viernes, 21 de abril de 2017

La vocación política

©Vergara

"Papá, quiero hacerme político"


—Papá, este septiembre espero acabar ya la carrera y he pensado que me gustaría ser político.

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres hacer?¿Ya se pasó lo de montar un bar de copas y una escuela de kitesurf en Tarifa con tus amigos?

—Eso era una mierda. Mucho trabajo y poca pasta. Y si contratas curritos, te van a robar, fijo. Es imposible llevar un control. Me acabé dando cuenta, ¿sabes? Ahora lo que me gustaría es meterme en política, dedicarme a eso. No por el poder, por tener un cargo o ser conocido, ni tampoco por las oportunidades de enriquecerse y de pasarme luego al mundo de la empresa, como tú.  Lo que me tira, lo que de verdad quiero es participar en los asuntos generales, actuar por el bien común, servir a los ciudadanos y a mi país, contribuir a un futuro mejor, sobre todo para jóvenes, como yo. Y, además, tú conoces a bastante gente.

—¡Coño, hijo, pareces otro! Te lo has preparado, ¿eh? Porque no te había oído hablar así de bien en tu vida. Y, además, veo que tienes potencial porque ni a tu padre le dices la verdad de lo que piensas y quieres.

—¿Qué pasa, es que no convenzo?

—No, tranquilo, no es eso. Es que conozco muy bien cómo va el tema y te conozco a ti, claro. Tienes, eso sí, que introducir algún elemento agresivo en tu discurso, ir también contra alguien, lo que no soportas y nos hundiría a todos si tomamos o seguimos ese camino. Elige enemigo, a los que menos tragues, y probamos a meterte en las filas de los de enfrente, o sea, que te colocaré entre los enemigos de tus enemigos. Y si no funciona bien, pues hacemos al revés. ¿Entiendes?

   Sí creo que he pillado la idea. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos

   Sí, en esencia, viene a ser eso. No te preocupes, que ya lo iremos viendo sobre la marcha. Dime, ¿has publicado algo o hablado de política en redes sociales?

—No, qué va, de eso nunca. Todos mis colegas y yo pasamos de política. Bueno, yo ahora ya no.

—¿Y tienes algunas creencias políticas, preferencias o algo así? ¿Derecha, izquierda? ¿Liberal-conservador, reformador-progresista?

—No sé, eso me lo tendría que mirar un poco, ¿vale? Me suena todo, eh, sobre todo lo de gente de derechas y de izquierdas, pero algunas otras cosas que has dicho no las tengo muy claras. Y me da que al final me iba a dar igual, que no sabría bien qué elegir.

—Mejor, eso me lo pone más fácil. Tanteo en los dos lados y dónde más nos ofrezcan, allí que te meto.

—¡Genial, papá! ¿Y si no apruebo Derecho en septiembre?

—Mejor aprueba, pero tampoco te agobies mucho con eso. La licenciatura con 27 años me lo pone un poco más fácil, pero no es fundamental que tengas la carrera terminada. No serías el primero, ni el último. Les venderé tu enseñanza bilingüe. Lo de los idiomas lo llevan bastante mal y eso podría ayudar, les irá bien tener y lucir alguno que sí hable inglés con fluidez y pueda manejarse en francés. Es algo muy objetivo y la calle ya se los toma a coña a cuenta de los idiomas.

—Bueno, digamos que me defiendo en inglés, ¿vale?. En francés… ¡Uf! No creo que pueda mantener una conversación con normalidad. Lo paso fatal hablando con los surfistas franchutes. Se descojonan de mí.

—Vamos a ver. Pero tú qué eres, hijo, ¿tu propio enemigo? Tú hablas un inglés casi tan bueno como el del Príncipe de Gales y tienes, además, un nivel avanzado de francés. Y si tus estudios universitarios se están alargando, muy ligeramente por encima de la media, es por tu intensa dedicación a los deportes de competición y al voluntariado social e internacional. ¿Entendido?

—Sí, sí. Esto lo he pillado perfectamente a la primera, ¿vale? Y tú, papá, sabiendo tanto de política y los mazo contactos que tienes, ¿por qué no te has dedicado a eso?

—Yo prefiero los negocios. Vivir en el anonimato, tratar con unos y con otros, buscar acuerdos, sinergias, ganar voluntades políticas, establecer fórmulas de colaboración, lograr beneficios comunes, favorecer situaciones en las que todos salgamos ganando. A mi manera, como ves, también me ocupo del bien común. Del nuestro, el de la familia, y del de los políticos, sus familias y sus partidos, también.

—¡No sabía que fuera tan guay! Mamá dice que tu trabajo es un coñazo y que lo único que haces es chanchullear, pero así como lo cuentas, me mola. Pero prefiero probar antes en política, me tira más, ¿sabes? Para empezar por lo menos, luego ya se irá viendo. ¿Te mando mi currículum al mail de la empresa?

—¡¿El currículum?! Déjate de ceuves. Esto no va así, alma de cántaro. Se hacen unas llamadas que conducen a otras, se hace alguna visita, se invita a alguna comida, se espera respuesta, se recuerda si es preciso, eligiendo bien el momento. El CV ya se lo darás cuando toque. No te preocupes. Eso es un puro trámite. Ve prestando atención a todos estos detalles, ¡eh!

—Sí, papá, lo que tú digas.


©Vergara

martes, 21 de marzo de 2017

Ayer fui al cine o de cómo Internet (y su parentela) nos ha simplificado la vida

(Foto tomada de cupon.com)

Una de las grandes líneas divisorias de la humanidad es la que sitúa, a uno y otro lado, los escépticos y los crédulos de “los adelantos” -palabra que hoy se traduce como nuevas tecnologías-. Los muy creyentes abominarán de esa formulación, tan antañona. Pero lo cierto es que le cuadra a la perfección, por evitar lo de pintiparado, puesto que le va como anillo al dedo, incluso le sienta como un guante, ya que vuelve el frío. Pintiparado, pobre adjetivo maldito, condenado a un uso residual y de finalidad cómica. La vida puede resultar muy dura. También entre las palabras hay destinos crueles.

Ayer fui al cine. Era lunes, pero fue festivo allí donde moro, vivo, habito o resido, elijan ustedes. “Pues vale” se dirán con toda la razón, así como qué tiene esto que ver con el primer párrafo. Enseguida me pongo a ello, no se impacienten.

Con la tablet mal asentada sobre la cama y tras cambiar de red wifi —la conexión iba lenta y no sé qué demonios pasa últimamente con la selección automática de red— elegimos película. El plural es porque éramos dos, marido y mujer para más señas, los queríamos ir al cine. Hubo que leer algunas sinopsis, ver cinco o seis “trailers”[1] y lograr el no siempre fácil consenso. Esa ni de coña, ni muerta me meto yo ahora una película china entre pecho y espalda. Pues esa otra que dices tú tiene una pinta de bodrio… Esta vez fue relativamente fácil. No hubo heridos, ni menos aún bajas. Igual porque comimos mucho y el aturdimiento digestivo contribuye al acuerdo o el aquietamiento, atenúa exigencias y combatividades.

En consecuencia, me puse con la compra anticipada de las entradas. Para evitar problemas y elegir localidades de nuestro gusto. En eso solemos compartir criterio, quizás sea la fuerza de la costumbre.  En lunes final de puente y siendo una película danesa en VOS no parecía hubiese mucho riesgo de darnos de burces con el “Entradas Agotadas”, pero ya que estábamos, mejor rematar la faena.

