domingo, 19 de enero de 2014

Mi vida con Potlach


Mi vida con Potlach

Inma Luna


Ediciones Baile del Sol, Tenerife (España), 2013


«Mi Vida con Potlach» es la primera novela de la poeta Inma Luna, antropóloga y periodista madrileña, publicada en 2013 por la editorial tinerfeña Ediciones Baile del Sol.
Relato en forma de diario, iniciado por prescripción facultativa, cuyo protagonista, en puertas de la mediana edad, atraviesa una etapa crítica de su vida, un tiempo de cambios radicales. Luis es un excéntrico personaje, al borde mismo de la locura. Cuando su vida anterior se desmorona, y él mismo se vuelve un juguete roto, decide agarrarse al orden más estricto como tabla de salvación e iniciar una nueva vida.
Su singular remedio consiste en llevar una vida de eremita, pero no en una cueva, sino trabajando como contable en una inmobiliaria y viviendo en un desangelado barrio del extrarradio de Madrid. Sin más compañía que la de un perro, y decidido a esquivar el trato con las personas para evitar todo daño, se empeña en su propósito de tenerlo todo bajo control.

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Esta novela, hecha de frases cortas, directas, con un lenguaje relativamente sencillo y moderada extensión -poco menos de 300 páginas-, engancha al lector con su poderoso arranque. Tiene forma de diario y su narrador y protagonista coinciden en la persona del estrambótico Luis, informático en una universidad de Madrid. Por prescripción facultativa empieza a escribir su diario en medio de la carísima calma de una clínica psiquiátrica de lujo.

El ritmo narrativo de «Mi Vida con Potlach» sufre importantes cambios. El diario de Luis se ralentiza o acelera de forma paralela a cómo evoluciona la vida de su autor, cuya trayectoria vital, en parte excepcional y en parte muy común, es decir, como una vida cualquiera, como todas las vidas, va desvelándose de forma muy paulatina.

Luis llevaba una vida aparentemente normal, lo que quiera que ello signifique y de pronto aquella, como su cabeza, se desmorona, revienta por la presión. El desencanto con el trabajo, la decepción en el amor, el estrés provocado por una vida a la que Luis parece no adaptarse o con la que no se conforma, el mundo, en general, al que encuentra absurdo y sin sentido, lo suman en “estrés patológico”. Tan parco y genérico diagnóstico tiene, sin embargo, un elevadísimo coste.

Su diario es inconstante, como el propio Luis. Se interrumpe durante largos períodos, en los que no obstante intuimos que no ocurren grandes cosas. De forma acorde con su hastío vital y extrema apatía, la escritura de Luis no se mantiene como un propósito constante y el hallazgo casual del ya olvidado diario da lugar a su reanudación.

En «Mi Vida con Potlach» hay una vida vieja y una vida nueva,  un antes y un después del internamiento de Luis, hasta cierto punto voluntario, y del que acaba dándose a sí mismo el alta. Se vuelve demasiado consciente de que a los médicos, como a los hoteleros, les beneficia, una prolongada estancia del paciente-huésped y, sobre todo, pierde la fe en la utilidad del tratamiento, entre otros descreimientos que le van llegando a nuestro protagonista en su avance por la vida. Llega a la conclusión de que sólo él puede curarse o salvarse a sí mismo.

Comienza una nueva vida, que es sin embargo una deliberada no vida, en la cual el narrador-protagonista quiere ante todo protegerse de un mundo que percibe insatisfactorio, amenazador y hostil. Pretende la salud, un mínimo equilibrio, imponiéndose un orden de tal calibre que paradójicamente pide a voces el adjetivo enfermizo. Sus mecanismos de defensa son el aislamiento, la rutina, el orden y la meticulosidad. Luis aspira a vivir como un eremita en medio de un inhóspito barrio obrero de la periferia de Madrid, y ejerciendo su nuevo oficio de contable en una inmobiliaria cochambrosa y en pleno hundimiento. A sus compañeros y jefes los encuentra en el fondo despreciables, por vulgares, imbéciles y alienados y, por ello, socialmente adaptados.

Pero se trata de una quimera, de un propósito imposible, delirante incluso. Como el agua o el aire, lo imprevisto, la relación con los otros, las emociones y sentimientos , encuentran indefectiblemente algún hueco por donde colarse. El tupperware ­­–fetiche del protagonista y motivo de la portada de la novela– es un objeto y el ser humano, que respira, que transpira, que produce fluidos y secreciones, come, digiere, huele, no puede emularlo. La risa, el llanto, la ira, los afectos, la excitación sexual terminan por hacer siempre su aparición en escena. Los humanos somos seres sociales, seamos o no individualmente sociables y somos, ante todo, sentimientos. Por mucho que se planifique sobrevienen siempre hechos o circunstancias imprevisibles e incontrolables que nos conducen, incluso a rastras, a lo que es propio de nuestra naturaleza. Vivir es sentir y lo de morir en vida no pasa de ser una frase hecha.

