martes, 20 de septiembre de 2016

Asincronías vitales o Mi perro y yo

 
Imagen (latam.discoverymujer.com)

Hace tan sólo unos días veía a unos abuelos jugando, algo melifluos y consentidores, con sus nietos en la piscina. El abuelo, con toda la paciencia del mundo, enseñaba a su nieto a nadar. No recuerdo los nombres de los niños. Era contemporáneos, extraños a nuestras tradiciones, elegidos, se diría, por pura eufonía. Habrán pasado tan sólo dos semanas desde aquello, pero esos días parecen ahora muy lejanos con la llegada de algo de fresco, las primeras hojas marchitas cubriendo parques y praderas, la vuelta al cole con su lastre de libros dispuestos a destrozar espaldas de por vida, la depresión post-vacacional, los fascículos (¿o eso ya no se lleva?), los buenos propósitos de reservarse un tiempo cada día para la calma y el placer, y todos los demás aderezos de la parafernalia propia de estae periodo del año.

La cuestión es que viendo a los abuelos, prejubilados, con tiempo, energía y paciencia para jugar con sus nietos, mientras sus hijos trabajan duramente, seguro, me dio por pensar en todas esas cosas que la vida parece colocar en un tiempo inapropiado. Sesentones calvos y gordos, de vista y reflejos en retroceso, conduciendo potentes coches deportivos; mujeres divorciadas, de carnes algo marchitas, por entero dispuestas para el romance o el puro rollo, un aquí te pillo, aquí te mato como no lo estuvieron cuando les sobraban las ofertas o vestidas como lobas cuando a los veinte años vestían tirando a monjiles y se cerraban en banda a todo eso; sus iguales en versión masculina, acodados en una barra, con sueño en la alta madrugada y pose de creerse irresistibles para chicas que tienen una edad mucho más cercana a la de sus hijas; niños que entre clases, actividades extra-escolares y deberes suman jornadas extenuantes de 10 ó 12 horas de trabajo; estudiantes con mucho tiempo, materias que estudiar y nula curiosidad por el saber; chavales pletóricos de energía y vigor físico que se pasan los días inmersos en el más puro sedentarismo ante toda clase de pantallas; hombres maduros que sudan la gota gorda haciendo "running" (lo que antes fue "footing", luego "jogging" y podría dejarse por siempre en el simple y más español correr) o yo mismo, en casa y sin trabajo, en una edad supuestamente muy productiva, con una experiencia considerable detrás, titulación, idiomas y demás zarandajas que “poner en valor”…

Todos se van a sus ocupaciones y yo me quedo con el perro, con Tom, nuestro cariñoso cachorro de bichón maltés. Miro a Tom y pienso que nuestras vidas son parecidas. A los dos nos alimentan otros y tenemos más bien poco que hacer. Se cierra la puerta según van saliendo ocupantes camino del trabajo, el colegio, el instituto, y la casa se va quedando más y más triste. Él se pone a mi lado, cuando busco trabajo o malgasto mi tiempo en el ordenador, y nos miramos con aire de tristeza compartida. Los dos buscamos los rayos del benigno sol del otoño en la terraza, extintas ya las estridencias solares del verano, aunque él sea abstemio y yo me tome una cerveza o una copa de vino (o dos). Asiste con interés a cómo cuido las plantas y nos damos el gusto de poder bajar al parque a las doce o la una. Corremos ambos por la hierba, aunque él salta y se revuelca mucho más. Y yo adoro esos despliegues de energía en que se lanza al galope y sus fintas de hábil delantero. Son unos instantes de felicidad elemental, prístina: atravesar el sol, la sombra de los árboles, jugar al escondite entre los arbustos, el frescor de la hierba, hurgar entre las piñas buscando piñones o sentir la brisa que mece y templa el aire. Algún día hasta hemos hecho pis Tom y yo en el parque, aunque yo busco lugares más discretos. A los dos nos da más o menos lo mismo es que sea lunes o viernes. Si nos afecta, es por los otros. El sábado y el domingo los demás no se van o nos vamos todos juntos de casa.

No es de extrañar que sienta que desde que se acabaron las vacaciones va surgiendo una singular complicidad entre Tom y yo: los dos que más horas pasan en casa. Los dos que ven con tristeza, con algún alivio esporádico, marcharse a los demás, que reciben con alegría, como una promesa del fin inminente de la atonía y el aburrimiento, su llegada, los dos que acuden a la puerta a recibirlos con emoción y esperanzas de animación, que no siempre se cumplen. Por las mañanas Tom dormita y yo navego por la red en busca de trabajo o entretenimiento diverso y sin rumbo predeterminado. En las sobremesas me tumbo a leer y Tom se viene a la vera de mi cama. Pienso que le molestan los sonidos hirientes que expele el televisor, por el que siente el mismo desinterés que yo. También nos iguala que no soy en puridad su amo. Tom es tan consciente como yo de que lo es mi hija. Nuestra relación es más bien la de dos compañeros o socios.

Ahora me genera culpabilidad que hace tan sólo tres semanas, al poco de que llegara a casa, un poco harto de limpiar cacas y pises, de tener que salir de paseo forzoso, me preguntara para qué sirve un perro en un piso. Un perro que no guarda una casa solitaria, que no se usa para la caza o cuidar del ganado, ni nada parecido. Pero eso me lleva a interrogarme: ¿para qué sirvo yo? Hago ruido, compañía, entretengo, como con evidente gusto lo que me dan y paseo a Tom. ¿O es Tom el que me saca de paseo a mí? Termino esto y voy a ver qué hace Tom. Se cansa de mi quietud y escasas atenciones cuando me siento ante el ordenador. También ahora en esta tarde de septiembre, con nuestras enjutas agendas respectivas, volvemos a ser los únicos, solitarios y silenciosos, ocupantes de la casa.



viernes, 3 de junio de 2016

El bucle (proyecto de cuento)

Foto: revistavanityfair.es
(A la primera y un nombre que ni pintado :)) ).


Desde hace semanas me asalta esporádicamente la idea de un cuento. Un hombre que cree que se está volviendo loco y, tanto va aumentando su convicción, que acaba por estarlo. O medio loco, al menos.

Lo que despierta su sospecha y acaba por atormentarlo, día tras día, es que enciende la televisión, pone las noticias, cambia de los informativos de un canal a los de otro, y hay grandes fragmentos de los noticiarios que se repiten sin fin. Observa cambios en la programación de las cadenas de televisión en cuanto a la ficción: nuevos episodios de viejas series, alguna nueva, películas que hacía tiempo no veía, alguna que otra que no ha visto nunca. Al igual que los casos de corrupción, las retransmisiones deportivas se parecen mucho, las finales de las mismas competiciones, fútbol casi en exclusiva, un puñado de equipos que se repiten en ellas. Pero cambia la combinatoria, al menos, y en los equipos que repiten como finalistas hay jugadores o entrenadores nuevos. Hoy roba uno o muchos del PP, mañana del PSOE, al otro es o son de CiU. De nuevo, el PP. ¿Ves? ¡Tú más! Esas variaciones o alternancias, al menos, de corruptos, de equipos, junto con algunas otras que detecta en los informativos, las relaciona con sus períodos lúcidos. Desconfía progresivamente de la realidad de aquello que se repite al pie de la letra en las noticias, lo atribuye con una convicción creciente a una falsa percepción, una creación de su imaginación, el delirio, la locura.

