el preludio, una absorbente y dramática narración del accidente nuclear de Chernóbil. En “lo otro”, en lo más ceñido al dato histórico, se le nota en exceso contenido, en una provisional unión de hecho con un estilo más plano, aunque aún en límites tolerables, pulcro o correcto, gracias al apoyo en la precisión de los verbos y en la evitación de las fórmulas insoportablemente trilladas (recuerden, si pueden, algún best-seller que hayan tenido el estómago de soportar, aunque fuera sólo por espacio de unas páginas); pero se percibe un exceso de presión o censura interna para no alargarse demasiado, un empeño obstinado en ir llegando al final sin sobrepasar un número de páginas supuestamente disuasorio e indeseable. Las historias personales que durante buena parte de la novela discurren en distantes paralelos se van ovillando hacia el final, quizás menos logrado que el desarrollo de la novela. El desenlace tiene algo de “pim-pam pum”, se acabó, disuélvanse, por favor, hasta aquí hemos llegado. O igual es que, como ocurre en los puntos de quiebre de la historia y atestigua esta novela cuando han sido tantas las esperanzas que se depositaron en el cambio, que también los finales de las novelas tienden a generar decepción, más aún si se trata de novelas algo largas. O quizás sea simplemente que por todas partes sobrevuelan los muy humanos cambios de ánimo, ya sea a un lado del espejo, al otro o ambos, volubilidades o desarreglos anímicos de los que se encuentran muy conspicuos ejemplos entre los personajes de esta novela. 

En cualquier caso, “No Será la Tierra” es una lectura que deja recompensa, tiene fases de altura literaria, prometedoras de un talento que algún día encontrará el traje de su medida (o ha ocurrido ya entre tanto el feliz emparejamiento y simplemente este comentarista no se ha enterado), y constituye una excelente ocasión para recordar, o conocer por primera vez, el final de la Guerra Fría. En vez de ser escarnecido por su exceso de ambición o por haber traspasado rígidas fronteras de género, incursionándose en el habitual lodazal del thriller -en forma de combinado político-científico-detectivesco-, sin renuncia a “la novela literaria”, creo que Volpi merece el reconocimiento a la valentía que nos descubre la ambición de su empresa, que además no cabe en justicia declararla fallida, sino en una transitoria suspensión de pagos. Lo que sí puede es que haya muerto en el intento, en vista del ingente despliegue de esfuerzo narrativo y documental que se intuye detrás de su novela y, es posible, que a ello se añada el dolor por haber sacrificado en forma voluntaria la capacidad para hacer literatura que da la impresión que Volpi tiene. Por cierto, las reiteradas aposiciones, que inicialmente le despertaron recelo, han terminado por no disgustarle a este reseñista (Boris Yeltsin, de fuertes brazos; Gorbachov, pastor de hombres; Moscú, ciudad de anchas calles).

sábado, 21 de noviembre de 2015

"Los Enamoramientos", una (mala) novela de Javier Marías

Crítica de la novela "Los Enamoramientos", de Javier Marías (Alfaguara, 2011). Elegida mejor novela del año 2011 por Babealia (suplemento de artes y cultura del diario El País). Galardonada con el Premio Nacional de Narrativa del Año 2012. Finalista del National Book Critics Award de 2013 (el premio de la crítica de los EE.UU. de América) y ganadora del Premio Internacional Giuseppe Tomasi di Lampedusa 2014. Una opinión discrepante e incluso muy a contracorriente, por lo que se ve.


los enamoramientos-javier marias-9788499899718
Portada de la primera edición de bolsillo, Random House Mondadori (febrero 2013)
Fotografía: Elliot Erwitt/Magnum Photos


Evocación, tridimensionalidad de los personajes, situaciones creíbles, imaginación, algún grado de disimulo u ocultación del autor, belleza y eficacia del estilo, precisión  léxica, ritmo interno de la narración y ritmo de las frases, emoción, entretenimiento, humor, intuiciones y reflexiones brillantes o iluminadoras, profundidad, intriga, humor, aprendizaje, descubrimiento de mundos o realidades desconocidos o nuevas perspectivas de los ya conocidos, una verbalización de ideas y sentimientos en la que nos reconozcamos o reconozcamos a otros… Estos son algunos de los elementos que, en proporción variable y según el gusto de cada cual, muchos lectores valoran en las novelas. Por fortuna, a poco que se elija alguna que goce de un cierto “aval” –el del filtro del tiempo suele ser el más fiable, por mucho que el descubrimiento de lo menos divulgado conlleve un placer añadido- es muy probable que la novela en cuestión descuelle en varias de las facetas anteriores o en algunas otras por las que el lector en cuestión sienta una inclinación natural.