En «Mi Vida con Potlach», a través de las ideas, lúcidas y originales, e incluso tan excéntricas a menudo como el propio protagonista, asistimos a una disección poco misericordiosa de la sociedad entera, en la que se van desgranando aceradas opiniones, por completo alejadas de los tópicos y lugares comunes. El bisturí de Luis abarca cuestiones tan diversas como los tratamientos y clínicas psiquiátricos, las relaciones entre padres e hijos, el amor, el sexo, las relaciones del mundo del trabajo, tanto entre jefes y empleados, como entre compañeros, el abuso, la explotación, las diferencias económicas, la lucha de clases. Incluso el lenguaje y los argots merecen alguna reflexión, como por ejemplo la redicha cursilería de la correspondencia comercial y el perifrástico, críptico y eufemístico del ámbito administrativo y legal. El funcionamiento de la justicia, del Estado y de la burocracia, en general, también son objeto de la implacable y sincera observación de Luis, en el polo opuesto del pensamiento desiderativo (“wishful thinking”), lo políticamente correcto o la mentira piadosa. Esas visiones nos enfrentan al absurdo, la injusticia y la fealdad que frecuentemente nos rodean. Hay alguna que otra referencia incidental a la antropología, ligada a uno de los personajes esenciales en la vida de Luis. Y también reiteradas alusiones a las tareas domésticas, como la limpieza y la compra, con marcada reiteración a la cocina, pasión confesada de la autora, habilidad en la que el protagonista nos cuenta, por excepción y con no disimulado orgullo, su progreso.

Espigadas por las páginas de la novela se encuentran también referencias a esta época de crisis económica en que el empleo precario, el trabajo-basura, ha adquirido increíblemente la condición de privilegio. Lo que antes motivaba la protesta social, y cada cual trataba de evitar para sí  mismo como buenamente pudiese, es ahora considerado como un bien que debe protegerse con uñas y dientes, un bien envidiado y que mirado en retrospectiva por quienes lo han perdido y no tienen mucha esperanza de recuperar es añorado como una situación vital lindante con lo idílico. Algo a lo que adjetivar como basura parece un sacrilegio, un acto de ingratitud, una muestra de falta de sentido de la realidad y una prueba de intolerable insensibilidad hacia quienes ni siquiera tienen eso, ni parece que lo vayan a “conseguir”.

Luis es un juguete roto, un desencantado total, un derrotado por la vida. Al no esperar ya nada de ésta, al estar o considerarse, al menos, de vuelta de todo, no teme perder nada. Apenas tiene preocupaciones económicas. Su nivel de subsistencia, al menos, está prácticamente asegurado para el resto de sus días y carece por completo de ambiciones materiales. Todo eso, junto con su decisión de ser radicalmente asocial, lo sitúan en un plano que le permite opinar con libertad absoluta, sin miramientos, ni cortapisas. Es un frío observador de la realidad circundante. Muy a resguardo de las turbulentas aguas de la crisis económica y por completo indiferente a lo que los demás opinen de él, habla con la sinceridad del que ha abandonado la partido del juego social y ha decidido evitar todo fingimiento o, cuanto menos, con la crudeza de alguien convencido de que se encuentra en esa posición.

Pero surge la paradoja, la contradicción, el conflicto interior, ya que al mismo tiempo siente el aguijonazo de la envidia del hombre común. Anhela vivir sin pensar, sin cuestionárselo todo, el conformismo, la intrascendencia, la superficialidad. Querría zambullirse en la banalidad de los actos sociales repetidos y en las conversaciones vacuas que sin embargo sirven para llenar el vacío de la vida y para ahuyentar la angustia y el desasosiego que brotan de los pensamientos profundos. Luis es consciente, quizá exageradamente, de su diferencia y con frecuencia querría ser uno más, el hombre de la calle, uno del montón, no ser tan lúcido y consciente de todo. Íntimamente se duele de ser el que ve en un mundo en el que la masa ha optado por la ceguera. Le intriga cómo será eso de representar bien un papel en el gran teatro del mundo, actuar con convicción en la función de la vida, caminar como sabiendo a dónde va y no sin rumbo fijo. Se diría que añora ser actor, aunque sea de reparto y hasta mero figurante incluso, en vez del espectador, el observador, el antropólogo que interpreta al grupo humano o el biólogo que disecciona la rana y sabe ya lo que hay en su interior, el que ve lo que los otros parecen no ver o no querer ver.

No se respeta un juego en el que no se aspira a ganar nada, ni a divertirse siquiera. Hay en Luis claros elementos del anti-héroe, que por momentos recuerdan al célebre Ignatius J. Reilly de “La Conjura de los Necios”, aunque Luis tiene un núcleo de valores y de dignidad personal, alguna creencia en la persona concreta y no es rastrero, ni miserable, ni aprovechado. Incluso intuimos que por su aspecto físico debe resultar bastante atractivo para las mujeres, a pesar de su manifiesta ineptitud social, su desgana existencial, su carácter esquivo y su incapacidad para afrontar muchas situaciones de la vida corriente.

En «Mi Vida con Potlach» se desvela también el engaño de las apariencias, el timo o falsedad de la felicidad de anuncio, de revista de decoración, de fin de semana en “casa rural con encanto” y resulta que lo más bello, lo más deseable y necesario es lo intangible, lo que no puede comprarse, lo que se da y se recibe por generosidad o amor. En esta novela todo eso sucede, junto con a lo heroico cotidiano, esto es, el día a día de muchas personas abocadas a una vida muy dura y a la que Luis era antes completamente ajeno. El "milagro" ocurre en medio de la fealdad de un desangelado barrio del extrarradio de la gran ciudad, descuidado por las autoridades, y se manifiesta acompañado del defecto físico, de la minusvalía de algunos personajes. Personas que viven en la escasez de medios, en la estrechez física y económica, rodeados por lo vulgar, e incluso en situación de grave riesgo de perder lo más querido. Y ese riesgo lo encarnan quienes, a su vez, creen estar obrando bien, imbuidos de ese fetichismo de la imagen, del bienestar material como condición necesaria para una vida feliz y casi sinónimo de ésta. Con Luis vamos descubriendo la rapidez con que juzgamos y etiquetamos a los demás y la hostil desconfianza que nos genera todo aquello que desconocemos, frente a lo que reaccionamos nerviosamente, con un despectivo y airado rechazo apriorístico, como de niño al que le sobreviene una pataleta.