Lo que ha minado su equilibrio, lo que paulatinamente le ha ido haciendo creer que se ha vuelto loco, es ver a esos cuatro hombres reclamando el voto, el poder, para sí, con unos pocos y mismos argumentos, un día sí y al otro también. Y un mes y otro mes, ya no sabe cuántos, como en un bucle que se repite y repite incesante, un tiempo detenido, un argumento machacón, tortura mediante la gota malaya, atrapado en las profundidades abisales del aburrimiento, abandonada toda esperanza no ya en que tenga fin, sino siquiera variación. Cadena perpetua.

Un hombre alto, maduro, de barbas algo canas, fan de la tautología, con unas gafas de esas que afean la mirada y por extensión el rostro. Agrandan desmesuradamente los ojos, hasta que ocupan todo el cristal, igual que una lupa. Apela cotidianamente a la seriedad y la experiencia, a la seguridad de lo conocido y probado, frente al riesgo de lo que no se conoce, ni ha sido sometido jamás a prueba. Los experimentos con gaseosa— se le ha oído decir. Está pegado con Loctite a la poltrona, tal vez fue por eso que se pasó tres años sin moverse de ella. Y también está feliz con la prórroga, dentro y fuera del partido. Gallego como Cela, en nada cree más que en aquello de que “resistir es vencer”, como Cela. Tiende a lo grave. Y es normal. Por efecto de la gravedad (de la crisis) acabó cayendo hasta alguien tan liviano como ZP. Y allí estaba él, esperando a recoger la manzana, sujetando la silla del partido con la fuerza de Hércules, el de la torre coruñesa. No finta, no baila en el cuadrilátero, ni suelta apenas golpes demoledores, pero es un púgil casi imposible de tumbar. En su tierra, donde como en cualquiera otra nadie es profeta, recibió sin moverse un puñetazo a traición de un pirado, un primo, también político y lejano. Es un hombre muy capacitado, capaz de aburrir a las ovejas. Está curtido en mil batallas y se diría que ejerce con desgana, pero, quién sabe por qué, no se le pasa por la cabeza dejarlo. Será la fuerza del hábito, el animal que somos de costumbres, la erótica del poder, más aún para quien va justo de erotismo, al menos visto en la distancia. O el orgullo, el amor propio y eso que al loco lo que más le gusta de este personaje de su imaginación es que no parece gustarse en exceso, ni tiene una idea desmesurada de lo que puede el poder. Más bien se queda corto de fe y, en consecuencia, de acción. Tal vez sea su constante pelea con Aznar, la emulación, la comparación, ser reelegido como él y revertir la situación económica, lo que más alimente íntimamente su resistencia. 

Nuestro loco hemisférico cree que alguien le contó que un publicista propuso el eslogan “imaginación al poder”. Hubo risas reflejas en el comité electoral. Hasta el hombre alto de barba acabó por reírse, un poco. “Que pase el siguiente”, fue lo último que oyó aquel publicista cachondo. Como nada es casual en ese mundo, el hombre alto de la barba aparece cada vez más a menudo corriendo o caminando, deprisa, desde temprano. Hay que contrarrestar la tacha del estatismo, el sedentarismo, desfigurar todo rastro de pasividad, lentitud o pesadez y, de paso, disimular los años, sin renunciar a la baza de la experiencia.

Otro personaje recurrente, también muy alto, más joven, el más apuesto, de perenne sonrisa y manos gesticulantes de manual, se esfuerza en que todas sepan que jugó al baloncesto. Un tipo de como de anuncio, que se diría ha de reprimir un fondo de chulería, así como de mucho mirarse en el espejo y gustarse otro tanto, de dedicar un minuto a pensar lo que dice y nueve a ensayar cómo decirlo. Invoca el cambio, el progresismo. Tiene tal dominio de la técnica de la venta que acaba generando recelos en muchos compradores y eso que vende una marca muy conocida. Durante un tiempo alargó el bucle con una subtrama, una representación teatral que le dio horas en prime time y, sobre todo, le aseguró el papel protagonista en la secuela. Los aspirantes al papel estelar, crecidos por la mala taquilla de la primera parte, acabaron por dar un paso atrás, pensaron que es mejor aguardar al fracaso confirmado. Había, además, muy poco tiempo para hacerse con el papel. Vale, Pedroooo, tú serás de nuevo el protagonista. Tal vez porque lo nota bisoño, o porque cuesta mucho no salir en los papeles o porque, como el loco, piensa que este guirigay es insufrible y peligroso, Felipe lo ha apadrinado y, de tanto en tanto, le indica el camino con su dedo de Pantocrátor.

El hombre del cuento que quiero escribir ve también en la tele a otro tipo, otro pedigüeño del voto. Unas veces habla bajito, contenido, con modos blandos, de cura post-conciliar.  Otras, brama y acusa con la vehemencia de un profeta o de un dios iracundo encarnado en hombre. Jesús expulsando a los mercaderes del templo. Eso, el color morado, la barba algo rala, la coleta, sus ropas sencillas y su pelea contra la riqueza le recuerdan a Cristo siempre que lo ve. Aduce la desigualdad, el cambio, los nuevos tiempos, la necesidad del fin de la casta, a la que él, da por descontado, no pertenece, ni pertenecerá jamás. Él parte de que es distinto y, por supuesto, mejor que todos los demás en todo. Es o era profesor y se le nota que le cuesta dejar de dar lecciones. En lo físico tiende un poco a contrahecho, cargado de espaldas, a alumno poco amigo de la clase de gimnasia. Pero como se cree tan listo y lo sacan tanto en la tele va sobrado de autoestima. Es ateo, como el loco del cuento, pero el personaje de sus sueños repetitivos cree en muchos dogmas. Por ejemplo, sostiene su inmaculada concepción, aun cuando es fruto del pecado. Un sedicente demócrata que asesoró a quienes no lo son y que le retribuyeron el favor a través una dudosa fundación. Un temilla "chungo". Aparte de los peculiares clientes a los que sirvió, pululan las incompatibilidades de los funcionarios o asimilados y la tributación de ingresos profesionales, un extra, como propios de una fundación.

El loco del cuento ha sentido como un suplicio cada texto del nuevo Mesías. Pero sería porque el solo hecho de ver su nombre en letras de imprenta lo alteró. Lo suyo, se dijo, son los platós, juntando letras oscila entre el cuento infantil y los peores vicios de la literatura pseudocientífica. Las epístolas de Pablo, Pablito, Pablete son como para acordarse de la famosa rima de Albacete. Con la pluma, al menos, al loco, capaz de imaginar artículos enteros, le gustó más su antaño buen escudero, un tal Errejón, el revolucionario con pinta de miembro numerario del Opus Dei. ¡El loco imagina cada cosa! La revolución o algo parecido. Los precursores, la avanzadilla de una era nueva, los trazadores de una raya en el tiempo, un antes y un después: el fin del capitalismo. Hay tanto superfluo. Las libertades son formales, engañifas, sin sustancia. En el tiempo de las libertades reales, la prensa y la judicatura deben estar al servicio de la gran transformación, del gran líder que ha venido a salvarnos del desastre inminente. 