Sin embargo, en “Los Enamoramientos” de Javier Marías apenas he encontrado algo de lo anterior. Su trama es una débil estructura al servicio de una ristra de reflexiones reiterativas y bastante simples, a las que da la impresión de que el autor, omnipresente en esta novela, pretende dotar de cierta enjundia a fuerza de darles vueltas. Uno, ya sea por gusto por la literatura o por no sentirse estafado y perdiendo el tiempo, se esfuerza en buscarles profundidad, nuevos matices, pero acaba confirmando la sospecha inicial de que tan elementales y evidentes ideas tienen una naturaleza próxima a la perogrullada. 

Pero quizá peor que lo anterior, que tendría un pase si no fuera por la pesadez que conlleva la reiteración, el estiramiento de unas pocas ideas sin que nada de valor se añada, sea que el conjunto de la historia narrada parecía llegarme en todo momento de forma borrosa, como velada por la impostación o la artificiosidad. Eso anula la suspensión de la incredulidad y hace imposible sumergirse a conciencia en una obra de ficción. 

Los personajes no han logrado adquirir la calidad de personas enteras, genuinas y verosímiles. En alguna fase sí quizás la narradora-personaje, María Dolz, empleada multifunción y todoterreno de una editorial. Pero con una frecuencia difícil de sobrellevar, más aún por lo transparente del mecanismo, su voz se apagaba y era suplantada en su integridad por la del autor, Javier Marías. El resto de personajes tienen un marcado aire de caricaturas y cuyo pensamiento y habla resultan literarios, en el peor de los sentidos de este adjetivo. Hay fragmentos extensos en que los personajes hablan como quien da una conferencia o lee un informe médico. Impostura y afectación sobre una atmósfera de una frialdad extrema. Sí, hay algún que otro enamoramiento, pero si no fuera por el título y por alguna que otra afirmación expresa de los supuestos sentimientos de los personajes, ni nos enteraríamos de que albergan ese sentimiento.

Los hechos y situaciones referidos al mundo editorial, de pretendida intención cómica, resultan igualmente artificiales y sin gracia, entre lo infantil y la patochada. Imaginen al más soso de sus amigos o conocidos tratando, por un día, de ser el gracioso del grupo. De algo así les hablo. Por ejemplo, el escritor Garay Fontina, un personaje secundario, se siente como una mera excusa para añadirle un par de dedos de humor al cóctel novelístico, y es un caso de difícil superación en cuanto a deficiente creación de un personaje. Unívoco en su estupidez. Un imbécil monolítico. Llamativo por cuanto Marías, se supone, ha de conocer bien ese mundo, a diferencia de otros en los que se adentra tangencialmente en esta novela y en los que se le siente fuera de lugar, tocando muy de oídas, sin capacidad de convencernos sobre lo que nos cuenta (por ejemplo, sicarios del Este de Europa, chantajes o ajustes de cuentas entre empresarios y "gorrilas" semi-indigentes y perturbados mentales). 

Más estrambótica es aún la aparición del profesor Francisco Rico. Un auténtico pegote, trasunto literario del cameo cinematográfico, y con cuya supresión saldría ganando esta novela, aunque son tantos los elementos que la lastran, que en el fondo vendría a dar más o menos lo mismo. La mayor parte de los diálogos también debilita la novela por su escasa verosimilitud.

“Los enamoramientos” es una obra plana, bastante tediosa, y sin profundidad intelectual, a pesar de sus notorias pretensiones de revelación o esclarecimiento de una cierta "filosofía de la vida" o sabiduría existencial. Sin perjuicio de algún breve fragmento de mayor inspiración y más logrado ritmo narrativo, acción y personajes suelen parecer más bien una simple excusa para que el autor nos haga llegar sus reflexiones sobre diversas vicisitudes vitales, entre otrasel sentimiento amoroso y sus aledaños, la asimetría de muchas relaciones de pareja, la superposición de los nuevos amores sobre los anteriores; la presencia de los muertos en nuestras vidas, el proceso del duelo, y su  borrado o desaparición paulatinos; el carácter reemplazable y azaroso de aquello y aquellos que estimamos insustituibles y producto de una causalidad sólida, basada ilusoriamente en la concurrencia de cualidades especiales, cuando lo determinante viene a ser más bien el estar o no en el sitio y momento adecuados; el mayor poder de la fuerza del deseo y la constancia activa sobre cualquier otro factor para el logro de casi cualesquiera objetivos, incluidos los amorosos.