La novela puede quizás incurrir en algún que otro desliz hacia lo tópico, exhalar esporádicamente un cierto aire de enseñanza moral, así como perder momentáneamente cierta verosimilitud por la aparición de escenas rocambolescas, con un nítido olor a comedia cinematográfica. Asimismo, presenta algunas derivas o giros de guión cinematográfico de película romanticona, bastante previsibles y algunos personajes secundarios pueden resultar algo acartonados y estereotipados, como arquetipos o clichés de determinados ambientes, clases sociales, países o épocas. Pero lo estrambótico, lo grotesco y hasta esperpéntico también ocurre y muy rara vez se cuenta, cosa que sí hace esta novela, que relata varias de esas situaciones en las que para evitar el embarazo propio o el ajeno hacemos como que no vemos, como si jamás hubiesen ocurrido.

A mi juicio, la narración pierde algo de fuelle e interés en su conclusión respecto de su poderoso arranque y más que aceptable parte media o nudo. En su desenlace resulta menos genuina, como lastrada por algo de impostura frente a su autenticidad precedente; pero antes de ese desfallecimiento o ataque de dudas arquitectónicas de su autora ante el abanico de posibilidades -¿quién sabe?-, «Mi Vida con Potlach» se enriquece con un progresivo entrelazamiento de una pluralidad de historias que la van haciendo más compleja, crecientemente viva, como a su narrador-protagonista.

(Fotografía de Inma Luna, autora de "Mi Vida con Potlach")

Aunque en esto de la literatura todo es opinable y habrá, seguro, quienes hubieran preferido el mundo cerrado del diarista con su propio pensamiento o conciencia y la abstracción y generalidad de las experiencias vividas por el personaje, mediante su despersonalización, mediante la elipsis de su biografía y hasta de su identidad, al modo de algunos de los relatos de Kafka, por ejemplo. Diría que su autora, Inma Luna, ha coqueteado en algún momento con esa forma de contar una historia. Parece haber sentido la tentación de la supresión de toda información contingente y no esencial para la comprensión de los hechos, forma narrativa que genera misterio e intriga al lector; pero que después la ha abandonado, para entregarse a formas narrativas más convencionales, de mayor aceptación por el público contemporáneo, mediante la aclaración, la supresión de incertidumbres, el relleno de los vanos o lagunas; pero lo ha hecho sin caer, afortunadamente, en temáticas tópicas. La historia es muy original y tiene el valor de presentar una gama de personajes de grupos sociales y oficios de los que rara vez se ocupa la literatura (una limpiadora minusválida, una cajera de supermercado, un curandero inmigrante, los empleados de una inmobiliaria de barrio, etc.). Un verdadero contrapunto a la felicidad publicitaria de la era de la imagen. 

Tras haber descartado la autora esa forma narrativa, según esta conjetura, bien avanzada la novela se van desempolvando hechos bastante sorprendentes del pasado, que nos trasladan brevemente hasta el Berlín actual, al de los tiempos de la construcción del famoso muro, y también a la fría ciudad castellana de Burgos en los tiempos de la dictadura del General Franco. Esos hechos le hacen replantearse al lector varias de las asunciones que había realizado bastantes páginas atrás sobre el narrador-protagonista y algunos otros personajes cruciales en la vida del mismo, de forma que completado el puzle se produce una cierta reinterpretación del conjunto del relato. El lector se descubre jugando inopinadamente a psicoanalista y basando su interpretación de la forma de ser y el comportamiento del protagonista en las experiencias vividas durante su infancia.

Es muy probable que el lector de «Mi Vida con Potlach» se descubra a sí mismo acercándose y alejándose de Luis, alternativamente entendiéndolo a la perfección o no comprendiendo en absoluto su comportamiento; oscilando entre la identificación y la extrañeza; entre el rechazo y la comprensión; entre la lástima y hasta la envidia por el narrador-protagonista. El acierto en la construcción de este personaje constituye, qué duda cabe, una prueba de talento literario por parte de su creadora, Inma Luna.

Otra idea interesante, no sé si machista o feminista o si incluso ambas cosas a la vez, es el evidente paralelismo entre el ánimo de Luis y las reacciones de su pene. Su ánimo y su pene llevan vidas paralelas. Ambos pasan del abatimiento absoluto al resurgimiento, de la atonía a la excitación, a pesar de que el sexo es aparentemente muy secundario para Luis, así como en cuanto a su presencia cuantitativa en los hábitos y preocupaciones de casi todos los personajes que pululan por la novela. Pero una vez más las apariencias engañan. Hay  fuerzas que aunque ocultas siempre están ahí, en estado de latencia, y su influencia es crucial.



«Mi Vida con Potlach» —publicada en 2013 por la editorial canaria Ediciones Baile del Sol, ópera primera en el campo de la novela de Inma Luna, quien ya había publicado una colección de relatos cortos, titulada «Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero», pero que hasta el momento se ha dedicado de manera muy principal a la poesía— es una buena “inversión lectora”, expresión que por mercantil y reductora viene a ser a la literatura como “la marca España” a una nación entera; pero que ahí se queda, pues también el crítico desfallece, duda, y no da con la expresión que quisiera.

Se trata, en definitiva, de una narración que atrapa pronto al lector, que en su mayor parte lo incita a ir devorando páginas, y que en determinados pasajes o escenas resulta francamente divertida. A la vez, esta novela estimula su sentido crítico al ponerlo frente al espejo de nuestra colectiva aceptación, pasiva y confiada, de muchas cosas que tomamos por serias, fiables, lógicas, fundadas, como elementos de un orden necesario; pero que, miradas con ojos nuevos, con un poco de rigor y perspectiva, resultan absurdas, ilógicas, infundadas, contingentes o arbitrarias, en verdad partes de un conjunto más bien caótico y casual. Y, lo que es peor, con demasiada frecuencia ese supuesto orden social produce hechos o situaciones intolerables por su radical injusticia.