El loco del cuento desconfía. Barrunta la igualdad como reparto (desigual) de la pobreza, autoritarismo y aún recuerda —reír, se dice, le hace bien—aquella rueda de prensa en que se detallaban cargos y un comisariado político. De Venezuela, si acaso, el loco se queda con las telenovelas. De Bolivia, no sabe con qué, tal vez con los trajes regionales de Evo y aquel rodillazo que le propinó a un rival, con el juego parado, en un partido de fútbol. Pura nobleza indígena. El hombre blanco, en particular éste, no le parece mejor que su amigo transatlántico. Pero, claro, es la opinión de un loco. El loco, eso sí, sabe que pedir nobleza en la política, a los políticos, es pedir peras al olmo. Mantiene algún nexo con la cordura.  

Hay un cuarto hombre del bucle imaginario, la otra carta adicional de la nueva baraja. Un tipo imberbe, o impecablemente rasurado, o ambas cosas a la vez. Al enloquecido del cuento le recuerda las estampas de Santo Domingo Savio y el zumo de naranja. El hombre fresco, sin barba, sin pelo en el cuerpo, como el pez, como el nadador que fue, recita eslóganes, entre publicitarios y de temario sucinto de escuela de negocios, con una vocecita que presagia un gallo inminente, pero logra evitarlo. También invoca el cambio, la regeneración, la capacidad de entendimiento, el centro. Es una pura incógnita, una mercancía sin clasificar cuya publicidad se basa en aspectos secundarios del producto que, supuestamente, lo hacen muy distinto de los demás y deseable. Al igual que cierto banco que se decía fresco -como si no lo fueran todos-, opta por el naranja. Nuestro hombre, en su creciente desorientación, ignora si ese partido es su banco y cada día el de más gente.

El protagonista del cuento que algún día tal vez escriba cree que lleva viendo esas mismas secuencias de imágenes y palabras, los mismos cuatro personajes que se repiten y repiten, la misma demanda conminatoria —¡Vótame!¡Yo soy la solución!—, la misma aspiración —el poder—, desde hace por lo menos un año y medio. Está seguro de que vino el calor y ya estaban ellos en la televisión con su letanía adormecedora. Se acortaron los días, bajaron las temperaturas, llovió, abundó el viento, y allí seguían ellos con la misma letárgica salmodia. Fue ahí cuando ya empezó a tomar más en serio los síntomas.

Retornó el calor, la terraza se le llenó de polen, redujo las horas de televisión, se apuntó a un gimnasio, salió más a la calle, todo con la intención primordial de olvidarse del tema, de perder de vista a estos personajes de su imaginación que se le aparecían también en internet y los fines de semana en la prensa. Decidió aislarse. Notó mejoría. Logró olvidarlos un poco, aunque en los cambios de emisora musical en la radio del coche, entre los bramidos y chisporroteos de las ondas hertzianas, le pareció más de una vez escuchar sus voces o que otros hablaban de ellos, con un énfasis de relevancia e interés que le resultó incomprensible, un puro delirio.

Animado por esa mejoría, deseoso de haberse curado, toma un día el mando a distancia, apunta al televisor, con gesto grave, como de Presidente del Gobierno, en funciones o con mandato en vigor, meditando si pulsa o no el botón de encendido. Se siente apesadumbrado por la responsabilidad, atenazado, lo invade el temor del resultado adverso de la prueba, la reaparición de sus vívidas imaginaciones recurrentes, la vuelta del bucle. Se diría que presionando el botoncito fuese a lanzar un misil de cabeza nuclear. Se arma de valor, su rostro se tensa, cierra los ojos a la vez que aprieta el botón, los abre de nuevo… Se quiere morir, se deja caer con estrépito sobre el sofá, se hunde en el asiento, anula el sonido, resopla con desesperación, mira el techo buscando el blanco en su mente, deja pasar un rato.

Vuelve a mirar la pantalla. Observa con alivio que ya no se le aparecen ninguno de los cuatro, se le destensa el rostro, se le aclara la mirada, le brota un principio de sonrisa. Se atreve a reactivar el sonido, con un grado de disfrute por algo tan sencillo que jamás pudo imaginar, asiste con alegría a noticias de huracanes, terremotos, hambrunas, accidentes. Lo siente por esa pobre gente, cuya pena se archiva en un tranquilizador nombre abstracto “damnificados”. Se siente cruel al recibir con alivio noticias de asesinatos, pero esa es la verdad. Todo eso, lo malo, lo destinado a inquietar, a causar miedo y espanto le hace ahora feliz, una tregua en sus imaginaciones obsesivas. Se siente cuerdo, en vías de curación, al dejar de ver a las cuatro criaturas que lo perseguían en su imaginación.

Mas de pronto la presentadora dice un nombre, cree no haberla entendido bien porque daba por desaparecido a éste, extinguido o borrado, al menos, de sus recurrentes imaginaciones. Aunque en verdad fue precisamente con él con quien comenzaron años atrás los primeros bucles, las repeticiones, sus fantasías cíclicas de demente que cree estar viendo en las noticias de la tele, día tras día, las mismas personas pronunciando las mismas frases, pidiendo lo mismo y usando unos mismos pretendidos argumentos. Pero… ¡horror!, sí, es él.

Contrario a su costumbre, esta vez no lleva corbata, pero tiene la misma mandíbula cuadrada de gánster, el gesto tenso, crispado, la sonrisa autoimpuesta del adiestrado y disciplinado vendedor que pone buena cara, aunque no trague al cliente. Luce, eso sí, su eterno tupé, marca de la casa, bajo sospecha de secado minucioso, venga aire caliente, la presunción de la raya trazada con esmero ante el espejo, con ojo atento, del olor a laca, mucha laca, rociada sin miramiento en el gasto, hasta hacer irrespirable el baño de su dormitorio o del hotel de turno. Le asoma una chulería en el lenguaje corporal que sus palabras, ni aun cuando transitan por la pena y el lamento, logran siquiera atenuar. Se presiente un matonismo violento que aparecerá en cuanto se vea liberado del disimulo, un tipo de esos que, sin testigos, lo resolverían todo de forma expedita, con dos hostias bien dadas. Aunque tenga aspecto de vivir, de haber vivido, siempre muy bien, habla con la exigencia del agraviado, de quien sufre una evidente injusticia. Posa y ejerce de maltratado, vejado, titular de una vieja deuda que ha de ser pagada, resarcida, un daño, un oprobio tan grande, tan añejo, que es de imposible reparación. Y lo será por siempre. A lo sumo cabrá un remedo de arreglo, un paliativo, la aminoración de un desequilibrio perpetuo.