¡Qué pereza! Tuve que levantarme del catre a por las tarjetas: la de socio de los cines que está con el lote de las poco habituales (¡eureka, esta vez estaba en su sitio!) y las de crédito y débito, por si acaso. Fui precavido y me llevé la cartera. De paso y por indicación de su madre, les mostré a nuestros hijos el tráiler. Ya que te levantas, prueba, por si acaso quisieran venir con nosotros al cine…. ¿Tú crees? Por probar no se pierde nada. Sobre todo nada pierde el que se queda en la cama, pensé, pero me lo callé. A veces, es mejor no provocar.

El niño —aún le cuadra sin forzar demasiado el concepto— me hizo ponérselo en silencio junto a la pantalla en que jugaba online al FIFA no sé cuántos con la PlayStation 4 (creo). Con un movimiento de cabeza, algo despectivo y del todo inequívoco, rechazó acompañarnos. Tablet en mano, fui al otro dormitorio, donde me tumbé junto a la niña, o la que hasta hace no tanto lo era. Estaba viendo en su móvil, el doble de caro que el mío y siete veces el de su madre, una serie en Netflix. Igual es por tanta conexión que iba lenta la red, ¿no? Y eso que hay tres surcando la casa o partes de ella. Un lío, sin epíteto, que por escrito es de mal tono. Paró la reproducción de la serie, la reinició unos segundos al ver que el tráiler no cargaba de inmediato, la volvió a parar y al minuto de tráiler: papá, da igual lo que me enseñes, no me apetece nada ir al cine. Vale. Me fui de su habitación, tablet en mano y rabo entre las piernas.

Es bonita esta edad en que los hijos van descubriendo el mundo adulto y, por encima de todo, cada uno de los defectos, limitaciones, carencias, desvaríos, necedades, errores contumaces, incapacidad para enterarse y entender, los múltiples aspectos ridículos y el ser molesto, en suma, de esos proveedores cautivos que responden al nombre de padres, torpes como nadie en el uso del Smartphone. Una especie de atávicos paletos sin remedio que jamás están al día sobre lo que es tendencia, ni miden el mundo por el número de likes y reproducciones de una fotografía o un vídeo. De algunos vídeos hasta se enteran por las noticias los muy burros. Y encima hablan raro, con un vocabulario que es a la vez inútilmente extenso y desprovisto de  la gracia de los neologismos. Los pobres ignoran expresiones de lo más básico. ¡¿En serio que no lo habías oído nunca?! ¡Pero si lo dice todo el mundo!

(Foto: Thinkstock.com)

De vuelta en la cama me puse con la compra de dos entradas, solo dos, como ambos sabíamos que sería. Mi mujer desparramaba su sopor, puede que en un lento avance hacia el sueño, abortado por mis gestiones, las cuales iba narrando y consultando, según los casos. La web de los cines, gracias a nuestra renacida afición por el séptimo arte en sala y en VOS, se ha vuelto más dócil. Ahora que la domino, que he penetrado en su lógica interna, me parece injusto haber jurado en arameo contra ella en visitas pasadas.

Redirigido a la plataforma (o como se llamen esas cosas) de compra de entradas, elegimos asiento. El acuerdo en eso se produce con facilidad. Los años de costumbre gregaria, supongo. Cliqué en falso un par de veces por el mal apoyo del dispositivo y deficiente ángulo de mi postura, pero las butaquitas acabaron cambiando de color. Le dimos una vuelta a la grave cuestión, las cambiamos, y finalmente regresamos a la primera selección. Lo siguiente, por suerte ya previsto, me pidieron el número de mi tarjeta de socio (consulta física), el DNI con letra (ese lo llevo puesto siempre en la cabeza y no hubo líos de digítos, ni de “sensibilidad” mayúsculas/minúsculas). Y sin contraseñas, ni gaitas. ¡Qué maravilla!

Luego rellené dos campos de códigos promocionales. Igual me ahorré un euro por entrada. La verdad es que no lo sé, pero cuando uno pierde un descuento se siente imbécil. Por todas partes la gente los caza y algunos, según cuenta, son bicocas dignas de sagaces y hábiles exploradores, comparables al descubrimiento de minas de oro o de diamante, logros sólo al alcance de los más avezados. En Por tanto, lograr un descuento es algo que trasciende de lo material, le sube a uno la autoestima y lo predispone para experimentar la felicidad. Los códigos los tenía en el móvil, en las entradas anteriores, y sin caducar, sólo a punto. Pero eso da igual, como pasa con las ocasiones de gol, ligar o que te toque la Primitiva. Son hechos binarios, no admiten medias tintas, sí o no, dentro, o fuera.

Con una aplicación que me descargué justo para esto, cliqué sobre una “i dentro de un círculo” y bajando, ya me lo sé, encontré la casilla de código promocional. ¡Ojo, no confundir con el localizador! Desplegar esos códigos no es tarea fácil, salvo que estés ocioso y te dé por pulsar la discreta y hasta escondida “i”. Cabe también que en un mal movimiento abras esa pestaña y, ya puestos, todo curiosón desciendas por el papiro de información. El truco, ahora llamado tip, como la pareja de Coll, me lo dio semanas atrás una taquillera-acomodadora-controladora de accesos. Hoy día todo es “multi-tasking”. Era esbelta, joven y atractiva. O a mí me lo resultó, a pesar del poco favorecedor (medio) uniforme. Lo justo para la identificación. Hay que reducir costes. El pantalón que se lo paguen ellos y así os vestís a vuestro gusto, cómodos, aunque recomendamos el color azul o negro. En la oscuridad de la sala donde los títulos de crédito descendían por la pantalla, con su rostro retroiluminado, con nuestros cuerpos y caras casi pegados para compartir la pantalla, sentí algo. Algo así como un dulce adormilamiento, de niño que admira a su maestra y, lo sepa o no, se enamora de ella o de la mujer, en general. Quién sabe, pero hubiera estirado ese tiempo. Me habría tragado un tutorial de media hora sobre mi móvil o lo que fuera.

Freno en seco las ensoñaciones; vuelta a la realidad, a la compra de las entradas. Llegó el momento del pago. En mala hora se me ocurrió preguntar. La seguridad über alles. Tuve que recargar la tarjeta de prepago conectándome con la web de mi banco y usando un código que me enviaron al móvil, después de haber consultado el saldo. Llegar a ese dato también tiene su intríngulis[2], pero gracias a dios en mi banco llevan ya tiempo sin cambiar las cosas de sitio. Un beneficio de la crisis, puede. Temo la recuperación… Aunque avisan de que la recarga puede tardar hasta dos horas (la táctica defensiva, ya se sabe) el saldo estuvo disponible ipso facto. Nueva comprobación refrescando la barra de navegación.

Finalmente, se abrió un abanico de posibilidades en el “esmarfone”. Imprimir las entradas, descargarlas en formato pass o ptk, u otra gaita similar. Las abro con una app que se llama Wallet, creo, y que me bajé justo para esto. Va bien, aunque alguna vez me la ha jugado en la cola de la sala, con el personal haciendo ver su impaciencia. Échese a un lado, por favor, te dice condescendiente con tu torpeza el miembro del staff. Debes descargarte antes las entradas virtuales para que las lea tu app y el lector infrarrojo. Ya lo he pillado. La tercera opción era imprimir las entradas con el localizador en el propio cine. Le hice una foto, prevenido que es uno… Imprimir sus entradas en los kioskos situados el hall de entrada o algo así decía el correo electrónico recibido.