Es, por tanto, un prometedor debut en el campo de la narrativa larga, tal vez el despegue de una novelista de largo recorrido y altos vuelos, Inma Luna, a la que habrá que seguir de ahora en adelante con atenta mirada e interés. Tal y como le pasa a Luis de forma inopinada con una protagonista femenina, la visión de cuyo apetecible cuerpo, lo asalta y enardece en el más inoportuno de los momentos y en el menos erótico de los entornos; pero así es la vida y así se cuenta en “Mi Vida con Potlach». ¿No les parece?


sábado, 2 de junio de 2012

Yo lo haría mejor



Yo lo haría mejor

Vamos al médico, consultamos al abogado, observamos al relojero que arregla el mecanismo de un reloj, al albañil que alicata nuestro baño y reconocemos la dificultad de sus oficios. No nos vemos capacitados para desempeñarlos. Menos aún nos imaginamos poniéndonos en su lugar y haciendo ipso facto su trabajo mejor que ellos.

Sin embargo, el fútbol produce una peculiar ilusión de facilidad. No hay aficionado que en algún momento no se vea a sí mismo siendo más veloz que el extremo o el lateral superados en la carrera por un contrario, convirtiendo en gol ese remate que al delantero le ha salido manso o desviado, blocando firmemente el balón que al portero se le ha escapado. Quien se se queda sin resuello al realizar un mínimo esfuerzo grita indignado al atleta que muestra un leve síntoma de desfallecimiento y se imagina sobrepasándolo en resistencia. El rematadamente torpe se muestra inclemente con el jugador de técnica exquisita que, por una vez, no ha sabido controlar un balón y se visualiza ejecutando la maniobra con sobrehumana perfección. El pusilánime abronca con ira a los jugadores con palabras gruesas por carecer de ciertos atributos masculinos y se ve en el campo convertido en el culmen de la bravura. El enclenque desdeña al jugador liviano y sin atisbo de duda se concibe saliendo victorioso de todos los forcejeos. El aficionado admira a Messi, ensalza su genio, pero al mismo tiempo le cuesta poco esfuerzo imaginarse él mismo marcando cinco goles en un partido de la Champions' League.

En el caso del entrenador el fenómeno es aún más acusado. El entrenador no corre, no ha de tener técnica en el manejo del balón, sólo mira, da instrucciones y toma decisiones. Aquel cuyos conocimientos sobre táctica no pasan de elementales le enmienda la plana a quien lleva décadas en el oficio. El aficionado sabe, él sí, la alienación y la táctica que asegurarían el éxito de su equipo. También conoce mejor la psicología del futbolista y se representa mentalmente a sí mismo resolviendo cualquier problema en el vestuario, casi siempre sin otro bagaje que su infalible receta de mano dura.

Existe un sueño, común a cientos de millones de aficionados al fútbol, que nos conduce a imaginarnos, con la viveza de una experiencia real, convertidos en futbolistas o entrenadores profesionales (ser árbitro sería una pesadilla). Y como la imaginación es arcilla que se moldea conforme al tamaño y la forma de nuestros deseos, el desempeño del futbolista o entrenador imaginario es magistral. Como todo sueño de gloria, el de ser futbolista comporta una representación fantástica de la realidad, en la que no hay cabida para el fallo. Además de que en general predomina una arraigada tendencia a ver solamente la cara amable de las profesiones ajenas, así como a considerarlas mucho más fáciles de lo que en realidad son, en el fútbol concurren factores que exacerban esa percepción.


Entre el aficionado y el futbolista se produce una fuerte implicación emocional. Nadie aclama o vitupera al albañil por colocar un azulejo un poco mejor o peor, ni se abraza alborozado a un extraño por la precisa extracción dental ejecutada por un dentista, menos aún celebra "el arte" de un taxista para identificar el recorrido más rápido. Por una convención que desafía toda lógica, miles de millones de personas hemos decidido darle importancia al fútbol, dejar que nos inunde la alegría y hasta la pena por algo objetivamente tan fútil como el resultado de un partido, por un juego que, además, practican otros. Por ello, el acierto o el error del futbolista y hasta del entrenador se traducen en fuertes emociones para el seguidor de un equipo, lo que determina un altísimo grado de exigencia en el desempeño de su trabajo y, en consecuencia, la falta de comprensión de sus fallos, calificados de errores clamorosos e imperdonables.

Para que tal exigencia, contraria a la la falibilidad humana, sea compatible con un mínimo de lógica y hasta de justicia, jugar bien al fútbol, excepcionalmente bien incluso, ha de ser concebido como algo fácil. Esa representación engañosa de la realidad tiene tal fuerza que se impone a lo que la inmensa mayoría de los aficionados hemos experimentado por nosotros mismos, por más que nos juzguemos con benevolencia: que jugar bien al fútbol no es nada fácil y que se cometen fallos.

Otro factor fundamental para la gran exigencia del público es la exorbitante retribución que perciben los futbolistas, lo cual espolea el deseo de estar en su lugar y el mito que los rodea. Tan extraordinario nivel de ingresos probablemente responda a la lógica intrínseca de esa tiránica y difusa abstracción que llamamos el mercado, que a menudo nada tiene que ver con la utilidad social de las profesiones y que es refractaria a toda idea de justicia.