Oyéndolo, se diría que todo catalán nace hoy, al igual que ayer y desde tiempo inmemorial, con un derecho de crédito frente a España. Un derecho contable y moral. Ese Estado maléfico, mugriento y decadente, fuente de todos los males, al que le niega la condición de nación. Justo lo que, sin embargo, sostiene es indudablemente Cataluña. España es una invención, una mezcla espuria, un imposible, un revoltijo de elementos incompatibles, un puro artificio, un error histórico. Es quien esquilma, es un abuso financiero, un freno al desarrollo, un lastre, una de esas personas que ni comen, ni dejan comer, el aguafiestas envidioso que impide la utopía de Arcadia. El 3 por 100 en los contratos públicos y el latrocinio organizado y sistemático del clan Pujol —gente que vela por la famiglia— son… No se sabe qué son. Se diría que no existen, que no han ocurrido. Mejor omitir todo eso, pasarlo por alto en cuanto amaina el viento. No se le debe hacer el juego al enemigo ancestral, esos tipejos mesetarios que a todo le sacan punta. Cosillas menores, intrascendentes, sin enjundia, peccata minuta. Que el asunto muera discretamente, en la trastienda de la botiga, que el tiempo desactive esas bombas, que la actualidad lo tape todo con una manta, el olvido. Convergencia, Independencia, Referéndum.

Martirio… Nuestro hombre se hunde de nuevo en su sofá, la muerte se le prefigura un placentero descanso frente al sufrimiento de la existencia. Se marea cuando cree haber recibido en su buzón, otra vez, una papeleta del censo electoral. No hay mejoría, sino agravamiento de su mal. Su juicio es concluyente: él lo ha perdido. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Hablemos del amanecer (relato breve)



www.fotofrontera.com


                                                 Hablemos del amanecer

—Qué día tan bonito hace hoy, ¿verdad? —preguntó Elena, reparando a la vez en lo luminosa que resultaba hoy la sala, inundada por la luz, que se filtraba a través de las dos hileras horizontales en lo alto. La blancura de las paredes, de las sillas, dispuestas en círculo, y la de su propia bata resaltaban la claridad.

Cada año llevaba peor el calor, pero salir de casa cuando ya era de día le hacía comenzar la jornada con mejor ánimo. Menuda diferencia, además, al salir del coche en el aparcamiento exterior. Hasta bien entrada la primavera, recibía como una bofetada el primer contacto. Hoy había sentido la caricia de la brisa matinal. Tal vez por ello decidió empezar hablando del amanecer, un tema neutro, nada conflictivo, un calentamiento para animar la participación de todo el grupo. 

— ¿Quién se anima a decirme qué le parece el amanecer? —lanzó la pregunta, aunque de sobra sabía que la primera respuesta provendría de Andrés y que se valdría del catecismo para ir pensándose la respuesta.

—A mí el amanecer me parece… el inicio, el principio de algo, de todo, del día, sobre todo.

—¡Bravo! ¡Brillante, Andrés, como siempre! El amanecer es el principio del día. ¡Toma ya!—exclamó Fernando, siempre dispuesto al sarcasmo.

—¡Cállate ya la boca, listillo! —le gritó Jacinto, un robusto ex-policía nacional, de rostro sanguíneo, como su temperamento. Lo que el juez calificó, con cierta laxitud, como “trastorno grave del control de impulsos” se saldó con la fractura del tabique nasal, la mandíbula y tres costillas de un detenido, y su inhabilitación profesional. Tuvo suerte de que no lo mandaran a prisión, sino al centro psiquiátrico en el que ahora disfrutaba de régimen abierto.

La doctora Elena Garmendia iba a poner paz cuando de la silla situada a las tres, surgió una voz de mujer, muy tenue. —El amanecer es el alivio, la salvación. Las sombras y los ruidos paran de asustarme. Se van los monstruos de la noche y, por fin, puedo dormir un rato.

—Los monstruos de la noche… ¡Hoy vamos fuerte! ¡Venga, ¿quién da más?! —Fernando, ex-profesor de filosofía en un instituto —¡¿quién si no?!—, volvió a tirar de sarcasmo.

—Fernando, por favor, respeta a los demás. Si quieres, danos tu opinión, pero ahórrate tus burlas cada vez que interviene alguien.

Esta vez tuvo que pararle los pies. Su actitud amenazaba con arruinar la sesión de terapia de grupo, de volverla contraproducente incluso. Fernando puso cara de circunstancias, se encogió de hombros, abrió ambas manos como un predicador contrito y resopló, armándose teatralmente de una paciencia condescendiente con la inferioridad.

—Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos. —El afilado silencio que se acababa de hacer fue interrumpido por Mateo, el más viejo del grupo.— La del del alba sería cuando Don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Eso es para mí el amanecer.

Tras el largo punto y seguido la estentórea declamación fue reemplazada por un habla morosa y apenas audible, al mismo tiempo que se bajaba de la silla y se sentaba. Se diría que en vez de uno solo hombre, hubieran hablado dos y muy distintos.

A la doctora Garmendia, cuyo interés clínico por el Quijote se le había reavivado año y medio atrás a causa de Mateo, cada día le gustaba más esa lectura. Le reconciliaba con una idea lúdica y optimista de la existencia. Leer cada noche alguna andanza del Ingenioso Hidalgo se le había vuelto un hábito imprescindible. Compensaba así el pragmatismo rasante, la aridez y el pesimismo que impregnaba los artículos de las revistas de psiquiatría que seguía.

—¡Pero qué panda de tarados, dios! ¡Éste recitando el Quijote todo el santo día, se hable de lo que se hable! — gritó Fernando, en un tono de voz muy fuerte, demasiado fuerte. Al menos, para Jacinto. 

Unos pacientes gritaban, otros reían, algunos salieron de la sala en estampida. La doctora se levantó rápidamente de su silla, pero nada pudo hacer. Las piernas de Jacinto y sus puños fueron más veloces. Fernando parecía un pelele ante la fuerza y la furia del ex-policía. Tras derribarlo, le alzaba la mitad superior con la mano izquierda, que apresaba su polo negro, y le asestaba puñetazos en la cara con la derecha. La doctora corrió a llamar a los celadores, que ya llegaban, alarmados por la algarabía, que contagió al resto de los internos. Hasta que no vinieron otros dos celadores más fue imposible reducir a Jacinto. Cuando llegó el quinto se le aplicó de inmediato el pomposo “protocolo de contención con medios mecánicos”. La doctora Garmendia pidió que lo liberaran de la sujeción tan pronto salió de los efectos de la sedación por inhalación, aunque determinó su vuelta al régimen cerrado.



Pese al parasol, el interior de su coche era una sauna a esas horas. Sabía que carecía de fundamento, pero no pudo evitar la idea de que el amanecer había sido una mala elección. Puso el aire acondicionado a máxima potencia y encendió la radio.  En la emisora sintonizada por la mañana atronaba la voz de Bruce Springsteen, “The Rising”.  En la siguiente, una voz débil y aguda, que le costó reconocer como de hombre, apenas se imponía sobre los arreglos musicales. Acabó entendiendo esa palabra que tanto se repetía: “Sunrise”. En el tercer intento la locutora avanzó con una desenvoltura estereotipada el siguiente temazo: “Hasta el amanecer”, de Nic... A cualquier  paciente le habría dicho que era una casualidad muy razonable, debida a la atención selectiva. Elena apagó de inmediato la radio. El coche se enfriaba con morosidad, décima a décima. El verano era insufrible. La luz temprana y el frescor del amanecer eran unas compensaciones mínimas, tan breves y débiles que resultaban inútiles como paliativos frente al calor, que cada año llevaba peor. 

domingo, 27 de marzo de 2016

Nos vamos haciendo viejos... RIP Johan Cruyff

Foto: blogdelhumor.com.ar

Yo venía a hablarles del gran Johan Cruyff y, de golpe, me descubro filosófico o existencialista, al menos, pensando en todas las señales con que la vida me va diciendo que me estoy haciendo viejo.

