lunes, 22 de abril de 2019

Esperando a los Bárbaros (JM Coetzee)




John Maxwell Coetzee, nacido en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) en 1940, obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2003. En su fallo, la Academia sueca, institución a la que la Fundación Nobel le tiene encomendada la elección del ganador del Premio Nobel de Literatura desde que dichos premios se instituyeran allá por 1901 y en tiempos recientes bajo la lupa del escrutinio, destacó su "crítica sin piedad del racionalismo cruel y la moral cosmética de la civilización occidental", distanciándose siempre "del teatro fácil del remordimiento y la confesión". "Incluso cuando se transparentan sus propias convicciones, como en la defensa de los derechos de los animales, arroja luz sobre los fundamentos de esta convicción más que argumentar en su favor". El jurado dijo que la obra de Coetzee se asemeja al famoso cuadro de Magritte en el que un hombre contempla su propia nuca en un espejo, con personajes que, en los momentos decisivos, se quedan "detrás de sí mismos, incapaces de asistir a sus actos".

Esperando a los bárbaros” ("Waiting for the Barbarians") se publicó en 1980, es decir, cuando JM Coetzee tenía 40 años, y trabajaba como profesor de literatura en la universidad de Ciudad del Cabo, después de haber estudiado y trabajado en Londres y los EE.UU., y enseñado en este último país. Antes, había publicado dos novelas “Dusklands” (Tierras de poniente, 1974) y “In the Heart of the Country” (En medio de ninguna parte, 1977) . Fue su siguiente novela, "Life and Times of Michael K." (Vida y época de Michael K. 1983),  ganadora del Booker Price e impulsora de su fama. Coetzee fue, por cierto, el primer autor en conseguir dos veces ese premio. La segunda vez, por la muy celebrada “Disgrace" (Desgracia, 1999).



Coetzee ya deja ver algunas de sus señas de identidad como escritor en “esperando a los bárbaros”, aunque se han ido acentuando, o perfeccionando para quienes lo admiran precisamente por eso, en su obra posterior. En esta novela se aprecia su tendencia al control de la verbosidad, su concisión casi lírica y, a la vez, árida y dura, como las tierras donde sitúa sus narraciones[i]. Las palabras están contadas, medidas, sin perjuicio de la profundidad de su pensamiento, de la definición completa de sus personajes y, lo que es más difícil, sin que se sienta como el autor se contiene de forma deliberada, venciendo otra inclinación. Coetzee se muestra muy pausado en las pocas entrevistas habladas que concede, piensa muchos aquello que dice y, en ocasiones, puede ser lacónico en sus respuestas, sobre todo acerca de su obra. En "esperando a los bárbaros" ejerce gran protagonismo el paisaje, la interacción entre el hombre y el medio físico en el que habita. Un componente fundamental en las otras dos novelas suyas que he leído hasta la fecha (“Desgracia” (Disgrace, 1999) y “Verano” (Summertime, 2009), una autobiografía novelada, se dice). Si el hombre altera el medio, las características del entorno concreto en el que aquel habita también conforman al ser humano, tanto al individuo como a las sociedades.

En esta novela no sabemos cuándo ni dónde transcurre la acción. Deducimos, por el escaso grado de desarrollo tecnológico, que en un tiempo lejano y sabemos que la ciudad-fortaleza en que principalmente se desarrolla la trama se encuentra situada en un lugar fronterizo, muy alejado de la capital de un gran imperio. Del mismo modo, el lector irá descubriendo, muy paulatinamente y no del todo, la identidad del protagonista y narrador. Se genera así un cierto carácter simbólico o alegórico que empuja al lector a tratar de averiguar el dónde y el cuándo, que le hace conjeturar. También se refuerza la universalidad de las peripecias narradas. Los conflictos, dilemas, temores, bajezas y cuestiones éticas que aborda la novela, así como los apetitos, desde la comida, al poder, pasando por el erotismo y el sexo, podrían abordarse de la misma manera saltando bastantes siglos en la historia, en cualquiera de los dos sentidos. Menos, mucho menos, en el espacio. La aspereza de la tierra, el clima extremo, el apartamiento, la condición remota y fronteriza del lugar, como Sudáfrica, son esenciales, pero en el mundo no deja de haber muchos sitios así. Todo imperio los ha tenido y los tiene.