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sábado, 12 de mayo de 2012

Arcángeles con ruedas (binomio fantástico)


Canción de los ángeles
William-Adolphe Boeguerau, 1881


Si los arcángeles tuvieran ruedas en los pies en vez de alas a la espalda, el cielo estaría lleno de todas esas cosas que los hombres han inventado a partir de la rueda: bicicletas, trenes, coches, camiones, autobuses, tractores, etc., pues aquí tenemos unos cuantos ingenieros ávidos por crear objetos útiles, hartos de las disquisiciones filosóficas con que muchos entretenemos la eternidad en las alturas.

Esos pobres niños negros, a los que varios ex-obispos insisten en bautizar, muertos tan prematuramente por el hambre y la enfermedad, esos que tanto disfrutan de tener al fin agua, medicinas y tres comidas al día, ocuparían sus días en un incesante ir y venir, pedaleando felices sobre sus triciclos.

San Isidro tendría una vida más cómoda y sobre todo la recua de bueyes con que ara los campos del cielo. Esos bueyes que tanta pena le dan a San Francisco. Y éste dejaría de abusar de la paciencia de Dios rogándole continuamente que les deje descansar. Pide que tengan al menos descanso dominical. La verdad es que maldita la falta que tenemos de tractores. Afortunadamente producimos todo el alimento que necesitamos, pues tendríamos complicado lo de las importaciones. Aquí en el cielo cuando la cosecha se malogra o es escasa hay grandes disputas por hacer el milagro que nos saque del atolladero. Nos sobra gente capaz de ello. Hace años llegó un hombre de mediana edad, un alto directivo de empresa muerto a causa del estrés y la obesidad. Era un tipo práctico que enseguida se preocupó por el tema de la alimentación y quiso abrir un McDonald's. Hasta ideó un plan para tener suministros regulares de carne y de juguetitos de regalo para los niños, pero en cuanto se enteró de que en el cielo todo es gratis, desistió. Dijo que el Departamento de Expansión Internacional jamás aprobaría ese proyecto.

Si los arcángeles tuvieran ruedas en los pies, San Pedro podría ir en patines hasta las puertas cuando alguien llama a ellas. Se desplazaría veloz y sin fatiga, como esas chicas de Carrefour que van con rapidez y gracilidad de un extremo al otro de la hilera de cajas. Y Dios creería al fin que no exageran ni ejercitan la fantasía quienes le dan cuenta de todos esos artilugios que antes mencioné: bicis, trenes, coches, tractores y demás. El sólo se fía del todo de su hijo, de lo que le contó que había visto en las tres décadas y pico que pasó en la tierra, y cree únicamente que existen carros y cuadrigas tirados por animales. Le parece inverosímil que en dos mil años los hombres hayan podido inventar todas esas cosas. Tampoco termina de creerse lo que le cuentan sobre unos aparatos, los teléfonos móviles, con los que dos personas pueden hablar desde uno al otro confín del mundo y eso que algunos hermanos han venido aquí con ellos en sus bolsillos y se los muestran. Les pide una demostración; pero nunca han conseguido comunicar, dicen que no hay cobertura o que se han quedado sin batería y que sus deudos no cayeron en poner también el cargador en el ataúd. Luego reparan en que aquí no hay enchufes. Algunos, ciertamente osados y con los que los jueces sustitutos parecen haberse relajado mucho en el Juicio Final, le dicen que ellos creyeron sin pruebas en que El se hizo hombre, que al tercer día resucitó, que resucitó a Lázaro, caminó sobre las aguas del mar, multiplicó los panes y los peces, y convirtió el agua en vino cuando las Bodas de Caná amenazaban con resultar un desastre de organización.

Dios no replica. Uno de los secretos de su larga vida y excelente humor es que jamás discute. Se muestra tolerante. No necesita afirmaciones de autoridad. Sí piensa, como alguna vez ha comentado a sus más allegados, que le encantaría disponer de uno de esos teléfonos móviles y poder así enviar sus mensajes a los hombres con toda claridad, para que cada cual deje de entenderle a su manera. También le gustaría darles un sustito a los incrédulos, que de pronto recibieran una llamada suya en mitad de la noche; pero sabe que pensarían que alguien les tomaba el pelo y le colgarían tras insultarle. Le gustaría subirse aquí a alguno de esos ateos, sobre todo si ha sido bueno, y decirle: "ves..., y tú no te lo creías". Pero las reglas son las reglas y la admisión requiere ineludiblemente la creencia. Si diera cualquier muestra de flexibilidad en eso, sus suplentes en el Juicio Final se relajarían aún más, y esto del cielo sería un cachondeo. Aquí somos rigurosos en nuestros procesos de admisión. Nada que ver con la manera en que se suelen hacer las cosas allí abajo, con como administran, por ejemplo, las nulidades matrimoniales los que llevan nuestra delegación principal, la de Roma. Aquí se les ha denegado la entrada a personas muy poderosas e ilustres. Como dije antes, en el cielo no hay enchufes. 

Mentiras y Política





Si preguntáramos por la calle qué condiciones personales hacen falta para triunfar en política, es probable que muchas personas incluyesen entre ellas la falta de reparos para valerse de la mentira y cierta destreza para el engaño y el disimulo. No pocos mencionarían también que un político ha de tener el descaro necesario para negar lo evidente y mostrarse imperturbable aunque lo cacen en una contradicción manifiesta entre lo que dijo o prometió antes y lo que dice o hace después, o la habilidad suficiente para justificar las razones del viraje y presentarlas siempre como ajenas a su voluntad y responsabilidad.

Muy posiblemente saldría a relucir también la capacidad de esconder lo que en verdad opina o proyecta hacer, velándolo tras una densa nube de cháchara. Se consideraría una condición esencial para el éxito que su discurso político transite siempre por una zona de seguridad, que no rebase la linde del plácido terreno de las generalidades o vaguedades y se recree en las intenciones u objetivos sobre cuya bondad existe un consenso generalizado, esto es, que sus palabras no comporten riesgo alguno, que no le comprometan a nada concreto, ni generen tampoco oposición.