Foto: diario ABC
En un libro comprado hace poco (“La Puerta de la Infamia. Crónicas del casoMarey”, de Antonio Muñoz Molina) se nombra a Manuel Cobo del Rosal, Catedrático de Derecho Penal y abogado de RafaelVera, Secretario de Estado de Seguridad (1986-1994), en ese proceso. Aquel hombre vino un día a darnos clase, a los de la promoción del actual Rey de España – que ahora luce barba crecientemente canosa y entonces era un joven espigado e imberbe-, como profesor invitado. Entonces me pareció algo mayor, efecto quizá acrecentado por su mal color y aspecto general de mala salud. Sólo aparente pues sigue vivo a sus 81 años de edad. Antes de consultar ese dato pienso en que ahora será un anciano y no me confundo, aunque no lo esperaba ya octogenario. El propio asunto de los GAL presenta ya un aire inequívoco de pasado lejano del que muchos no han oído siquiera hablar y del que casi todos los demás conservan, o conservamos, una memoria mínima. Tempus fugit, vita nostra brevis est, etc.


Foto: whotalking.com
Unas semanas atrás me crucé en las proximidades de unos conocidos cines en V.O. en la zona de Plaza de España con otro profesor, el Catedrático de Filosofía del Derecho, Elías Díaz, conocido como ideólogo del PSOE en su etapa más gloriosa, los años ochenta y primeros noventa. Conservaba la mayor parte de su crespo pelo blanco, su barbilla tenaz y restos de vivacidad inquisitiva en la mirada tras sus gafas, ojos de intelectual. Iba con una mujer de edad también avanzada vestida con un aire juvenil y alternativo. Pero la curva de su espalda y sus andares eran de viejo. Aquel hombre, cofundador de Cuadernos para el Diálogo y autor de una extensa bibliografía sobre filosofía jurídica y política, que transmitía vigor y entusiasmo en sus clases, era a todas luces un anciano. Compruebo ahora que mi viejo profesor nació, al igual que Manuel Cobo del Rosal, en 1934, esto es, aún en tiempos de la Segunda República, como también mi padre, nacido en el mismo año de su proclamación, y que desde hace ya más de dos años es recuerdo. 


Ese mismo día o uno cercano me cruzo en la puerta de los lavabos de esos cines con Pedro Almodóvar, de cabellos también blancos y aún más crespos que los de Elías Díaz. Y mi primera impresión, aparte de cierta sorpresa que me bloquea en mi camino de salida que él aguardaba con educación para entrar, es qué viejo está. Miré en Wikipedia al volver a casa. Almodóvar, anclado en mi mente como al margen del tiempo, en el juvenilismo subversivo de la archiconocida Movida Madrileña, nació en 1949, tiene ya 66 años y hace ya 17 que ganó el Óscar a la mejor película extranjera con "Todo sobre mi Madre"… 

Llego de vacaciones de Semana Santa a un apartotel (así en el DRAE - :)) ) en la Costa del Sol y me encuentro con una recepcionista a la que no puedo dejar de mirar con cara de tonto, supongo, aunque desde mi perspectiva eran ojos de deseo. Tiene los ojos verdes, el pelo largo y algo rizado, sonríe al hablar, mira fijamente y su boca… miro sus labios como el sordo que ha de interpretarlos, aunque mis oídos funcionan. Aprecio cada explicación que da, superflua o no, en una demora por irnos con las llaves y descargar el equipaje que contrasta con mi impaciencia habitual en estas situaciones. Me parece joven, sexy, seductora, absolutamente deseable. Después trato de estimar su edad. Algo me lleva a echarle veintitantos, pero meditándolo con pretensión de objetividad concluyo que igual ya está en la treintena. Debió haber un tiempo en que una chica así me parecería una mujer demasiado mayor, una esposa o hasta madre y ahora es, perdón por el topicazo, un bombón. Para mis adentros, ahora desvelados, se quedó con el apodo literario de la Lozana Andaluza. El día de la partida vamos a devolverle las llaves. Sigue igual de guapa y sonriente, pero tiene ojeras. Entraría temprano a su turno en recepción, pero yo las atribuyo a una noche previa de intensa actividad sexual. Vuelvo a entretenerme en el juego sin solución de su edad. Unos 30 y me parece jovencísima…



El mediodía anterior veo una pareja joven comiendo justo enfrente en la terraza de un restaurante junto al mar. Ella me parece casi una niña. El novio, quizá por la tupida barba, unos años mayor. Tengo que recordar las fotos de mi mujer el día de nuestra boda, en el que justo cumplió 26 años y no le iba a la zaga en aspecto juvenil. Es Jueves Santo y con la plantilla de camareros sometida a un ajuste tan cicatero que los aboca al trabajo estajanovista, la comida no llega nunca. Ella está justo enfrente de mí, algo de perfil. Lleva una falda corta, aunque no recuerdo sus piernas. Me las debía tapar el novio. Lo que veo mejor son su boca algo ancha, sus dientes blancos y bien alineados, pero con personalidad, de una belleza no del todo ortodoxa, sino con leves imperfecciones y, por tanto, mucho más atrayente. Los labios son carnosos y bien perfilados, los ojos negros y muy acuosos. Su pecho no es exagerado, pero sí que reclama atención. Un nuevo ángulo – la bebida se agota y el pan que pedimos por tercera vez se hace esperar, de la comida ni hablemos- me indica que es mayor de lo que me pareció a primera impresión. Hablo de su pecho. Ella me sigue pareciendo jovencísima. 

Llegan sus padres, con otras parejas de unos 50 años. Se presentan ambos y se saludan. Las mujeres miran con curiosidad al novio de la niña. Los tenemos sentados cerca, justo al otro lado de un pequeño muro de madera. Casi leyendo sus labios observo que alguna de las mujeres, que se sientan en un lado de la mesa, al otro los hombres, dice que es guapo. Pienso que es algo generosa, pero ahora caigo en que su juventud le ayudaría en ese rating, aparte de las buenas maneras o la cortesía de la amistad. Los dos grupos -la pareja y los padres y sus amigos no se ven- pero yo los veo a ambos. El padre se acercó a saludar a la pareja y con poco tacto le soltó al novio que su hija llevaba toda la mañana esperándolo. Ella trata de disimularlo, pero el comentario del padre le provoca una lógica contrariedad. Al rato, privilegiados ellos que ya han sido servidos y hasta han comido, puede que pronto para no coincidir con los padres y sus amigos, se levantan para marcharse. La chica guapa, de talle estrecho, buena estatura aunque no exagerada, les aclara a los padres con acento gallego que ellos ya han pagado. El acento gallego a pocos kilómetros del Cabo de Tarifa, el extremo Sur de España y del continente europeo, me sorprende. ¡Qué joven es y ya come en restaurantes con el novio! A su edad yo también lo hacía, con mi novia o ya mi mujer incluso, pero entonces nos veía como dos adultos y no el par de niñatos que éramos. El acento gallego oigo que dice “nosotros nos vamos ya, que si no nos da tiempo”. Bromeo con mi mujer sobre la premura de la joven pareja para  hacerse con la casa, libre de molestos intrusos y testigos durante al menos la próxima hora y media, y "la niña" se ha permitido comunicárselo a los padres y sus amigos sin tapujos. 