Tanta gracia me hizo lo de los quioscos, puesto que son unas pequeñas máquinas situadas junto a las taquillas, como me parecía recordar, que al llegar allí me dio por imprimirlas. Recordé que el localizador era de seis caracteres al alfanuméricos, como los de los vuelos y desprecié otros dos o tres que aparecían en la entrada en la pantalla, que ya llevaba abierta, por si acaso. Ni siquiera tuve que buscar en la galería la precavida foto del localizador. Pensé en mandársela por WhatsApp, como adjunto, a mi  mujer, pero temí que el cling le hiciera abalanzarse sobre su móvil, perturbando su descanso. Me gusta el papel, qué le voy a hacer. Parece que compro más y luego aparecen en los bolsillos de abrigos o cazadoras, en ocasiones mucho después, con el título de la película, fecha, sesión y demás. Reconforta seguirse uno mismo el rastro, tratar de hacer memoria de aquella película y día. De paso, con las entradas en papel, impresas en un santiamén o pispas en “el Kiosko”, dispongo de un duplicado de los nuevos códigos promocionales.

Con práctica, sin pasos en falso, teniendo a mano Tablet, móvil y las dos tarjetas, en unos diez minutos, tal vez fueron quince entre una cosa y otra, uno se hace con sus entradas. La diminuta sala donde se proyectaba “Land of Mine. Bajo la arena” estaba a media ocupación. Tal vez gracias a las nuevas tecnologías logramos mejores entradas y evitamos una siesta que podría haber frustrado el ir al cine, por problema de horarios o la pereza subsiguiente.



Un gran adelanto poder comprar las entradas de cine por Internet, ¿no? Todo se ha vuelto asombrosamente cómodo y fácil con Internet. ¿Quién se atreve a negarlo? De hecho, es gracias a Internet que yo puedo contar esta batallita y usted leerla, si ha llegado hasta aquí o decide ahora volver arriba. Y ambos, quizás, perder nuestro tiempo en o con la red. Comprendo la lástima de mis hijos por quienes crecimos sin Internet, tablets, ni arcaicos móviles siquiera. Vivíamos medio incomunicados, necesitábamos un artilugio adicional, la cámara de fotos, y aguardar al lento y costoso revelado para lograr una ansiada imagen, buscar una cabina para llamar por teléfono e incluso algunos de entre nosotros encontrábamos placer y entretenimiento en un objeto tan ramplón y lento como es un libro. Un endiablado torrente de palabras que, para colmo, no ofrece otra posibilidad de interacción que nuestro pensamiento. 

¡Albricias, pues! ¡Tenemos Internet para simplificar y expandir nuestras vidas! Esa es otra gran línea divisoria, mayor que la era glacial o la que deslinda la prehistoria de la historia. Al menos ellos están convencidos de que así es, por no decir que lo creen a pies juntillas. Espero que mi hijo valore que más arriba dije cinco o seis, en vez de cerca de media docena. Se la tiene jurada a la unidad de cuenta de los huevos y, a su través, a su padre. Más de una docena de veces, tal vez dos o hasta tres docenas de veces me ha demostrado la criatura que no soporta que diga media docena. Son la generación más preparada y tolerante. Eso tampoco lo discute nadie, que no se lo salta un gitano, vamos.

¿Y qué decir de cuánto ha mejorado la música de los viajes en familia? Ni un minuto de aburrimiento, libres de ese sucedáneo de pasatiempo que era la pacífica y absorta contemplación del paisaje o, peor aún, de tener que conversar. No hace falta recorrerse el dial cada pocos kilómetros para sintonizar emisoras de radio, ni comprar ninguna discutible y cara cassette de gasolinera, ni desparejar los CD (la RAE no resuelve el plural) de sus logradas cajas, prodigio de resistencia. Toda la música de la humanidad, o lo más parecido a ello, al alcance de un dedo. Además, hoy en día sí se discute es por algo útil, con un fin concreto, nada de enredarse en vagas disputas conceptuales, batallas pasadas o cuestiones ajenas. Cada cuál pide, exige, su música en Spotify y el poder sobre el bluetooth. El suplicante conductor depende de la benevolencia ajena para poder oír, al fin, algo de su agrado. El silencio incluso. Benditos sean los adelantos, sobre todo sí se viaja solo, y siempre que no se distraiga uno mucho con la pantalla...






[1] Algún día buscaré la relación entre esos bocaditos de cine y los camiones cargados de flamantes automóviles que amenazan con caer sobre nosotros por carreteras y otros caminos de Dios. Más aún desde que un mejicano me dijera que su cuñado es “trailero”. Ganas me dieron de decirle que el mío se le parece, ya que es trolero profesional, pero me lo callé. Ignoraba de qué humor estaba mi santa y, fuese el que fuera, no me arriesgué a empeorarlo.

[2] ¿No les suena como cunnilingus? Sólo que como si uno estuviera buscando, así en plan inocente y descuidado, como el que no quiere la cosa, otro escondrijo, más recóndito y recoleto. No sé, igual es sólo cosa mía. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Propósitos para el nuevo año. El caso de "X".

Imagen www.gentelatina,com
New Year´s Resolutions. The case of Mr. 'X'. 
English version available at protagonize.com

Nuestro protagonista, a quien llamaré X para no traicionar la confianza que me ha demostrado al contarme cuanto sigue, había intentado de todo al cabo de los años. Una lista tan amplia que, casi sin querer, alguno de los propósitos debía cumplirse. Centrarse en un solo objetivo, ambicioso, pero que lo estimulara de veras. Definir con máximo detalle un plan de acción, desmenuzarlo en etapas, secciones y apartados, llevar un registro pormenorizado de las tareas ejecutadas, y de los progresos... En unas plantillas, que imprimía cada semana, iba tachando con placer lo conseguido y marcaba con fluorescentes lo pendiente de conseguir. Usaba tres colores diferentes en función del plazo. Rosa —es una putada, pero no existen los fluorescentes rojos, recuerdo que me dijo— para el corto plazo, azul para el medio y verde para el largo plazo. La carga administrativa lo aplastó y el abandono progresivo de la faceta formal, que devino al menos tan importante como la sustantiva, anticipó y acrecentó en X la sensación de fracaso. Antes de la primavera ya se había rendido.

Al año siguiente X cambió por completo de estrategia. Cogió un par de periódicos viejos que aún había por casa, buscó la sección con el horóscopo e imitó a conciencia su estilo. Fue inútil. A la hora de la verdad se sintió deshojando una margarita cuyo número de hojas resultaba impar (conseguido) o par (no conseguido) en paralelo a las fluctuaciones de su estado de ánimo. A menudo ni siquiera podía recordar, con una concreción digna de molestarse en comprobar los resultados, lo que se había propuesto. Todo eran dudas.

Pasaban los años y “X” continuaba fumando, había semanas, meses enteros incluso, en que no pisaba el gimnasio, como mucho tenía el mismo nivel de inglés, le seguían sobrando unos kilos y faltando músculo, y no lograba sacar tiempo para leer todos los días. Entre otras cosas, pues muchas noches se acostaba tan tarde que ni se cepillaba los dientes, se repetían los torbellinos de las discusiones de pareja a causa de minucias, no era raro que en su cocina oliese a basura añeja y al perro le seguían faltando paseos.