La visión que los ciudadanos tienen de la política es tan descarnada que muchos convendrían en que un político de éxito ha de conducirse con arreglo a lo que Nicolás Maquiavelo dejó escrito en una carta de 1521: "Desde hace un tiempo a esta parte, yo no digo nunca lo que creo, ni creo nunca lo que digo, y si se me escapa alguna verdad de vez en cuando, la escondo entre tantas mentiras, que es difícil reconocerla”. Suprimirían, eso sí, la salvedad inicial, ya que acota la duración de la falsedad.



Que la mentira y el poder caminen cogidos de la mano en las dictaduras parece natural, ya que el control de la información es consustancial a ellas. Los dictadores cuentan con medios para presentar a la población una realidad alternativa, acomodada a sus intereses, y cuyo principal material constructivo es la mentira, la cual adopta tanto la forma de ocultación de hechos, como de su invención. Se genera así una imagen enteramente distorsionada de la realidad, que suplanta a ésta. Además, si la falsedad llega a descubrirse o se extiende la sospecha de ella, las consecuencias para el poder establecido rara vez son graves, dada la mínima capacidad de respuesta de los pueblos oprimidos por un dictador.

Es notorio que la mentira tiende a multiplicarse. En su código genético está grabado de forma indeleble el instinto de reproducción. El riesgo de que una mentira sea descubierta, o su descubrimiento mismo, se conjuran o contrarrestan, respectivamente, mediante otra mentira, conformando una serie que tiende al infinito. Aun así, más llamativa resulta sin duda la notable abundancia de mentiras en la vida política de las democracias. Aunque con imperfecciones y en muy distinto grado según los países, en ellas opera el derecho a la libertad de expresión y suele haber cierta pluralidad informativa, por lo que siempre hay alguna voz que pone en evidencia la mentira, y esa voz tarde o temprano se corre. Por tanto, que la mentira política prolifere también en las democracias no puede tener otra causa última que la falta de reacción ante ella por parte de los ciudadanos, una tácita admisión o tolerancia de la misma.

Esa relativa aceptación de las mentiras de los políticos se debe, a mi juicio, principalmente a tres causas. En primer lugar, hay un componente ético. Bastantes personas consideran que mentir es natural y hasta lícito, piensan que el logro de determinados objetivos lo legitima, máxime si lo que está en juego es llegar al poder o mantenerse en él ("el fin justifica los medios"). En segundo lugar, los ciudadanos quieren ilusionarse con algún proyecto político, tener la esperanza de un futuro mejor, y en época de elecciones adoptan una predisposición favorable a la credulidad. Frecuentemente votan a los políticos que más y mayores promesas hacen. Ese mecanismo de estímulo-respuesta, que anuda el voto a la mentira en las democracias, es el germen de la mentira política por excelencia: la promesa electoral incumplida. Por último, la extensión y proliferación del uso de la mentira entre los políticos de diverso signo conlleva que también aquellas personas a las que la mentira les resulta éticamente reprobable, y hasta les indigna, reaccionen escasamente ante ella. Participan de la resignada convicción de que la sinceridad y el cumplimiento de la palabra dada no tienen cabida en el vademécum de los políticos y que a ese respecto "todos son iguales".

El precipitado lógico de todo ello es que la mentira seguirá abundando en la política, ya que mentir suele salirle prácticamente gratis al político, y presenta por el contrario claras ventajas, tanto para el logro del poder como para su conservación.     


viernes, 2 de marzo de 2012

MISCELÁNEA

Aviso para los navegantes, con rumbo fijo o errantes, que aquí recalan: 

Hoy he compuesto una entrada a base de retales, de improvisadas intervenciones en conversaciones o debates cibernéticos iniciados o provocados por los textos, normalmente muy breves, que escribe casi a diario Antonio Muñoz Molina en su página web. A menudo son verdaderas joyas. Me refiero, obviamente, a sus escritos, no a mis intervenciones, que luego me dicen que no tengo abuela (de golpe caigo en que esa frase hecha, y como tal dicha irreflexivamente, es ahora una verdad, que ya no tengo abuela).

Son ideas expuestas rápidamente sobre la poesía, sobre los libros que me gustan, sobre la educación (enseñanza), sobre la corrección del lenguaje y sobre las opiniones de los no expertos en cualquier  campo. En el frontis hay unas frases sobre la culpa que el otro día me vinieron a la cabeza y suelto aquí para liberar espacio.


Breverías

Sobre la culpa:




“La culpa es una extraña propiedad: todo el mundo la considera ajena”.

“La culpa nos hace a todos generosos: se la cedemos siempre a otro”.

“La culpa es un hijo muy feo que nadie quiere reconocer”.



IDEAS, OPINIONES, GUSTOS, ETC. (TODO A VUELA PLUMA).


Sobre la poesía

No leo mucha poesía, pero a veces recurro a ella para curarme de logicismo, para darle alas a la mente, para dejar que mi cerebro se libere de corsés, empaparme de sentimientos y admirar el espectáculo de las posibilidades infinitas de la lengua. En ella he encontrado intuiciones asombrosas que a un filósofo o a un físico les llevaría cientos de páginas tratar de explicar.