Si mis profesores de la universidad me hacían mayor en su avanzada vejez, la bella recepcionista y la novia gallega me arrojan de golpe  años encima por su juventud. Y todo transcurre en el silencio externo, pero en la caja de resonancia interior, una voz, la de la conciencia, supongo, repite sin muestras de cansancio una hiriente letanía: te haces mayor, te haces mayor, la vida se te pasa sin darte cuenta, te haces mayor, te haces mayor y tú apenas te das cuenta.

Foto: primeraplananyc.com
Y ahora lo de Johan, Cruyff, genio del balón y primero de mis ídolos futbolísticos. Esta vez no se trata de jugadores en blanco y negro de los que me hablara mi padre, de nombres gloriosos que unas generaciones de aficionados transmiten a otros y de los que se ve aquí o allá alguna jugada aislada o documental. No. Esta vez se ha ido uno de los que has visto jugar sentado en la grada o en directo por la televisión y en parte ya en color. Un rostro y una voz que recuerdo, sobre todo por su exitosa etapa como entrenador del Barça. Alguien que se merece una entrada próximamente en este blog, alejado desde hace mucho tiempo del fútbol, a pesar de su nombre. 

Según la UEFA, un estudio estimó que dos mil millones de personas conocen su nombre y concluyó que, junto con Rembrandt y Van Gogh, Cruyff es el holandés más famoso de todos los tiempos. Eso es "ser alguien", qué duda cabe.

Hoy me pudo la idea, pugnaz y dolorosa, del veloz paso del tiempo y su daño colateral e inexorable del envejecimiento. La velocidad de Cruyff en el campo, sus memorables cambios de ritmo, quedan pues para otro día. 





sábado, 27 de febrero de 2016

Empezando el día sábado

Fotografía: Enrique Brossa


Sábado 6:30 AM
Nubes dentro de una nube. Hay un cielo raro. Hacia el Este se abre la paradoja del claro, que a estas horas es oscuro, moteado de algunas nubes densas. Las peladas ramas de los plátanos se yerguen verticales, muy apuntadas, como erecciones juveniles, y oscilan  levemente. Se bambolean en lo alto los cipreses y uno, el más alejado, se abre y se cierra desde dentro, como esas plantas que mece el mar y respiran por las hojas. Los soplidos del viento agitan caprichosamente las altas y leves ramas, como cintas, de los sauces. Suena un breve raspado, como de lija, sobre las placas granulosas que enmarcan la piscina. Algo que no consigo identificar. Un claxon agresivo, que prejuicioso presumo alcohólico, suena a lo lejos y enseguida se queda sin fuelle. El viento se calla, el viento ulula. Copas estáticas, copas balanceadas. De entre la espesura de la redonda copa del ancho pino brota un brusco ruido de aleteo, como de cópula o pelea o de ave que lucha contra el viento. Serán las urracas. Las suelo ver en ese pino. No hay luz en ninguna de las casas de los edificios que alcanza la vista.

En mi dormitorio un repentino frotamiento eléctrico de telas, un espigado cuerpo, filiforme, se voltea en la semioscuridad, tira bruscamente del edredón, se envuelve en él y una densa cabellera rubia con brotes castaños cambia de lado sobre la almohada. Otro cuerpo, más largo y más ancho, resta inmóvil, la cara hacia el techo, irregularmente cubierto por una sábana. Acaba de ser desposeído de cobertura mediante un tirón, pero no parece importarle. De momento. La batalla entre durmientes por el abrigo continuará, seguro, cuando me vaya. Silencioso, estiro la sábana sobre el cuerpo grande y alzo el edredón hacia la cabecera del cuerpo pequeño. La cara plácida y la tupida cabellera revuelta siguen inmóviles. A tientas y sigiloso busco inútilmente los dichosos calcetines. Luego con el hilo de luz que extraigo del baño. Están dentro de los zapatos de ayer. Esto es nuevo. Ni tirados en cualquier rincón, ni en el cesto de la ropa. ¿Los pondría yo allí? Ni idea. Sólo recuerdo que me dormí muy pronto, en el sofá, apenas comenzada la película. Eso es lo que me provocan infinidad de películas: sueño. Mejor dicho, lo afloran. Bajan mi guardia. La horizontal en el sofá y la cadera sobre la que descanso mi cabeza rematan el mal trabajo de guionista y director. Los actores, ahora recuerdo, también pusieron mucho de su parte. Dentro de un rato veré amanecer. Así que no hay mal (cine) que por bien no venga. Y óscars que cuesta mucho entender…

En el patio suena de tarde en tarde el viento sacudiendo por unos segundos alguna sábana o mantel, como vela o bandera que restalla. La ventana ha temblado. Los cristales cruzados por una ola. Encaje imperfecto. Obra humana. Esa ráfaga me sirve de acicate para posar la novela sobre la mesa de estudio junto a la invadida o intercambiada cama. A ver qué día hace. La noche en realidad, pero uno sigue aferrado a sus categorías, consigo mismo por centro del universo. Te levantas: es el día.

Sábado 7:10 AM
Sigue sin haber amanecido y voy a echar otro vistazo. Un aire limpio y frío, rebosante de humedad, y el humo del tabaco se disputan, como espermatozoides en pos del óvulo, las cavidades de mis pulmones. La eterna lucha entre el bien y el mal, ambos presentes en nosotros, por los siglos de los siglos, amén.

Sábado 7:40 AM
Ahora el cielo ya es azul, muy pálido. Hay finas nubes, manchas rosáceas, como de talco en suspensión. Veo encenderse las primeras casas. El viento sopla, más constante, en dirección Este. Apenas permite a los árboles volver a la posición de firmes. Dos chasquidos metálicos hieren el aire. Un coche asciende la rampa y sus ruedas atraviesan una rejilla metálica. Un pajarillo que suena sobre mí, en ángulo muerto, sus breves patas apoyadas quizás sobre la baranda de la azotea, aprovecha una breve tregua del viento para mostrarme cómo canta. Sí, me gusta tu música, se te da bien.

domingo, 21 de febrero de 2016

Navidad Porcelanosa. Conversan Enrique y Vargas Llosa

¿De qué hablarán Mario Vargas Llosa y Enrique Iglesias cuando se reúnan? ¿Cómo podría ser una conversación cualquiera entre ambos, por ejemplo, cuando coman juntos? 