Tras darle infinidad de vueltas, X sintió que había dado con la solución. Tan claro estaba y era tan sencillo que se asombró de no haberlo descubierto antes. Los chinos no sólo se habían hecho los amos del sistema capitalista. Del lejano Oriente provenía, además, una sabiduría muy superior, tal vez ahora destinada de forma principal a la exportación. El secreto de la felicidad radicaba en no desear nada, en un manso aquietarse con los hechos y circunstancias. Lo que quiera que ocurriese, pasaba porque tenía que pasar y debía ser aceptado sin sufrimiento alguno.

Para el año nuevo se propuso no proponerse nada. Esta vez lo lograría. Era muy fácil, aunque no pudo evitar pensar en la aporía: el que se propone no proponerse nada ya se ha propuesto algo. Pero se esforzó en desechar su entorno cultural, tan lastrado por inútiles formalidades, como la lógica o las patentes. En los instantes previos al cambio de año cerró los ojos y, con notable empeño, trató de dejar su mente en blanco. Vacío, puro presente. Ni balance del año a punto de acabar, ni anticipación del que va a comenzar. Lo que fue y lo por venir son ilusiones, trampas de la mente. Sólo el presente existe. Enseguida se dio cuenta de que había sido el mayor de sus fracasos. Apenas había comenzado el nuevo año y X ya había incumplido su propósito.

domingo, 2 de octubre de 2016

Sudar de alguien o los ciclos


Imagen tomada de www.mujerpresente.com

Otoño y jerga juvenil (sudar de alguien).  La confluencia – con permiso de Mr Iglesias, alias Sor Passo‑ de forzosa inactividad laboral y mi inclinación personal por eso que los italianos llaman con su lengua musical il dolce far niente me tienen apegado a la observación de mi entorno más inmediato: el mundo que se abarca desde el balcón de mi casa.

Entregado a tan suave como melancólico deporte, observo cómo el otoño va cambiando la incidencia del sol, el adelantamiento veloz del crepúsculo, las crujientes hojas ocres de los plátanos cayendo sobre una pradera inclinada, las oleadas del viento que las cambia de sitio y la ingente tarea del jardinero, de tez muy curtida, por su raza, andina, y por su oficio, recogiéndolas día tras día. No se ha ido aún a otra labor cuando los guasones plátanos ya le han jugado la pasada de soltar unas cuantas hojas más, que motean el verde de la pradera en talud que bordea el recinto de la piscina. La piscina en la que el agua va adquiriendo una tonalidad más y más verdosa, afeada por una hilera de aparatosos bidones rojos, yacentes como náufragos de vientres hinchados por el agua que los ahogó. Unos bidones dispuestos, supongo, para que la congelación del agua, en lo más crudo del invierno, no presione y resquebraje, como un traje estrecho en un cuerpo engordado, el vaso de la piscina. O tal vez lo sé porque me lo contó algún día un vecino o el portero, quien fuera, en todo caso un hombre de esos de sabiduría práctica, capaces de ponerles las cadenas a las ruedas en la oscuridad y en medio de una nevada con una especie de innata facilidad o de escoger la mejor oferta de telefonía, tareas ambas que superan con creces mis muy limitadas capacidades.

Me imagino al hielo ejerciendo una presión expansiva desde dentro del vaso de la piscina, como al increíble Hulk, alias la Masa, cuando se disponía a entrar en acción, tornándose verde de su ira justiciera, su ropa haciéndose jirones ante el empuje incontenible de su musculatura de culturista, unos músculos de quita y pon o de geometría variable. Si los primeros días sin depuración el agua son aún soleados dan ganas de saltar la valla y darse un último baño. A la semana el agua deja de invitar. Hoy, dos semanas después, el agua es de un verde caza, como de estanque, que haría repulsiva una simple caída accidental. Hay rachas de viento que arrancan los delicados pétalos de mi geranio y me pregunto si habrá un nuevo florecimiento o si esas hojas no volverán a brotar hasta la primavera. Las plantas de mi balcón crecen ya más lentamente y hay que regarlas menos. Cada otoño igual, per secula seculorum.

Otro “eterno”, si bien de toda estación del año, es la jerga juvenil, las vueltas que los jóvenes le dan al lenguaje para lograr algunas expresiones propias, formas de hablar que refuerzan su identidad grupal y un apartamiento o diferenciación de niños y mayores. Gustarán más o menos, pero han sido siempre una muestra de creatividad y, a su lado, los modismos de los adultos y, más aún, las jergas o argots profesionales, por poner un par de ejemplos, son rígidos, pretenciosos y grandilocuentes. Me vienen a la mente los horripilantes “recepcionar una mercancía” o “aperturar una cuenta”. Del verbo recibir nació el sustantivo recepción y éste parió la horrible criatura “recepcionar”, cuyo vástago me temo sea al cabo de un tiempo “recepcionamiento”. Prefiero no pensar en la fisonomía de las futuras descendencias, sino en una afortunada vuelta al sencillo, eficaz y hasta eufónico, por comparación, recibir. El mismo camino siguió abrir, del que surgió el sustantivo apertura. Luego debió llegar alguien al que le parecería que elevaba la dignidad de una cuenta corriente o de cualquier tipo de cuenta, depósito o imposición añadiendo una distinguida erre. Aperturar, ¡toma ya!
-        ¿Tiene la documentación pertinente para que procedamos a aperturarle su cuenta de valores, don Matías?
-        Sí, sí, aquí la tengo, y proceda, proceda, Vd., don José Alberto, que tengo bastante prisa.

La última novedad del lenguaje juvenil con que me he topado es sudar de alguien. Paula suda de mí o yo sudo de Nacho. Es todo un fenómeno léxico, una verdadera pirueta. En un principio fue el tan rotundo y malsonante como extendido me suda la polla que, como todo el mundo sabe, es la forma fuerte de los ya rancios me importa un comino, un pimiento o un bledo. La pura insignificancia, la desconsideración total, cuya otra variante extendida es el (algo o alguien) me importa una mierda, la cual convive con la formulación negativa: no me importa (o importas) una mierda, más natural a nuestro idioma. Y es que de por sí, estas expresiones afirmativas para negar se apartan de la pauta general de la lengua castellana y presentan un cierto aire afrancesado.

Volviendo a las sudoraciones, el decoro, las buenas maneras, la buena educación —la hipocresía, dirán otros y tal vez todos estén lo cierto y no sean más que modos de mirar y, por ende, de nombrar un mismo hecho— impusieron una elipsis, el uso del pronombre personal, de forma que se evitara la mención expresa al miembro viril en la variante femenina del pollo. De ahí surgió el a diario escuchado (o pronunciado): me la suda(1). Además, el empleo del  pronombre facilita su uso indistinto por hombres y mujeres, aunque no pocas mujeres carecen de reparo alguno en negarse, por ejemplo, a realizar algo con el espontáneo exabrupto no me sale de los cojones, dejando las ausencias anatómicas aparte. 

Pues bien, los adolescentes han hecho transitivo el verbo antes reflexivo y lo aplican, al menos en el uso que yo he conocido muy recientemente (2), a las personas, en la forma que aparece en el título. Así,   pasar de alguien, esto es, ignorarlo, no estar interesado en su compañía, opiniones, participación, futuro devenir, en su suerte o lo que fuere, se dice ahora sudar de alguien. Y una joven puede quejarse a otra así: ¡jo, tía cómo sudas de mí! O, en un momento de arrebato o arranque de sinceridad, un chaval soltarle a otro: ¿Sabes que te digo, colega? ¡Que sudo de ti!