Una buena amiga, moderadamente aficionada a la lectura, me confesó tiempo atrás su incapacidad total para leer poesía. Sentí lástima de ella, de que no pudiera ni por un momento tener las sensaciones que puede transmitir la poesía, el cosquilleo del alma, la resonancia íntima de las palabras, su música, la adjetivación sorprendente, etc. Yo la siento de mi mismo por no ser capaz de disfrutarla más, por sorprenderme tantas veces tratando ante todo de entenderla.
No creo que haya literato medianamente sensible que no desee íntimamente haber sido tocado por el genio de la poesía. Por su música, por su síntesis, por la posibilidad de perdurar en la memoria de los hombres y transmitirse oralmente, por la fuerza de los sentimientos que despierta, porque va directa al corazón, la poesía se mueve en un orden superior, por más que vaya quedando arrinconada y deviniendo cada vez más minoritaria.
En la disyuntiva entre lo prosaico y lo poético, ¿qué alma no atrofiada no prefiere lo segundo?

Sobre los libros que me gustan

Si el lenguaje no me atrae, ya sea por la belleza, la fuerza, la precisión, el atrevimiento para innovar, su correspondencia con el personaje, la situación o los sentimientos que se pretende transmitir, los libros me dejan frío. La trama por sí misma no es lo que me estimula para leer. Eso cabe en un esquema, aunque aprecio por supuesto que la lectura me despierte las ganas de saber qué más va a ocurrir.
Por referirme a algún “best seller”. Me habla mucha gente con admiración de “Los Pilares de la Tierra”. Lo he intentado leer hasta por dos veces y los aspectos formales me echan para atrás, se me me cae de las manos, tanto por la ramplonería del estilo, por más que se recree en las descripciones arquitectónicas (casi peor), como por la simplicidad de una narración lineal, puramente cronológica (al menos así la recuerdo en las 200 páginas que he llegado a leer). No veo creatividad, arte, sino una especie de relato que casi cualquiera podría escribir, dejando al margen la capacidad para imaginar una historia, lo cual valoro, pero no me basta para disfrutar con un libro. Diría que una cosa es redactar y otra escribir. Y libros como ese me parecen más redacción que escritura.
Dudo que sepa explicarme bien. Hay quienes piensan que los que rechazamos esos libros “planos”, buscamos “frases bonitas”, descripciones prolijas, fragmentos grandilocuentes, que requieren ser declamados, pero todo eso me repele. Eso es una caricatura burda de la literatura.
Me gusta que haya belleza y también que las novelas me hagan pensar, que me exijan algo, a veces incluso mucho, tanto la historia o trama como los aspectos formales, no saber bien en ocasiones quién habla, en qué momento, un diálogo escondido en un texto en que habla el narrador, una barrera difusa entre lo pensado y lo dicho, momentos de desorientación que me fuerzan a reubicarme, a colocar las piezas.
También me atrae que por las entretelas de la narración se cuelen ideas, reflexiones, sensaciones, sin que se trate de tesis. Esos personajes que hablan como un ensayo, meros pretextos para que el autor opine, se cargan el invento, desaparece toda verosimilitud y la novela ha de ser un engaño eficaz, nos la tenemos que creer (la verdad de las mentiras, en palabras de Vargas Llosa y puede que de más escritores).
El otro día me alababan a Isabel Allende. Tomé de un libro suyo (“Hija de la Fortuna”) una página al azar y las situación, la descripción del personaje, particularmente los adjetivos, me resultaban tan tópicos, tan librescos, que me hicieron sentir que estaba ante un bodrio. Me daba risa que eso pudiera considerarse algo de mérito.



Sobre la educación (en un debate cibernético iniciado por Antonio Muñoz Molina)
Comparto con Antonio Muñoz Molina eso de que los que alzan la voz son los que hablan de oído y repiten consignas o muletillas ideológicas y que haría falta escuchar a los que de verdad enseñan o dirigen centros de enseñanza, a los que se enfrentan a los problemas auténticos y conocen la realidad de la enseñanza, de los centros, los programas, los libros de texto, los alumnos, los padres, las cuestiones económicas, la aplicación de las normas, etc., etc.
Pero lo que más me ha llamado la atención han sido los testimonios: el que transcribe Antonio (blandura y consentimiento de los padres, sobreprotección que conlleva inmadurez, ocultamiento de la realidad), el de José Carlos P.T. (vandalismo y falta de civismo y su agudo análisis de si realmente aprenden algo que valga la pena), el “¿eso es legal?” de Eduardo Cas (aprovechar la ausencia de un profesor para dar una clase más de otra asignatura), las diferencias en la educación en la familia que cuenta Consuelo entre ¿Alemania? y España; y otros muchos que me dejo, pero que igualmente me han parecido muy valiosos y me han hecho pensar.
También las alusiones a los vaivenes legislativos y las mudanzas, muchas veces superficiales, que los cambios de gobierno vienen provocando en la enseñanza, como un reflejo automático.
Pero, aparte de que coincido con alguien que dijo que los que estamos aquí no somos del todo representativos, me domina un sentimiento de negatividad y desesperanza sobre la forma de ser de las generaciones futuras y, por tanto, sobre el resultado del proceso educativo, más por el ambiente social y familiar que por la influencia del colegio o el instituto y una sensación de inutilidad de este debate y de prédica en el desierto, de desesperanza radical en que algo de que lo deseamos se convierta en una realidad.
A fin de cuentas, la sociedad actual idolatra el consumo, valora el tener, se rige por el pragmatismo, poniendo la utilidad máxima en el dinero, en enriquecerse, es crecientemente inmadura, no hay deseo de conocimiento verdadero, desprecia bastante la racionalidad, domina la concepción de que somos titulares de derechos, pero no deberes; en unos aspectos sobreprotege a los niños (p.ej. frente a cualquier castigo, recriminación de los profesores o exigencia de reciedumbre) y en otros los descuida y abandona (escasez de tiempo disponible y/o tiempo dedicado por los padres a ellos, a su educación), etc.
Educar es muy difícil, pero como padre voy viendo una cosa clara, hay que frenar la exigencia de estos niños actuales que no paran de pedir, que piensan que todos y todo está a su servicio. El mío me recriminaba hoy una corta espera en el colegio a que yo llegara, luego se quejaba de que no hubiera en casa las galletas que le gustan (había otras variedades y hasta algo de tarta), después no ha querido ponerse una prenda que no le gusta…
Esa prenda, por cierto, es heredada de mi hermano pequeño. Mi madre, mujer de otro tiempo, lo guarda prácticamente todo, más si lo considera valioso (y muchas cosas se lo parecen). Era una cazadora marca Lacoste. Podría haber tratado de convencer al niño con el argumento de la marca prestigiosa, pero... ¿Cómo aspirar entonces a que el día de mañana no nos “exija” algo que no queramos o no podamos comprarle? ¿Cómo esperar de él que no sea tan estúpido de creerse más o menos que otros por llevar ropa de una marca determinada?.
Educar es muy difícil, desde luego. Creo que es probablemente el campo en que mayor salto hay entre la teoría y la práctica. Y en el caso de los padres es más si cabe una labor constante, que nunca acaba porque, además, los niños nos observan y nos imitan, se dan cuenta invariablemente de nuestros valores verdaderos, detectan sin excepción las incoherencias entre lo que decimos y lo que hacemos.