No sé por qué me dio por pensar en ello esta Navidad, sentado también a la mesa. Bueno, igual sí lo sé. Ahora que le doy una vueltecilla al tema me vienen estas posibles razones: 

(i) y quizás principal... porque las comidas navideñas suelen dejar muchos ratos muertos en que entregarse, con gozo y alivio, a las más caprichosas imaginaciones; 
(ii) porque el prejuicio existe y se me antojan una pareja muy dispar (soy gran admirador de la genialidad literaria de Vargas Llosa y de la profundidad de buena parte de sus reflexiones sobre arte, política o sociedad y, dicho suavemente, digamos que no tengo en alta consideración ni el intelecto, ni la curiosidad intelectual del hijo de Isabel Preysler y Julio Iglesias -probablemente sin excesiva justificación, basado en meros indicios o hasta puras apariencias); 
(iii) porque de golpe gente que jamás me habló de ningún escritor me comenta algo sobre Vargas Llosa -en esencia, alguna mención a su conocido y sorprendente nuevo amor, con un enfoque algo jovial y escoltada por una sonrisita algo maliciosa. 

Para bien o para mal, ya pasadas las navidades me sorprendí recreando un fragmento de esa muy hipotética conversación, cualquiera o aleatoria, entre el autor de "Conversación en la Catedral" y "La Casa Verde" -por citar dos de "las grandes"- y el autor o intérprete de "Experiencia religiosa", entre otras canciones. 

Y ahí va para quienquiera que se lo haya preguntado también alguna vez o le pueda interesar tan caprichoso ejercicio de la imaginación.
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- -   Mario, ¿sabes que mamá me regaló un par de libros tuyos?

- Y qué, ¿los has leído?

- Bueno, he leído uno. Ahora me estoy tomando un descansito después de tanto esfuerzo. Pero este verano quiero ponerme con el otro, ¡eh!

- ¿Y cuál es el que has leído, dime?

- Pues… ¡Uff! Espera, ¿cómo era…? No me viene ahora. Creo que se me ha olvidado el título, jejeje. Nunca he tenido muy buena memoria.

- ¿Recuerdas de qué trataba?

- Sí, eso sí, claro. A ver cómo lo digo. Yo diría que trataba de…la vida. ¡Eso es, sí! Trataba de la vida, como mis canciones.

- Así es, Enrique, todos mis libros tratan de la vida. Pásame el ceviche, anda. Veo que no lo has probado. ¿No te gusta el plato estrella de la cocina peruana? Porque a Isabel, tu mamá, le chifla, aunque lo toma sólo de a pequeños bocaditos. ¿Tú también eres así de mirado y disciplinado con la dieta?

- Bueno, yo es que ahora estoy en una etapa muy ‘veggie`.

- Qué, ¿atravesando un periodo de cambios en tu vida, Enrique? Eso me suena…

- Sí, no sabes qué mogollón tengo en la cabeza, uff. Me lo replanteo todo. Voy al armario y puff, me quedo así como parado. ¡Ahora mismo no sé qué look quiero! Y empezar así el día… Te aseguro que es una "nightmare".

- Sí, me hago cargo. Todo un dilema existencial, ¿verdad?

- ¡Qué bueno, Mario! “Dilema existencial”. Ahora mismo les mando un tweet a mis creativos de la compañía de discos. ¡Nos acabas de dar el título de mi próximo álbum!

- Y las canciones tratarán de la vida, me imagino. De la dificultad de las decisiones que se han de tomar, de las elecciones que hacemos, las dudas que algunas veces nos sobrevienen, las preguntas que se hace uno, la zozobra…

- ¡Jo, contigo da gusto hablar, ¿sabes?! ¡Qué rápido que lo pillas todo! ¡Es como si me leyeras la mente! “Zozobra”, esa también me mola para título de una canción, aunque no sé muy bien lo que quiere decir.

- Acércame, por favor, la fuente con mi cevichito del alma, que me voy a servir más, y ahora seguido te respondo.


domingo, 20 de diciembre de 2015

"No será la Tierra" (una novela de Jorge Volpi). Reseña

Portada de la primera edición en España (© Corbis)
Crítica de la novela "No Será la Tierra", del escritor mexicano Jorge Volpi, tercera de su trilogía sobre la historia del Siglo XX, publicada en septiembre de 2006 por la editorial Alfaguara.

Iniciada con el preludio “Ruinas” (1986) y dividida en tres actos −Tiempo de Guerra (1929-1985), Mutaciones (1985-1991) y la Esencia de lo Humano (1991-2000)−, «No Será la Tierra» es una novela singular y atrevida. Jorge Volpi (Ciudad de México 1968) concluyó con ella su trilogía dedicada al Siglo XX, cuyas dos primeras entregas fueron En busca de Klingsor (Seix Barral, 1999) y El fin de la locura (Seix Barral, 2003)Diez años de una vida nada menos – los que van, aproximadamente, de la mitad de la veintena a la de la treintena- que Volpi se ha pasado, en palabras del propio autor, “fabulando sobre ese período”.

La extensión espacial y temporal de “No Será la Tierra” es inmensa. Los EE.UU. de América, como escenario principal de la vida de dos de las tres mujeres que vertebran la historia (Jeniffer Moore, funcionaria del FMI y la informática húngara Éva Halász). La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas −la temida, denostada, y hasta admirada URSS, unas siglas que dicen ya muy poco a los más jóvenes− donde la bióloga soviética Irina Granina, esposa de un científico que elabora armas biológicas y es encarcelado por su disidencia política, asiste al derrumbe del régimen comunista. También aparecen en sus páginas algunas ciudades y países europeos, de uno y otro lado del telón de acero (Berlín, Londres, Budapest), e incluso África (República del Congo, por entonces rebautizada el Zaire, cortijo de Mobutu y su clan) y América Latina (México), a propósito de sendas misiones del FMI en cuya ejecución pugna por salir exitosa la enérgica Jennifer Moore, un personaje muy bien definido y cuya evolución resuelve su creador con maestría, aunque su personalidad carezca de la singularidad o excentricidad de varios otros (como su hermana Allison o la genio matemático-informático Éva Halász). 

Pero, aparte de los tres personajes femeninos a los que Volpi eligió como protagonistas principales de la trama que le sirve para diseccionar los 15 ó 20 años finales de la Unión Soviética, con alguna excursión al tiempo anterior que los prefiguró, y del desplome del comunismo en sus países satélites, por esta novela discurren las vidas, de forma más o menos fragmentaria o extensa, de muchos otros, hasta 120, incluido el narrador. Este tarda en ser desvelado y no aniquilaremos el factor sorpresa aquí (descúbralo, pues, el lector). Dada la numerosa nómina de dramatis personae, el texto de la novela va seguido de una guía para que los lectores no se pierdan -con la dificultad añadida de lo extraños que resultan sus nombres para los hispanohablantes-  en forma de lista de personajes, agrupados por epígrafes temáticos o geográficos.