El tiempo dirá si estas nuevas formas léxicas de transpirar se evaporan y no trascienden del léxico juvenil o si, por el contrario, se quedan adheridas a las ropas e incorporan de forma estable a nuestra lengua, extendiéndose entre los hablantes de más edad. En principio, me inclino a creer que es una creación demasiado rebuscada, algo extraña a los mecanismos usuales de formación de expresiones y que será algo efímera y de difusión limitada; pero éxitos más raros se han visto. Ahí tenemos los triunfales sí o sí o la reciente proliferación de un viejo representante del énfasis tautológico o la cabezonería: no es no.


1. loc. verb. malson. Esp. Serle completamente indiferenteMe la suda cualquierproblema suyo.
(2) Aunque ya en 2010 había quién se preguntaba como traducir esta expresión al inglés, si bien la mayoría decían desconocerla por completo.

martes, 20 de septiembre de 2016

Asincronías vitales o Mi perro y yo

 
Imagen (latam.discoverymujer.com)

Hace tan sólo unos días veía a unos abuelos jugando, algo melifluos y consentidores, con sus nietos en la piscina. El abuelo, con toda la paciencia del mundo, enseñaba a su nieto a nadar. No recuerdo los nombres de los niños. Era contemporáneos, extraños a nuestras tradiciones, elegidos, se diría, por pura eufonía. Habrán pasado tan sólo dos semanas desde aquello, pero esos días parecen ahora muy lejanos con la llegada de algo de fresco, las primeras hojas marchitas cubriendo parques y praderas, la vuelta al cole con su lastre de libros dispuestos a destrozar espaldas de por vida, la depresión post-vacacional, los fascículos (¿o eso ya no se lleva?), los buenos propósitos de reservarse un tiempo cada día para la calma y el placer, y todos los demás aderezos de la parafernalia propia de estae periodo del año.

La cuestión es que viendo a los abuelos, prejubilados, con tiempo, energía y paciencia para jugar con sus nietos, mientras sus hijos trabajan duramente, seguro, me dio por pensar en todas esas cosas que la vida parece colocar en un tiempo inapropiado. Sesentones calvos y gordos, de vista y reflejos en retroceso, conduciendo potentes coches deportivos; mujeres divorciadas, de carnes algo marchitas, por entero dispuestas para el romance o el puro rollo, un aquí te pillo, aquí te mato como no lo estuvieron cuando les sobraban las ofertas o vestidas como lobas cuando a los veinte años vestían tirando a monjiles y se cerraban en banda a todo eso; sus iguales en versión masculina, acodados en una barra, con sueño en la alta madrugada y pose de creerse irresistibles para chicas que tienen una edad mucho más cercana a la de sus hijas; niños que entre clases, actividades extra-escolares y deberes suman jornadas extenuantes de 10 ó 12 horas de trabajo; estudiantes con mucho tiempo, materias que estudiar y nula curiosidad por el saber; chavales pletóricos de energía y vigor físico que se pasan los días inmersos en el más puro sedentarismo ante toda clase de pantallas; hombres maduros que sudan la gota gorda haciendo "running" (lo que antes fue "footing", luego "jogging" y podría dejarse por siempre en el simple y más español correr) o yo mismo, en casa y sin trabajo, en una edad supuestamente muy productiva, con una experiencia considerable detrás, titulación, idiomas y demás zarandajas que “poner en valor”…

Todos se van a sus ocupaciones y yo me quedo con el perro, con Tom, nuestro cariñoso cachorro de bichón maltés. Miro a Tom y pienso que nuestras vidas son parecidas. A los dos nos alimentan otros y tenemos más bien poco que hacer. Se cierra la puerta según van saliendo ocupantes camino del trabajo, el colegio, el instituto, y la casa se va quedando más y más triste. Él se pone a mi lado, cuando busco trabajo o malgasto mi tiempo en el ordenador, y nos miramos con aire de tristeza compartida. Los dos buscamos los rayos del benigno sol del otoño en la terraza, extintas ya las estridencias solares del verano, aunque él sea abstemio y yo me tome una cerveza o una copa de vino (o dos). Asiste con interés a cómo cuido las plantas y nos damos el gusto de poder bajar al parque a las doce o la una. Corremos ambos por la hierba, aunque él salta y se revuelca mucho más. Y yo adoro esos despliegues de energía en que se lanza al galope y sus fintas de hábil delantero. Son unos instantes de felicidad elemental, prístina: atravesar el sol, la sombra de los árboles, jugar al escondite entre los arbustos, el frescor de la hierba, hurgar entre las piñas buscando piñones o sentir la brisa que mece y templa el aire. Algún día hasta hemos hecho pis Tom y yo en el parque, aunque yo busco lugares más discretos. A los dos nos da más o menos lo mismo es que sea lunes o viernes. Si nos afecta, es por los otros. El sábado y el domingo los demás no se van o nos vamos todos juntos de casa.

No es de extrañar que sienta que desde que se acabaron las vacaciones va surgiendo una singular complicidad entre Tom y yo: los dos que más horas pasan en casa. Los dos que ven con tristeza, con algún alivio esporádico, marcharse a los demás, que reciben con alegría, como una promesa del fin inminente de la atonía y el aburrimiento, su llegada, los dos que acuden a la puerta a recibirlos con emoción y esperanzas de animación, que no siempre se cumplen. Por las mañanas Tom dormita y yo navego por la red en busca de trabajo o entretenimiento diverso y sin rumbo predeterminado. En las sobremesas me tumbo a leer y Tom se viene a la vera de mi cama. Pienso que le molestan los sonidos hirientes que expele el televisor, por el que siente el mismo desinterés que yo. También nos iguala que no soy en puridad su amo. Tom es tan consciente como yo de que lo es mi hija. Nuestra relación es más bien la de dos compañeros o socios.

Ahora me genera culpabilidad que hace tan sólo tres semanas, al poco de que llegara a casa, un poco harto de limpiar cacas y pises, de tener que salir de paseo forzoso, me preguntara para qué sirve un perro en un piso. Un perro que no guarda una casa solitaria, que no se usa para la caza o cuidar del ganado, ni nada parecido. Pero eso me lleva a interrogarme: ¿para qué sirvo yo? Hago ruido, compañía, entretengo, como con evidente gusto lo que me dan y paseo a Tom. ¿O es Tom el que me saca de paseo a mí? Termino esto y voy a ver qué hace Tom. Se cansa de mi quietud y escasas atenciones cuando me siento ante el ordenador. También ahora en esta tarde de septiembre, con nuestras enjutas agendas respectivas, volvemos a ser los únicos, solitarios y silenciosos, ocupantes de la casa.



viernes, 3 de junio de 2016

El bucle (proyecto de cuento)

Foto: revistavanityfair.es
(A la primera y un nombre que ni pintado :)) ).


Desde hace semanas me asalta esporádicamente la idea de un cuento. Un hombre que cree que se está volviendo loco y, tanto va aumentando su convicción, que acaba por estarlo. O medio loco, al menos.