Nada que objetar a esa empresa. Antes al contrario, celebro a los novelistas que dotan de profundidad a sus ficciones, que no se conforman con procurar un puro entretenimiento, y que no escriben con un propósito deliberado de resultar ligeros. En la literatura lo intimista y cerebral puede ser tan atractivo o más que lo que se manifiesta externamente y genera acciones. Todo depende de cómo se haga. La trama, la historia no puede ser un guiñol en el que los personajes, pintados de forma bastante burda, resulten un vehículo para que el novelista nos dispense una ración, pantagruélica o XL además en este caso, de algo así como una cierta filosofía existencial. Menos aún si esa pretendida sabiduría de la vida - que se nos presenta como la suma de la experiencia vital directa, de tener algunas luces y la valentía de no jugar a engañarse con ridículas idealizaciones- es en su mayor parte bastante elemental y se articula mediante unas pocas ideas que se repiten y estiran para desesperación del lector.


Imagen: archivo.eluniversal.mx

Más irritante resulta cuando el autor se recrea en descubrirnos el error generalizado frente al que él, bajo el transparente vestido de la narradora-personaje, se alinea con cansina frecuencia en el bando escaso de los que ven más allá, de los "happy few" que poseen un cierto pesimismo, frío y clarividente, cabría llamarse, frente a la ceguera de los optimistas, los apasionados y los biempensantes, pero sin ir por supuesto tan lejos como para integrarse en el "lunatic fringe" (el fleco demencial, como por cierto tradujo su padre, Julián Marías, un hombre verdaderamente admirable por muchos motivos). No es que Javier Marías piense de un modo muy singular, radical o alejado de ideas extendidas, lo cual podría ser incluso una virtud novelística, sino que da por sentado que conoce, sin fisuras ni margen de error, cómo piensan la inmensa mayoría de sus más o menos "torpes" coetáneos. Si el rasgo encajase con la forma de ser del personaje-narrador, tal actitud sería plenamente admisible; pero es que María Dolz suena aún menos auténtica, menos todavía ella misma, justamente en esos pasajes de la novela. Marías mete incluso en esta narración, con calzador por mucho que la narradora pertenezca al mundo editorial, algunas referencias al monólogo de Hamlet – con cierta manía o deformación profesional de traductor, a "Los Tres Mosqueteros" de Alejandro Dumas, y una novela de Balzac, titulada "El Coronel Chabert".

En "Los Enamoramientos" hay una larga ristra de disquisiciones y elucubraciones, equidistante del monólogo interior, el relato oral para terceros y la narración escrita, introspecciones reales en el caso de la narradora e hipotéticas, a través de aquella, en el caso de otros personajes, aunque engarzadas en el transcurrir de los hechos con escaso éxito. Es un recurso narrativo que desespera por la desproporción entre la extensión y la sustancia, y que el estilo no consigue compensar. Marías trata de salvar la omnisciencia del narrador-personaje, María Dolz, mediante la interpolación de algún que otro elemento conjetural, pero también esas dudas parecen introducidas de cara a la galería, sin naturalidad, demasiado a conciencia. Además, los tiempos narrativos no se han tratado con acierto y ello se solventa en forma de algún que otro parche "ad hoc". Todo, pues, se diría al servicio de los mensajes del escritor a su público lector. Y, además, muchas aclaraciones superfluas, lindantes con el pleonasmos y ajenos a la narración en sí, con los que Marías parece querer paliar el limitado entendimiento de los lectores.

En cuanto al estilo, lo cierto es que no le he encontrado mérito o atractivo alguno. Es más, la sintaxis es bastante dudosa en varias decenas de frases a lo largo de las poco más de 350 páginas de la edición de bolsillo -la primera de Random House Mondadori, del año 2013, con bastantes páginas mal impresas, dicho sea de paso. El léxico es poco preciso y, en no pocos momentos, Marías parece hablar incluso un idiolecto. También la puntuación se permite licencias cuya eficacia no  se alcanza a ver, más allá de la de crearse así una cierta seña de identidad, como el que se pone reiteradamente un fular de colores llamativos en cualquier estación del año. 