Foto del autor, Jorge Volpi (diariolatercera.com)
Además de las citadas tres mujeres hasta cierto punto excepcionales que protagonizan la novela −una elección de sexo con la que Volpi ha emparejado su novela con la revolución que el pasado siglo supuso en cuanto al papel de la mujer en muchas de las sociedades del planeta−, en ella aparecen un buen número de personajes históricos como Stalin, Mihail Gorbachov, Boris Yeltsin, Alexander Sholtzenitzin (autor de “Archipiélago Gulag” – testimonio esencial del horror soviético de los campos de prisioneros políticos), Ronald Reagan o George Bush I,  entremezclados los grandes hechos de la historia política, con especial énfasis en el desplome del gran imperio comunista y la decepcionante evolución posterior de la nueva Rusia. Hay espacio, asimismo, para algunas incursiones y reflexiones sobre la guerra (caliente, fría o de las galaxias - el blindaje antimisiles de Reagan), la carrera científica y la lucha por el dinero de los inversores bursátiles de Wall Street en torno al proyecto de genoma humano, la inteligencia artificial, el progreso de la informática, el capitalismo y las decisiones sobre las instituciones económicas internacionales adoptadas tras la Segunda Guerra Mundial (FMI y Banco Mundial) o el pensamiento de grandes economistas (Keynes y Galbraith). Un menú extraordinariamente proteico.

"Muñecos rusos"
(imagen: z8.invisionfree.com)

Por todas partes, la codicia, la lucha despiadada de unos seres humanos contra otros, el afán de ser más, de imponerse, de ganar, de vencer, de someter, de poseer, unos propósitos a los que todo lo demás, de manera más cruda o aderezada, con descaro o con coartada, va supeditándose. Una maldición genética que veda a la especie el sosiego con lo conseguido, que la empuja a desear sin descanso más o distinto. E igualmente ubicua, hasta entre los modernos misioneros de las oenegés y los primeros iluminados del ecologismo, la imposibilidad de la comprensión mutua y la armonía. No es rara la paradoja del desprecio profundo que el filántropo siente por el beneficiario de su abnegación y sacrificio y, más aún, por los otros filántropos, que no saben lo que se hacen porque nada han entendido. En el "ranking" de odios e incomprensiones la modesta diferencia con el vecino sitúa a éste muy por delante del común y lejano enemigo. En el ambiente, creencias, ideologías, grandes postulados, en declive o progresando, sueños individuales o colectivos a los que todos, de alguna u otra manera, se aferran, nos aferramos, y que se acaban revelando como mitos o mentiras, explicaciones insuficientes, edenes que nunca llegan (la mano invisible, el Estado que todo lo planifica y controla, la igualdad, la competencia, la ciencia, el mercado, etc.). Entre tanto, pasa la vida, de las personas, de las familias, de las ciudades, de las naciones, de las ideologías, de los sistemas económicos, de los regímenes políticos, de los descubrimientos científicos, de los logros tecnológicos, quedan las huellas, las heridas, los daños directos y colaterales de guerras, expolios y revoluciones, víctimas y triunfadores (incluso ambas cosas a un tiempo), y nada, absolutamente nada, resulta tal y como se esperaba.

Una de las críticas que ha recibido esta novela es la del consabido refrán con que el vulgo cruel, supuestamente sabio en su modesto realismo descreído, escarnece el exceso de ambición, esto es, que “quien mucho abarca poco aprieta”. Es cierto que la extensión temporal y geográfica, los muy diversas temas de fondo que se hilvanan a través de los personajes (tanto o más que viceversa) y la abundancia de secundarios que no lo son tanto obliga a Volpi a pasar así como a la carrera, despachándoselas de dos brochazos, por un gran número de escenas o situaciones, a pesar del relativamente largo metraje de la novela (516 páginas). La aceleración propia del pasar de puntillas, junto con la proliferación de hechos y personajes históricos, provoca que la novela adquiera a ratos un aire de enciclopedia novelada. Asimismo, ha de forzar bastante los acontecimientos y las casualidades para que los destinos individuales y los colectivos -intrahistoria e Historia- se enlacen mediante el contacto entre personajes novelescos e históricos, y ello además en un juego que tiene escala planetaria. Asimismo la elección del narrador tiene cierto tufo cinematográfico o folletinesco. La misma trama contada con una prosa ramplona, sin el aderezo de las reflexiones de calado o rebajadas en su profundidad y efecto frenada mediante los consabidos diálogos teatrales, tendría un inequívoco aire de serie de televisión -la forma estrella de la ficción en los últimos años (en términos puramente cuantitativos).

Gana altura literaria la novela en los períodos en que Volpi relega a un segundo plano los hechos históricos, se concentra en los personajes puramente novelísticos de la trama, y suelta las riendas de la forma de contar que constituye su suerte natural. En esas fases le brota un aliento poético que impulsa su imaginación y le otorga una personalidad definida y mucha más fuerza a su estilo. En esa línea se inscribe sin duda el preludio, una absorbente y dramática narración del accidente nuclear de Chernóbil. En “lo otro”, en lo más ceñido al dato histórico, se le nota en exceso contenido, en una provisional unión de hecho con un estilo más plano, aunque aún en límites tolerables, pulcro o correcto, gracias al apoyo en la precisión de los verbos y en la evitación de las fórmulas insoportablemente trilladas (recuerden, si pueden, algún best-seller que hayan tenido el estómago de soportar, aunque fuera sólo por espacio de unas páginas); pero se percibe un exceso de presión o censura interna para no alargarse demasiado, un empeño obstinado en ir llegando al final sin sobrepasar un número de páginas supuestamente disuasorio e indeseable. Las historias personales que durante buena parte de la novela discurren en distantes paralelos se van ovillando hacia el final, quizás menos logrado que el desarrollo de la novela. El desenlace tiene algo de “pim-pam pum”, se acabó, disuélvanse, por favor, hasta aquí hemos llegado. O igual es que, como ocurre en los puntos de quiebre de la historia y atestigua esta novela cuando han sido tantas las esperanzas que se depositaron en el cambio, que también los finales de las novelas tienden a generar decepción, más aún si se trata de novelas algo largas. O quizás sea simplemente que por todas partes sobrevuelan los muy humanos cambios de ánimo, ya sea a un lado del espejo, al otro o ambos, volubilidades o desarreglos anímicos de los que se encuentran muy conspicuos ejemplos entre los personajes de esta novela. 

En cualquier caso, “No Será la Tierra” es una lectura que deja recompensa, tiene fases de altura literaria, prometedoras de un talento que algún día encontrará el traje de su medida (o ha ocurrido ya entre tanto el feliz emparejamiento y simplemente este comentarista no se ha enterado), y constituye una excelente ocasión para recordar, o conocer por primera vez, el final de la Guerra Fría. En vez de ser escarnecido por su exceso de ambición o por haber traspasado rígidas fronteras de género, incursionándose en el habitual lodazal del thriller -en forma de combinado político-científico-detectivesco-, sin renuncia a “la novela literaria”, creo que Volpi merece el reconocimiento a la valentía que nos descubre la ambición de su empresa, que además no cabe en justicia declararla fallida, sino en una transitoria suspensión de pagos. Lo que sí puede es que haya muerto en el intento, en vista del ingente despliegue de esfuerzo narrativo y documental que se intuye detrás de su novela y, es posible, que a ello se añada el dolor por haber sacrificado en forma voluntaria la capacidad para hacer literatura que da la impresión que Volpi tiene. Por cierto, las reiteradas aposiciones, que inicialmente le despertaron recelo, han terminado por no disgustarle a este reseñista (Boris Yeltsin, de fuertes brazos; Gorbachov, pastor de hombres; Moscú, ciudad de anchas calles).