Lo que despierta su sospecha y acaba por atormentarlo, día tras día, es que enciende la televisión, pone las noticias, cambia de los informativos de un canal a los de otro, y hay grandes fragmentos de los noticiarios que se repiten sin fin. Observa cambios en la programación de las cadenas de televisión en cuanto a la ficción: nuevos episodios de viejas series, alguna nueva, películas que hacía tiempo no veía, alguna que otra que no ha visto nunca. Al igual que los casos de corrupción, las retransmisiones deportivas se parecen mucho, las finales de las mismas competiciones, fútbol casi en exclusiva, un puñado de equipos que se repiten en ellas. Pero cambia la combinatoria, al menos, y en los equipos que repiten como finalistas hay jugadores o entrenadores nuevos. Hoy roba uno o muchos del PP, mañana del PSOE, al otro es o son de CiU. De nuevo, el PP. ¿Ves? ¡Tú más! Esas variaciones o alternancias, al menos, de corruptos, de equipos, junto con algunas otras que detecta en los informativos, las relaciona con sus períodos lúcidos. Desconfía progresivamente de la realidad de aquello que se repite al pie de la letra en las noticias, lo atribuye con una convicción creciente a una falsa percepción, una creación de su imaginación, el delirio, la locura.

Lo que ha minado su equilibrio, lo que paulatinamente le ha ido haciendo creer que se ha vuelto loco, es ver a esos cuatro hombres reclamando el voto, el poder, para sí, con unos pocos y mismos argumentos, un día sí y al otro también. Y un mes y otro mes, ya no sabe cuántos, como en un bucle que se repite y repite incesante, un tiempo detenido, un argumento machacón, tortura mediante la gota malaya, atrapado en las profundidades abisales del aburrimiento, abandonada toda esperanza no ya en que tenga fin, sino siquiera variación. Cadena perpetua.

Un hombre alto, maduro, de barbas algo canas, fan de la tautología, con unas gafas de esas que afean la mirada y por extensión el rostro. Agrandan desmesuradamente los ojos, hasta que ocupan todo el cristal, igual que una lupa. Apela cotidianamente a la seriedad y la experiencia, a la seguridad de lo conocido y probado, frente al riesgo de lo que no se conoce, ni ha sido sometido jamás a prueba. Los experimentos con gaseosa— se le ha oído decir. Está pegado con Loctite a la poltrona, tal vez fue por eso que se pasó tres años sin moverse de ella. Y también está feliz con la prórroga, dentro y fuera del partido. Gallego como Cela, en nada cree más que en aquello de que “resistir es vencer”, como Cela. Tiende a lo grave. Y es normal. Por efecto de la gravedad (de la crisis) acabó cayendo hasta alguien tan liviano como ZP. Y allí estaba él, esperando a recoger la manzana, sujetando la silla del partido con la fuerza de Hércules, el de la torre coruñesa. No finta, no baila en el cuadrilátero, ni suelta apenas golpes demoledores, pero es un púgil casi imposible de tumbar. En su tierra, donde como en cualquiera otra nadie es profeta, recibió sin moverse un puñetazo a traición de un pirado, un primo, también político y lejano. Es un hombre muy capacitado, capaz de aburrir a las ovejas. Está curtido en mil batallas y se diría que ejerce con desgana, pero, quién sabe por qué, no se le pasa por la cabeza dejarlo. Será la fuerza del hábito, el animal que somos de costumbres, la erótica del poder, más aún para quien va justo de erotismo, al menos visto en la distancia. O el orgullo, el amor propio y eso que al loco lo que más le gusta de este personaje de su imaginación es que no parece gustarse en exceso, ni tiene una idea desmesurada de lo que puede el poder. Más bien se queda corto de fe y, en consecuencia, de acción. Tal vez sea su constante pelea con Aznar, la emulación, la comparación, ser reelegido como él y revertir la situación económica, lo que más alimente íntimamente su resistencia. 

Nuestro loco hemisférico cree que alguien le contó que un publicista propuso el eslogan “imaginación al poder”. Hubo risas reflejas en el comité electoral. Hasta el hombre alto de barba acabó por reírse, un poco. “Que pase el siguiente”, fue lo último que oyó aquel publicista cachondo. Como nada es casual en ese mundo, el hombre alto de la barba aparece cada vez más a menudo corriendo o caminando, deprisa, desde temprano. Hay que contrarrestar la tacha del estatismo, el sedentarismo, desfigurar todo rastro de pasividad, lentitud o pesadez y, de paso, disimular los años, sin renunciar a la baza de la experiencia.

Otro personaje recurrente, también muy alto, más joven, el más apuesto, de perenne sonrisa y manos gesticulantes de manual, se esfuerza en que todas sepan que jugó al baloncesto. Un tipo de como de anuncio, que se diría ha de reprimir un fondo de chulería, así como de mucho mirarse en el espejo y gustarse otro tanto, de dedicar un minuto a pensar lo que dice y nueve a ensayar cómo decirlo. Invoca el cambio, el progresismo. Tiene tal dominio de la técnica de la venta que acaba generando recelos en muchos compradores y eso que vende una marca muy conocida. Durante un tiempo alargó el bucle con una subtrama, una representación teatral que le dio horas en prime time y, sobre todo, le aseguró el papel protagonista en la secuela. Los aspirantes al papel estelar, crecidos por la mala taquilla de la primera parte, acabaron por dar un paso atrás, pensaron que es mejor aguardar al fracaso confirmado. Había, además, muy poco tiempo para hacerse con el papel. Vale, Pedroooo, tú serás de nuevo el protagonista. Tal vez porque lo nota bisoño, o porque cuesta mucho no salir en los papeles o porque, como el loco, piensa que este guirigay es insufrible y peligroso, Felipe lo ha apadrinado y, de tanto en tanto, le indica el camino con su dedo de Pantocrátor.

El hombre del cuento que quiero escribir ve también en la tele a otro tipo, otro pedigüeño del voto. Unas veces habla bajito, contenido, con modos blandos, de cura post-conciliar.  Otras, brama y acusa con la vehemencia de un profeta o de un dios iracundo encarnado en hombre. Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Eso, el color morado, la barba algo rala, la coleta, sus ropas sencillas y su pelea contra la riqueza le recuerdan a Cristo siempre que lo ve. Aduce la desigualdad, el cambio, los nuevos tiempos, la necesidad del fin de la casta, a la que él, da por descontado, no pertenece, ni pertenecerá jamás. Él parte de que es distinto y, por supuesto, mejor que todos los demás en todo. Es o era profesor y se le nota que le cuesta dejar de dar lecciones. En lo físico tiende un poco a contrahecho, cargado de espaldas, a alumno poco amigo de la clase de gimnasia. Pero como se cree tan listo y lo sacan tanto en la tele va sobrado de autoestima. Es ateo, como el loco del cuento, pero el personaje de sus sueños repetitivos cree en muchos dogmas. Por ejemplo, sostiene su inmaculada concepción, aun cuando es fruto del pecado. Un sedicente demócrata que asesoró a quienes no lo son y que le retribuyeron el favor a través una dudosa fundación. Un temilla "chungo". Aparte de los peculiares clientes a los que sirvió, pululan las incompatibilidades de los funcionarios o asimilados y la tributación de ingresos profesionales, un extra, como propios de una fundación.