En “esperando a los bárbaros” se difuminan las condiciones, los roles, las líneas divisorias. ¿Quién es el bárbaro, quién el civilizado? ¿Quién el humano evolucionado y quién el salvaje? Invocando ciertos principios se puede actuar de forma exactamente contraria. El miedo a lo desconocido, la atribución a los otros, los que son distintos, los bárbaros, de una condición inferior, salvaje y despiadada que ese temor dispara, propalado por iamginaciones, rumores, falsos indicios, sospechas, de toda clase atributos negativos es central en esta novela. La presencia decisiva del miedo me ha recordado en algún momento a la muy posterior, contemporánea y urbana, “El País del Miedo, de Isaac Rosa, también reseñada en este blog. Puede ser que el miedo nos haga ser justamente aquello que nos aterra y que saque lo peor de nosotros como individuos y, más aún, como sociedad. Un enemigo exterior, cuya condición vil nos devuelva de paso una imagen mejorada de nosotros mismos en el espejo, le resulta de gran utilidad al poder. Aglutina al grupo, lo distrae, justifica medidas excepcionales, desarbola tibiezas, relega a secundarias y contraproducentes las formas, normas y procedimientos. A su vez, refuerza la necesidad de que nos otorguen su protección quienes administran el poder del Estado, cuya importancia social no deja de crecer exponecialmente, pues el miedo nutre al poder, generando mucha obediencia y una gran dependencia del poder político y los militares.

Cuando esta novela se publicó, el régimen de segregación racial, el llamado apartheid, era el principio rector del sistema legal y político sudraficano. Las personas de raza negra no podían moverse ni fijar su residencia libremente dentro de Sudáfrica, ni bañarse en las mismas playas o sentarse en los mismos bancos que las personas de raza blanca. Por supuesto, no tenían derecho al voto y muchos vivían hacinados en guetos en torno a las grandes ciudades, en condiciones de pobreza, violencia y desesperación. Fuera de los refinamientos de la civilización, inadmitidos al paraíso del bienestar, privados de sus beneficios, en la barbarie. Entre otros, les eran ajenos la educación, la ley y el orden. Se les consideraba legalmemnte trabajadores extranjeros sin derechos políticos. Se crearon, asimismo, supuestos estados independientes, llamados batustanes, de los que se consideraba eran nacionales los negros, de forma que al carecer de la nacionalidad sudafricana nada tenían que pedirle al Gobierno de Pretoria. El apartheid no fue abolido hasta 1992.

Gran parte de la crítica literaria vio un claro paralelismo entre "Esperando a los bárbaros" y la situación político-social de la Sudáfrica de finales de los años 70, tiempo en que fue escrita. Coetzee ha tomado posturas políticas claras y valientes a lo largo de su vida, desde la protesta en los EE.UU contra la guerra de Vietnam que le hizo perder su permiso de  residencia en dicho país, a la crítica del apartheid, y posteriormente de la corrupción política de su país natal, después de la predidencia de Nelson Mandela. Una disconformidad que lo le llevón a trasladar su residencia a Adelaida en 2002 y a aceptar la doble nacionalidad, que le otorgó el gobierno australiano en marzo de 2006. 

Asimismo, J. M. Coetzee se ha comprometido públicamente en la defensa del bienestar animal, en especial, en la forma de explotación de diversas especies destinadas al consumo humano. Pero todo eso lo ha hecho, como ha señalado Antonio Muñoz Molina, sin tener “nada de personaje público” y pareciendo a la vez “tan refractario a la política como a la retórica”, compaginando su condición de novelista de resonancia universal con ser “un hombre que vive en privado y que no alza la voz, porque un escritor de verdad nunca habla a gritos, ni por megafonía, ni se dirige a multitudes, sino a cada persona, una por una, a cada lector, en el tono de una conversación confidencial”.




[i] Coetzee visto por Muñoz Molina (2010):

Me gusta mucho J.M. Coetzee. Me gusta su manera de escribir y su manera de ser escritor, esa reserva, esa falta de pomposidad que ha mantenido incluso después del Nobel. Me da envidia su estilo tan austero y flexible, que a veces tiene algo como de neutro enunciado, de exasperante aridez: la aridez que puede haber en las almas y en las vidas de las personas, y en esos paisajes de Sudáfrica y de Australia contra los cuales uno imagina que resalta su figura solitaria como la de un eremita en un desierto”.