Observando el doloroso parto mediante el que parecen alumbradas muchas frases de esta novela, no deja de impresionarme haberle oído a Javier Marías, en una conferencia en la Fundación Juan March en que le preguntaron sobre otros escritores de su generación, que se consideraba capaz de escribir novelas como las de Antonio Muñoz Molina. Pocas personas con un mínimo de sensibilidad literaria dudarían en destacar precisamente el sentido natural del idioma como una de las mayores virtudes del autor de "La Noche de los Tiempos" o "el Jinete Polaco", entre otras. A la vista de las formas y sonidos que uno y otro producen se diría que ambos no tocan el mismo instrumento, ni esculpen con la misma materia.


En resumen, lo que más he celebrado de esta novela es su moderado "metraje", ya que de haber sido más larga creo me hubiera rendido allá por las cien o ciento cincuenta páginas, cuando iba alcanzando la certeza de que este libro no había sido una buena elección. Llevaba más de un década sin leer ninguna novela de Javier Marías y, tanto por los años transcurridos en el oficio como por la buena acogida que tuvo “Los Enamoramientos”, me esperaba una obra de muy superior calidad. En su lectura, por lo floja que resulta desde un punto de vista de la pura destreza en la técnica de novelar, por repetitiva y tediosa, me ha asaltado muchas veces la idea de que si un autor primerizo enviara una novela así como manuscrito a diversas editoriales es probable que su publicación fuera rechazada o que recibiera una gran cantidad de recomendaciones de cambios, si de veras aspiraba a su publicación. 

En estado de estupefacción sigo pensando sobre esta frase que ahora releo en la contraportada “De Marías se aprende tanto porque nadie conoce al ser humano como él” (Ijoma Mangold, Die Zeit), por mucho que en las fajas promocionales, las contraportadas y las solapas tengan asiento habitual las hipérboles laudatorias. Coincido con la extrañeza de Isaac Rosa por el éxito de crítica y público de "Los Enamoramientos", y no dejo de suscribir algunas de las críticas que en el blog "la fiera literaria" se le han hecho a esta novela, sin perjuicio de que ese “colectivo” parece tener declarada una cruzada, ya duradera, contra el reconocimiento del que goza Javier Marías. 

Por más que los gustos literarios sean algo muy personal y el valor literario no sea fácil de objetivar, el vivo elogio de varios conocidos críticos a esta novela, más allá de posibles servidumbres y de parcialidad por diversos motivos, me causa perplejidad. Si he resumir la lectura de  ”Los Enamoramientos” lo que me viene a la cabeza es, ante todo, la idea de un tiempo que habría podido emplear fácilmente en mejores lecturas. Pero, bueno, cosas mucho peores se han visto, sobre todo en la televisión. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Karim Benzema, "Campeón de la Amistad"


"Quien tiene un amigo tiene un tesoro" (refrán popular)
Benzema, según ha informado AFP, ha reconocido a la policía su implicación en el chantaje sexual a Mathieu Valbuena, en el que el jugador del Olympique de Lyon —compañero del madridista en la selección de Francia— aparecería manteniendo relaciones sexuales con una mujer y por el que le habrían reclamado 150.000 euros para evitar su difusión.”
Benzema ha declarado que “se puso de acuerdo” con ese amigo de la infancia “sobre lo que debía decir”, para que Valbuena “negociase exclusivamente con él”, ha señalado esta fuente que indicó que el atacante quería hacer un favor a su amigo de la infancia sin pensar que iba a perjudicar al centrocampista del Lyon” (1)

Benzema, al que de pronto se le ha caído en todas partes el nombre, Karim, familiaridad excesiva con quien conviene empezar a marcar distancias, tiene un singular sentido de la amistad. La amistad es para él algo tan incondicional que pasa por encima de la ley y de la ética más elemental. En tan alta estima tiene Karim la amistad que si sus actos benefician a un amigo no es capaz de ver sus consecuencias inmediatas y previsibles para cualquier otro. Esto último siempre que tomemos por verdadero lo que más bien parece una excusa pueril, algo así como: "bueno, nunca  me imaginé que se lo fuese a tomar así de mal".  
Es la suya una forma de amistad tan intensa que lo ciega ante el riesgo o le hace desdeñarlo, impidiéndole todo cálculo de la proporción entre coste y beneficio, aceptando como verdadero que no hubiera acuerdo de participación en el reparto. Me refiero a algo más allá del "tío, cuando cobres la pasta, te invitas a una cena, ¿eh?". Eso no lo perdona nadie y una cena así es además una ocasión perfecta para celebrar la amistad. Una amistad que sería desmesurado calificar de admirable, por el daño causado a un tercero; pero que no deja de conmover. Benzema no duda en arriesgarlo todo (carrera, prestigio y hasta la libertad) por el bien de un amigo. Los 150 mil euros que se iba a levantar su amigo de la niñez en un principio lo eran. 