El loco del cuento ha sentido como un suplicio cada texto del nuevo Mesías. Pero sería porque el solo hecho de ver su nombre en letras de imprenta lo alteró. Lo suyo, se dijo, son los platós, juntando letras oscila entre el cuento infantil y los peores vicios de la literatura pseudocientífica. Las epístolas de Pablo, Pablito, Pablete son como para acordarse de la famosa rima de Albacete. Con la pluma, al menos, al loco, capaz de imaginar artículos enteros, le gustó más su antaño buen escudero, un tal Errejón, el revolucionario con pinta de miembro numerario del Opus Dei. ¡El loco imagina cada cosa! La revolución o algo parecido. Los precursores, la avanzadilla de una era nueva, los trazadores de una raya en el tiempo, un antes y un después: el fin del capitalismo. Hay tanto superfluo. Las libertades son formales, engañifas, sin sustancia. En el tiempo de las libertades reales, la prensa y la judicatura deben estar al servicio de la gran transformación, del gran líder que ha venido a salvarnos del desastre inminente. 

El loco del cuento desconfía. Barrunta la igualdad como reparto (desigual) de la pobreza, autoritarismo y aún recuerda —reír, se dice, le hace bien—aquella rueda de prensa en que se detallaban cargos y un comisariado político. De Venezuela, si acaso, el loco se queda con las telenovelas. De Bolivia, no sabe con qué, tal vez con los trajes regionales de Evo y aquel rodillazo que le propinó a un rival, con el juego parado, en un partido de fútbol. Pura nobleza indígena. El hombre blanco, en particular éste, no le parece mejor que su amigo transatlántico. Pero, claro, es la opinión de un loco. El loco, eso sí, sabe que pedir nobleza en la política, a los políticos, es pedir peras al olmo. Mantiene algún nexo con la cordura.  

Hay un cuarto hombre del bucle imaginario, la otra carta adicional de la nueva baraja. Un tipo imberbe, o impecablemente rasurado, o ambas cosas a la vez. Al enloquecido del cuento le recuerda las estampas de Santo Domingo Savio y el zumo de naranja. El hombre fresco, sin barba, sin pelo en el cuerpo, como el pez, como el nadador que fue, recita eslóganes, entre publicitarios y de temario sucinto de escuela de negocios, con una vocecita que presagia un gallo inminente, pero logra evitarlo. También invoca el cambio, la regeneración, la capacidad de entendimiento, el centro. Es una pura incógnita, una mercancía sin clasificar cuya publicidad se basa en aspectos secundarios del producto que, supuestamente, lo hacen muy distinto de los demás y deseable. Al igual que cierto banco que se decía fresco -como si no lo fueran todos-, opta por el naranja. Nuestro hombre, en su creciente desorientación, ignora si ese partido es su banco y cada día el de más gente.

El protagonista del cuento que algún día tal vez escriba cree que lleva viendo esas mismas secuencias de imágenes y palabras, los mismos cuatro personajes que se repiten y repiten, la misma demanda conminatoria —¡Vótame!¡Yo soy la solución!—, la misma aspiración —el poder—, desde hace por lo menos un año y medio. Está seguro de que vino el calor y ya estaban ellos en la televisión con su letanía adormecedora. Se acortaron los días, bajaron las temperaturas, llovió, abundó el viento, y allí seguían ellos con la misma letárgica salmodia. Fue ahí cuando ya empezó a tomar más en serio los síntomas.

Retornó el calor, la terraza se le llenó de polen, redujo las horas de televisión, se apuntó a un gimnasio, salió más a la calle, todo con la intención primordial de olvidarse del tema, de perder de vista a estos personajes de su imaginación que se le aparecían también en internet y los fines de semana en la prensa. Decidió aislarse. Notó mejoría. Logró olvidarlos un poco, aunque en los cambios de emisora musical en la radio del coche, entre los bramidos y chisporroteos de las ondas hertzianas, le pareció más de una vez escuchar sus voces o que otros hablaban de ellos, con un énfasis de relevancia e interés que le resultó incomprensible, un puro delirio.

Animado por esa mejoría, deseoso de haberse curado, toma un día el mando a distancia, apunta al televisor, con gesto grave, como de Presidente del Gobierno, en funciones o con mandato en vigor, meditando si pulsa o no el botón de encendido. Se siente apesadumbrado por la responsabilidad, atenazado, lo invade el temor del resultado adverso de la prueba, la reaparición de sus vívidas imaginaciones recurrentes, la vuelta del bucle. Se diría que presionando el botoncito fuese a lanzar un misil de cabeza nuclear. Se arma de valor, su rostro se tensa, cierra los ojos a la vez que aprieta el botón, los abre de nuevo… Se quiere morir, se deja caer con estrépito sobre el sofá, se hunde en el asiento, anula el sonido, resopla con desesperación, mira el techo buscando el blanco en su mente, deja pasar un rato.

Vuelve a mirar la pantalla. Observa con alivio que ya no se le aparecen ninguno de los cuatro, se le destensa el rostro, se le aclara la mirada, le brota un principio de sonrisa. Se atreve a reactivar el sonido, con un grado de disfrute por algo tan sencillo que jamás pudo imaginar, asiste con alegría a noticias de huracanes, terremotos, hambrunas, accidentes. Lo siente por esa pobre gente, cuya pena se archiva en un tranquilizador nombre abstracto “damnificados”. Se siente cruel al recibir con alivio noticias de asesinatos, pero esa es la verdad. Todo eso, lo malo, lo destinado a inquietar, a causar miedo y espanto le hace ahora feliz, una tregua en sus imaginaciones obsesivas. Se siente cuerdo, en vías de curación, al dejar de ver a las cuatro criaturas que lo perseguían en su imaginación.

Mas de pronto la presentadora dice un nombre, cree no haberla entendido bien porque daba por desaparecido a éste, extinguido o borrado, al menos, de sus recurrentes imaginaciones. Aunque en verdad fue precisamente con él con quien comenzaron años atrás los primeros bucles, las repeticiones, sus fantasías cíclicas de demente que cree estar viendo en las noticias de la tele, día tras día, las mismas personas pronunciando las mismas frases, pidiendo lo mismo y usando unos mismos pretendidos argumentos. Pero… ¡horror!, sí, es él.

Contrario a su costumbre, esta vez no lleva corbata, pero tiene la misma mandíbula cuadrada de gánster, el gesto tenso, crispado, la sonrisa autoimpuesta del adiestrado y disciplinado vendedor que pone buena cara, aunque no trague al cliente. Luce, eso sí, su eterno tupé, marca de la casa, bajo sospecha de secado minucioso, venga aire caliente, la presunción de la raya trazada con esmero ante el espejo, con ojo atento, del olor a laca, mucha laca, rociada sin miramiento en el gasto, hasta hacer irrespirable el baño de su dormitorio o del hotel de turno. Le asoma una chulería en el lenguaje corporal que sus palabras, ni aun cuando transitan por la pena y el lamento, logran siquiera atenuar. Se presiente un matonismo violento que aparecerá en cuanto se vea liberado del disimulo, un tipo de esos que, sin testigos, lo resolverían todo de forma expedita, con dos hostias bien dadas. Aunque tenga aspecto de vivir, de haber vivido, siempre muy bien, habla con la exigencia del agraviado, de quien sufre una evidente injusticia. Posa y ejerce de maltratado, vejado, titular de una vieja deuda que ha de ser pagada, resarcida, un daño, un oprobio tan grande, tan añejo, que es de imposible reparación. Y lo será por siempre. A lo sumo cabrá un remedo de arreglo, un paliativo, la aminoración de un desequilibrio perpetuo.