martes, 29 de agosto de 2017

"EL PAÍS DEL MIEDO", una novela de Isaac Rosa


Hace ya unos años hablando con Ángeles Maeso —poeta, ocasional novelista y coordinadora entonces de un taller de escritura al que asistí unos pocos meses— salió el nombre de Isaac Rosa. Fue en una de nuestras habituales conversaciones fuera del aula, que para mí eran lo más interesante, aunque tal vez ella estuviera deseando que se acabasen los obstáculos para llegar hasta su coche y poder, al fin, marcharse a casa. Recuerdo que le comenté que, a mi juicio, había algunos temas de los que la ficción literaria apenas se había ocupado, mientras que otros se repetían y repetían, en grado ya muy cansino. Entre los muy trillados, las historias de amor y las guerras. En particular, en el caso español la Guerra Civil. Y entre los menos tratados, a pesar de su gran importancia en la vida de la gente, el  ámbito o tema laboral. Coincidió conmigo en la apreciación y me recomendó, no obstante, una novela que trataba del mundo del trabajo: “La mano invisible” de Isaac Rosa. Tal vez ambos, con algún conflicto laboral no muy lejano en nuestras biografías, éramos especialmente sensibles a ese tema. Pero no éramos, por desgracia, ninguna excepción, con la crisis golpeando duramente el mercado laboral. También me acuerdo de que apostilló que Isaac Rosa era uno de los escritores que más le gustaban entre los jóvenes.

La poeta y profesora María Ángeles Maeso

Y de aquellos polvos vienen estos lodos o, más bien, aquella semilla ha terminado por germinar y dar, no me importa adelantar el juicio, un muy buen fruto. Justo antes de las vacaciones me hice con dos novelas de Isaac Rosa, la ya citada “La mano invisible” (2011) —a la que espero hincarle pronto el diente— y otra más, la que da título a esta entrada: “El país del miedo”. Curiosamente, la primera novela que publicó Isaac Rosa Camacho, allá por 1999, se tituló “La malamemoria” y trataba, ¡otra más!, sobre la Guerra Civil española. De hecho, posteriormente fue reelaborada en “¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!(Seix Barral, 2007), del mismo modo que el nombre de su autor fue reelaborado para lo sucesivo— bueno simplemente acortado— como Isaac Rosa.

La pregunta que me hago ahora es por qué empecé por esta, El país del miedo” (Seix Barral, 2008),  y no por la recomendada, la que trataba del mundo laboral. Esas cosas nunca se tienen claras del todo. Pero creo que fue debido a que me llamó ya la atención su título, leí la contraportada, empecé a leerla, tiró de inmediato de mí río abajo y, siendo además relativamente breve (314 páginas, en la edición que yo he manejado, la primera), ya no me detuve hasta el final. Puede que, como suelo hacer, postergara lo que se espera de mí, lo que yo mismo espero hacer, pero no hago. En todo caso, ha sido sobre todo culpa, quiero decir mérito, de Isaac Rosa porque la novela me ha enganchado, ya desde su intrigante título, complementado con una bella composición de la cubierta, obra de María Antonia Pérez, en la que aparecen Margaret Hamilton, en el Mago de Oz (1939) y su inquietante sombra.

Me ha gustado el tema, el miedo, y no recuerdo ninguna obra de ficción que lo trate con la continuidad y profundidad con que lo ha hecho Isaac Rosa. Por supuesto que el miedo se ha explotado como recurso de la ficción literaria desde varios siglos atrás. Para empezar el miedo es un componente esencial de muchos cuentos infantiles tales como Caperucita roja, Los tres cerditos y el lobo o Juan Sin Miedo, entre muchos otros. Relatos que leen , o les cuentan, los padres a sus hijos y con los que se nos inocularon los primeros miedos. Un miedo que sigue de forma inmediata al más primario y ancestral de todos: el miedo a la oscuridad. Pero el miedo ha constituido de forma habitual el medio, esto es, el recurso o mecanismo y no el tema. Así, en las novelas policíacas, los thrillers o las novelas de terror. Por ejemplo, “Drácula”, de Bram Stoker (1896), o “Dr Jekyll and Mr Hyde”, de Robert Louis Stevenson, (1886). E incluso en narraciones de corte documental, como la célebre “A sangre fría” de Truman Capote (1966). "El país del miedo", por contra, indaga en el repertorio de los miedos contemporáneos, que suman otros nuevos, o más bien reelaboraciones o adaptaciones de los esenciales, clásicos o incluso innatos. Unos miedos que son, a un tiempo, comunes, infundados muchas veces, casi siempre exagerados, y puede que, no obstante, inevitables.