A un corrector impenitente

Era consciente de que al escribir rápidamente y sin someter lo escrito a corrección alguna, podría ser objeto de su maniático hábito de corregir y de su propensión a la ultracorrección. Es probable que usted tenga sólidos conocimientos gramaticales, pero dudo de que le acompañe “el genio del idioma”, concepto que probablemente no encuentre en los lóbregos y áridos manuales o tratados de gramática española que intuyo son de su gusto.

El idioma no evolucionaría nunca si nos atuviéramos únicamente al criterio de la corrección. Y se lo dice alguien que aprecia, en general, la corrección en el habla y más aún en la escritura; pero la virtud puede devenir en vicio llegados a ciertos extremos.
¿Acaso tiene un mínimo de realismo que una palabra no exista un día y exista al día siguiente o, por ser más precisos, “valga” o “no valga”, sea correcta o incorrecta, por razón de que los señores de la Real Academia Española han decidido darle su beneplácito o un mero nihil obstat, presos de la desazón?
Desmenuce es incorrecto como sustantivo y lo correcto es decir desmenuzamiento. Eso dicen las normas y lo sabe mucha, muchísima, gente, pero… ¿Perciben sus rígidos y censores oídos el aire informal y transgresor que desprende “desmenuce” y que por ello conlleva, con justicia, rebajar la importancia de su labor correctora y de mi réplica?
Y conste que esta incorrección que me censura no es desde luego ninguna aportación de mérito a la evolución del lenguaje, a su modulación o adaptabilidad, tan necesarias para que se puedan transmitir emociones, matices, sutiles diferencias, a través de él. Dicho sea de paso, sospecho que es Vd. impermeable a las emociones, salvo esa bastante baja y pobretona de disfrutar señalando a los demás cualesquiera errores que puedan cometer.
Pero esa disposición moral, aun pareciéndome claramente rechazable y acompañándole en el sentimiento por poseerla, la considero algo secundario. Lo que me parece realmente nefasto es que son Vds., los que así piensan y así miran todo lo escrito, hasta la narrativa y la poesía, ¡que ya son ganas!, un freno a la riqueza de la lengua. Son tan nocivos para su progreso y el despliegue de su potencialidad como aquellos otros que, por ignorancia o falta total de respeto a la más mínima convención, cometen error tras error. Como Vd. seguro conoce, los extremos se juntan.
Y ahora con su permiso, cliqueo en “Deje un comentario” sin revisión alguna y dése el dudoso gusto de volver a corregir…


Sobre las opiniones de los no expertos en una materia

Por mi profesión tengo contacto frecuente con las leyes y la justicia y, por supuesto, me parecen muy valiosas las opiniones que sobre ellas formulan los profesionales (jueces, abogados, fiscales, procuradores, notarios, registradores, funcionarios, etc.), por lo general bastante más fundadas que las de las personas que tienen un contacto puntual con este mundillo.
Pero he conocido también opiniones sensatísimas de los legos en Derecho, como se les suele llamar a los no profesionales de “esto”. Aprecio también en ellos la ventaja de no dar por sentadas y aceptadas malas prácticas, imperfecciones y sin sentidos que a los metidos en el medio nos resultan ya demasiado naturales y en los que rara vez reparamos. Además, los profesionales del Derecho, como cualesquiera otros, cuando opinan lo hacen ante todo en defensa de sus intereses y sólo en muy contadas excepciones, prácticamente nunca, se observa una mínima autocrítica. La culpa de los males de la justicia es siempre de otros.
A mi juicio lo que hace valiosas las opiniones son tres cosas, que enumero por orden de importancia: (i) la intención que las guía y actitud desde la que se emiten (construir o destruir; la neutralidad o la protección de intereses; la templanza o exaltación; el prejuicio o la racionalidad; el amor o el odio del objeto/sujeto de la opinión, etc.), (ii) la inteligencia de quien las formula, y (iii) el conocimiento de la materia, normalmente coincidente con el grado o alcance de las experiencias que se tienen del ámbito al que se refiera la opinión (aunque todas las visiones son subjetivas y parciales, está claro que a mayores experiencias, mayor representatividad o fundamento de lo que se dice).
Por ello, la descalificación apriorística y generalizada de la opinión de los no expertos me parece una postura equivocada.