En el rito de los sacrificios en el altar de la amistad, el primer turno le ha correspondido naturalmente a la víctima del chantaje, Mathieu Valbuena, que ha visto su intimidad expuesta en los medios de comunicación y, por lo pronto, se ha quedado fuera de la convocatoria de la selección francesa para los dos próximos amistosos (contra Alemania e Ingalterra). La caudalosa amistad de Karim Benzema revienta los diques del respeto a la privacidad y al bolsillo del compañero de selección. Sin ir demasiado lejos en la cadena, puede arrasar también con la estabilidad de su pareja y su familia, que suponemos tiene, entre otros motivos porque parece un factor coadyuvante para este tipo de chantaje. La lealtad entre compañeros más o menos circunstanciales de vestuario sucumbe a la fuerza insuperable de unos lazos de amistad tan anteriores y entrañables como son los de la infancia. A Karim Benzema se le queda corta la perogrullada definitoria "amigo de sus amigos". Su caso requeriría, de confirmase los hechos y al parecer ya los ha admitido ante la justicia, un mayor énfasis: "muy, pero que muy amigo de sus amigos". 

Una amistad, la de Benzema con el supuesto extorsionador, que pese a ser tan grande no habría inspirado el acto generoso de rascarse el bolsillo, que se le presume bastante lleno. Igual habría bastado con una suma menor para ayudar a su amigo a salir del apuro. No obstante, en el que pague otro si hay una lógica secular y muy extendida. En ese particular no habría que sorprenderse por la conducta del fino delantero. Y tampoco en que la ambición se hubiese descontrolado. Ya que nos ponemos, pues le pedimos 150 mil euros. Quizás por una cantidad más moderada Mathieu Valbuena no habría pasado por este mal trago. Es una hipótesis. Como también que sea un hombre de principios, de fuerte carácter, o que le duela mucho aflojar. Todo son conjeturas. Lo siento. Por ahora no se sabe más. 

Tampoco se sabe si pueden mediar otras circunstancias que doten de mayor lógica al suceso o, al menos, que lo expliquen de forma que el comportamiento del delantero francés se ajuste un poco más a la conducta del hombre medio. Pudiera ser que cuanto se ha publicado sean mentiras puestas en circulación por los supuestos autores del delito para ocultar algo distinto y de mayor gravedad, que haya de antes una gran animadversión hacia Valbuena, o hasta un sentido exagerado y muy personal de la broma. También, podría ser, un caso de amor, de amor al dinero, si Benzema pretendía en realidad cobrarle royalties a su amigo, complementando sus ingresos como futbolista con este extra. 
Pero igual la cuestión es tan simple como que este chico no va bien de cabeza fuera del área. En la más eximente de las hipótesis estaríamos ante una ética muy personal, presidida por la amistad como valor absoluto, con su toque de obediencia ciega a los amigos. Algo así como un "pagafantas" dispuesto a quitarle el bocata en el recreo a otro alumno si se lo pide el jefe de la pandilla, aun cuando él no vaya a probar bocado, pero sí recibiría el castigo si el hecho llega a oídos de algún profesor.
Esta presunta deriva delictiva de Benzema choca por que en el campo no se le recuerda ninguna mala conducta. Más bien destacaría por su deportividad, sometido al test de bancada de la media de la profesión. Todo ello dentro del marco de una personalidad que, al menos en la faceta pública, presenta un grado notable de pasividad. Igual tanta que es cierto que sólo hizo de correveidile: “oye, que me han dicho que tienen un vídeo tuyo y que hables con ellos”, sin comerse la cabeza. Dicho y hecho. Al primer toque.
Karim, ahora sólo Benzema, no parecía mal chico y además se puede dar por hecho, con escasísimo margen de error, que está forrado. Por ello, el suceso tiene todas la trazas de noticia de diario fantasioso que no ha dado con la tecla del humor, o bien las de una inocentada periodística de en un 28 de diciembre que se ha ido de madre. Es de esas noticias que obliga a volver más arriba en la búsqueda de algún dato que se nos tiene que haber pasado por alto y de paso ganar tiempo para vencer la incredulidad que provoca. 
No sólo la política se confunde con la sección de tribunales. Últimamente, aunque sobre todo había afectado al Barça, las noticias del mundo del fútbol no paran de ofrecernos imágenes de entradas y salidas de los juzgados. También merecería una mención de honor la FIFA. Y la UEFA...
(1) Diario El País, edición digital del 5 de noviembre de 2015.