        Retrato de Isaac Rosa, 
        obra de Carlos velasco para Diagonal
El País del Miedo, como dice la contraportada de la novela, es un lugar imaginario, sí; pero no indefinido o lejano, en absoluto. Es un lugar, un paisaje que todo habitante de una ciudad grande, o hasta mediana, de un país algo desarrollado reconocerá. Y su protagonista, apenas definido, es su habitante, junto con su mujer y su hijo, quien también lo habita a conciencia. La narración es una inteligente recopilación de los miedos urbanitas y contemporáneos, de los fundados y los infundados, de todo eso que anida en nuestro fuero interno, pero suele callarse porque casi nadie quiere presentar de sí la imagen medrosa que reflejaría el espejo con una simple enunciación de los miedos que pueblan nuestra mente. La indefinición del personaje, más allá de unos pocos rasgos imprescindibles, permite paradójicamente la mayor identificación de los lectores. Es probable que no sean tantos los lectores que tengan el catálogo completo de los miedos que reúne Carlos, ni los que se dejen influir por ellos tanto como él. Pero me temo —como ven, el miedo cala en el lenguaje mismo— que tampoco serán pocos los que sí los tengan y, más aún, los que en algún momento de sus vidas, o muchos, los han sentido o imaginado. Por la educación recibida, por la experiencia de la vida, por el uso intensivo que la ficción y, en especial, la cinematográfica han hecho del terror, somos adictos a esa emoción en que se enredan, formando un revoltijo inseparable, el rechazo y la atracción.

Nos tapamos la cara y dejamos los dedos entreabiertos, sufrimos disfrutando del miedo, de ese cosquilleo eléctrico, con alguna vaga resonancia de placer sexual, que nos eriza el vello y acelera el corazón. Las sombras nocturnas en la casa vacía que adoptan, a nuestros asustados ojos, la forma de acechantes e intrusas presencias humanas; el aparcamiento subterráneo solitario en el que resuenan , magnificados por el eco, los propios tacones de la mujer que busca la plaza donde aparcó. ¿O se oyen más pasos? Se detiene y comprueba si cesan. La calle oscura en que sentimos detrás los pasos de alguien,  cada vez más próximos. El crujido repentino en la noche de no se sabe qué. Esos estados en que cualquier ruido o presencia inesperada sobresalta a quien ha sido apresado por el miedo y cualquier forma, roce o ruido hace, como decimos gráficamente, que nos dé un vuelco el corazón. O los nervios que nos aturden e incapacitan… El otro conductor al que intuimos por la ventanilla fuerte y violento, un tipo pendenciero, dispuesto y habituado a la bronca y la pelea, al que no sabemos qué decirle para ni dejarnos apabullar, ni provocar una espiral del conflicto que acabe en pelea, en la que nos anticipamos perdedores. Al final, incapacitados por los nervios, por el miedo -para dejarnos por una vez de eufemismos-, nos privamos de afearle su conducta o de replicar a sus expresiones irrespetuosas o insultos. Como hace muy poco me dijo mi hijo estando lejos de la orilla, en aguas cada vez más oscuras: “con el mar todo el mundo habla de respeto, sí.  No es que le tenga miedo al mar, pero sí respeto… ¡Lo que pasa es que están acojonados!”.

Miedo
Fotografía de Andrea Floris
Sin un solo diálogo expreso, aunque naturalmente se narran bastantes conversaciones, valiéndose de un lenguaje cuidado, pero no preciosista, ni rebuscado, con gran eficacia narrativa, Isaac Rosa recurre a un narrador de apariencia muy clásica, en tercera persona, también indefinido y bastante omnisciente. Una voz que por momentos se confunde sin tapujos con el propio escritor, pero que otras se aleja del mismo y se acerca al interior de los personajes. Hay, por supuesto, una historia, una peripecia personal que afecta a un reducido grupo de personajes, en esencia, un padre, un hijo, una madre y un cuñado. Casualmente, en eso tiene algún parecido con “Breaking Bad” así como en el desarrollo de la acción en un entorno con tendencia a resultar inhóspito, un lugar elegido, se diría, de forma arbitraria como asentamiento humano. Un entorno desapacible que desencadena el reflejo de encerrarse en casa, en el hogar, ese reducto de seguridad, calor y confort, reforzando la sensación de miedo al exterior. La historia de fondo de la novela, el hilo conductor cabe decir con mucha razón en este caso, es precisamente un tema muy de moda en los últimos años y que la narración desgrana lentamente, de poco en poco. Volviendo a las metáforas textiles, la peripecia narrativa es un hilo de lana que el narrador va desovillando de forma paulatina y esporádica, por lo que el lector entra en el juego de detectar las pistas e ir conjeturando. No debo ni quiero, por tanto, privar de esos alicientes a ningún potencial nuevo lector de “El país del miedo”. Pero, por encima de todo, el autor de "El país del miedo" nos admira y entretiene con su conocimiento de la conciencia y las emociones humanas, nos traslada desde experiencias concretas y contemporáneas a lo universal e intemporal por el conducto del miedo.