Oyéndolo, se diría que todo catalán nace hoy, al igual que ayer y desde tiempo inmemorial, con un derecho de crédito frente a España. Un derecho contable y moral. Ese Estado maléfico, mugriento y decadente, fuente de todos los males, al que le niega la condición de nación. Justo lo que, sin embargo, sostiene es indudablemente Cataluña. España es una invención, una mezcla espuria, un imposible, un revoltijo de elementos incompatibles, un puro artificio, un error histórico. Es quien esquilma, es un abuso financiero, un freno al desarrollo, un lastre, una de esas personas que ni comen, ni dejan comer, el aguafiestas envidioso que impide la utopía de Arcadia. El 3 por 100 en los contratos públicos y el latrocinio organizado y sistemático del clan Pujol —gente que vela por la famiglia— son… No se sabe qué son. Se diría que no existen, que no han ocurrido. Mejor omitir todo eso, pasarlo por alto en cuanto amaina el viento. No se le debe hacer el juego al enemigo ancestral, esos tipejos mesetarios que a todo le sacan punta. Cosillas menores, intrascendentes, sin enjundia, peccata minuta. Que el asunto muera discretamente, en la trastienda de la botiga, que el tiempo desactive esas bombas, que la actualidad lo tape todo con una manta, el olvido. Convergencia, Independencia, Referéndum.

Martirio… Nuestro hombre se hunde de nuevo en su sofá, la muerte se le prefigura un placentero descanso frente al sufrimiento de la existencia. Se marea cuando cree haber recibido en su buzón, otra vez, una papeleta del censo electoral. No hay mejoría, sino agravamiento de su mal. Su juicio es concluyente: él lo ha perdido. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Hablemos del amanecer (relato breve)



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                                                 Hablemos del amanecer

—Qué día tan bonito hace hoy, ¿verdad? —preguntó Elena, reparando a la vez en lo luminosa que resultaba hoy la sala, inundada por la luz, que se filtraba a través de las dos hileras horizontales en lo alto. La blancura de las paredes, de las sillas, dispuestas en círculo, y la de su propia bata resaltaban la claridad.

Cada año llevaba peor el calor, pero salir de casa cuando ya era de día le hacía comenzar la jornada con mejor ánimo. Menuda diferencia, además, al salir del coche en el aparcamiento exterior. Hasta bien entrada la primavera, recibía como una bofetada el primer contacto. Hoy había sentido la caricia de la brisa matinal. Tal vez por ello decidió empezar hablando del amanecer, un tema neutro, nada conflictivo, un calentamiento para animar la participación de todo el grupo. 

— ¿Quién se anima a decirme qué le parece el amanecer? —lanzó la pregunta, aunque de sobra sabía que la primera respuesta provendría de Andrés y que se valdría del catecismo para ir pensándose la respuesta.

—A mí el amanecer me parece… el inicio, el principio de algo, de todo, del día, sobre todo.

—¡Bravo! ¡Brillante, Andrés, como siempre! El amanecer es el principio del día. ¡Toma ya!—exclamó Fernando, siempre dispuesto al sarcasmo.

—¡Cállate ya la boca, listillo! —le gritó Jacinto, un robusto ex-policía nacional, de rostro sanguíneo, como su temperamento. Lo que el juez calificó, con cierta laxitud, como “trastorno grave del control de impulsos” se saldó con la fractura del tabique nasal, la mandíbula y tres costillas de un detenido, y su inhabilitación profesional. Tuvo suerte de que no lo mandaran a prisión, sino al centro psiquiátrico en el que ahora disfrutaba de régimen abierto.

La doctora Elena Garmendia iba a poner paz cuando de la silla situada a las tres, surgió una voz de mujer, muy tenue. —El amanecer es el alivio, la salvación. Las sombras y los ruidos paran de asustarme. Se van los monstruos de la noche y, por fin, puedo dormir un rato.

—Los monstruos de la noche… ¡Hoy vamos fuerte! ¡Venga, ¿quién da más?! —Fernando, ex-profesor de filosofía en un instituto —¡¿quién si no?!—, volvió a tirar de sarcasmo.

—Fernando, por favor, respeta a los demás. Si quieres, danos tu opinión, pero ahórrate tus burlas cada vez que interviene alguien.

Esta vez tuvo que pararle los pies. Su actitud amenazaba con arruinar la sesión de terapia de grupo, de volverla contraproducente incluso. Fernando puso cara de circunstancias, se encogió de hombros, abrió ambas manos como un predicador contrito y resopló, armándose teatralmente de una paciencia condescendiente con la inferioridad.

—Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos. —El afilado silencio que se acababa de hacer fue interrumpido por Mateo, el más viejo del grupo.— La del del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Eso es para mí el amanecer.

Tras el largo punto y seguido la estentórea declamación fue reemplazada por un habla morosa y apenas audible, al mismo tiempo que se bajaba de la silla y se sentaba. Se diría que en vez de uno solo hombre, hubieran hablado dos y muy distintos.

A la doctora Garmendia, cuyo interés clínico por el Quijote se le había reavivado año y medio atrás a causa de Mateo, cada día le gustaba más esa lectura. Le reconciliaba con una idea lúdica y optimista de la existencia. Leer cada noche alguna andanza del Ingenioso Hidalgo se le había vuelto un hábito imprescindible. Compensaba así el pragmatismo rasante, la aridez y el pesimismo que impregnaba los artículos de las revistas de psiquiatría que seguía.

—¡Pero qué panda de tarados, dios! ¡Éste recitando el Quijote todo el santo día, se hable de lo que se hable! — gritó Fernando, en un tono de voz muy fuerte, demasiado fuerte. Al menos, para Jacinto. 

Unos pacientes gritaban, otros reían, algunos salieron de la sala en estampida. La doctora se levantó rápidamente de su silla, pero nada pudo hacer. Las piernas de Jacinto y sus puños fueron más veloces. Fernando parecía un pelele ante la fuerza y la furia del ex-policía. Tras derribarlo, le alzaba la mitad superior con la mano izquierda, que apresaba su polo negro, y le asestaba puñetazos en la cara con la derecha. La doctora corrió a llamar a los celadores, que ya llegaban, alarmados por la algarabía, que contagió al resto de los internos. Hasta que no vinieron otros dos celadores más fue imposible reducir a Jacinto. Cuando llegó el quinto se le aplicó de inmediato el pomposo “protocolo de contención con medios mecánicos”. La doctora Garmendia pidió que lo liberaran de la sujeción tan pronto salió de los efectos de la sedación por inhalación, aunque determinó su vuelta al régimen cerrado.



Pese al parasol, el interior de su coche era una sauna a esas horas. Sabía que carecía de fundamento, pero no pudo evitar la idea de que el amanecer había sido una mala elección. Puso el aire acondicionado a máxima potencia y encendió la radio.  En la emisora sintonizada por la mañana atronaba la voz de Bruce Springsteen, “The Rising”.  En la siguiente, una voz débil y aguda, que le costó reconocer como de hombre, apenas se imponía sobre los arreglos musicales. Acabó entendiendo esa palabra que tanto se repetía: “Sunrise”. En el tercer intento la locutora avanzó con una desenvoltura estereotipada el siguiente temazo: “Hasta el amanecer”, de Nic... A cualquier  paciente le habría dicho que era una casualidad muy razonable, debida a la atención selectiva. Elena apagó de inmediato la radio. El coche se enfriaba con morosidad, décima a décima. El verano era insufrible. La luz temprana y el frescor del amanecer eran unas compensaciones mínimas, tan breves y débiles que resultaban inútiles como paliativos frente al calor, que cada año llevaba peor.