Isaac Rosa ha logrado un punto medio exacto, virtuoso me atrevería a decir sin exageración, en el que acción y personajes resultan a la vez tan concretos e individuales como genéricos o intercambiables por cualesquiera otros. Asimismo, hay un equilibrio admirable entre narración y reflexión. Ambas se entretejen de forma que rara vez pueden discernirse y que, lejos de anularse en un juego de fuerzas contrarias, se potencian entre sí y realzan el vigor e interés de la novela. Tal vez haya momentos en que la novela se haga un poco asfixiante, pesada en el despliegue progresivo de los inagotables miedos. Hay fases en que todo lector deseará, probablemente, aire fresco, un cambio de tema; pero ese es otro logro de la narración. Es así como quien la lee experimenta en carne propia y mediante el solo hecho de la lectura la presencia expansiva del miedo. Un miedo que se une a los miedos que todos hemos experimentado a lo largo de nuestras vidas. O imaginado, pues esa es la vestimenta que más se pone el miedo, un elemento que como el aire o el agua tiende a filtrarse por el más ínfimo resquicio y a ocupar, alojarse puede que “ad æternum”, en el interior de los cuerpos sólidos en los que logra penetrar. El lector se plantea el  difícil deslinde entre el efecto útil del miedo (la prevención y evitación de los peligros y amenazas) y el nocivo, esas múltiples ocasiones en que paraliza la acción y es fuente de constantes sufrimientos. No resulta muy difícil imaginarse, poco a poco, siguiendo la conducta de Carlos, protagonista de la narración y padre de una “víctima” —tal vez del miedo más que de nadie o nada—, una de tantas. Sin oponerle resistencia cualquier fuerza puede empujarnos, cada día un poco más hasta acabar arrinconándonos, del mismo modo que un lento pero constante goteo acaba por horadar la piedra. Complicado saber, por más que creamos que en el conjunto no habríamos obrado igual que el protagonista, en qué momento hubiésemos frenado la espiral, ya que el camino va transformando a quien lo recorre. Nuestros actos conforman nuestro carácter y la inacción, en consecuencia, la ausencia del mismo (1).

Isaac Rosa Camacho recibiendo en 2009 el Premio de Novela
Fundación José Manuel Lara Fernández por "El país del miedo"

Una de las facetas en las que resulta particularmente abstracta la novela es en lo laboral. Se menciona infinidad de veces que los personajes van o vuelven de trabajar, que piden algún permiso, que modifican sus horarios e incluso que se llevan, de modo ocasional, trabajo a casa. Pero ese otro mundo, el del trabajo, es aquí un ente abstracto, indefinido, un lugar y un tiempo que quedan por completo fuera de esta novela, salvo en unos pocos casos, sobre todo, sobre todo en uno de los personajes y hacia el final. Tal vez por ello resulte una introducción perfecta a “La mano invisible”, para que la otra cara de la tierra salga de la sombra nocturna y la luz del sol nos revele su compleja topografía.

“El país del miedo” es, en suma, una novela original, virtud que, al menos a este lector, al que le cuesta horrores lidiar con “el más de lo mismo”, le parece una de las mayores que puede tener a estas alturas – de la historia de la literatura y hasta de su vida lectora- una obra literaria. Es en conjunto una lectura muy satisfactoria. Es ahora, al escribir esta reseña, cuando he sabido que la novela fue elegida Premio de Novela Fundación Jose Manuel Lara en 2009, un premio que doce grandes editoriales conceden a la que consideran la mejor novela en castellano publicada durante el año anterior. Una obra que hace pensar nos encontramos, posiblemente, ante uno de los mejores novelistas españoles de hoy día, en especial si consideramos que su autor estaba en el inicio de la treintena cuando la escribió. Un autor probablemente llamado, por tanto, a ser un nombre principal en nuestras letras en los próximos años.

A diferencia de a un avión o un concierto, a los libros y los escritores nunca se llega tarde. Uno tiene siempre abierta, 24/7, la puerta para entrar y ponerse al día en el resto de la obra de su personal descubrimiento. Esa es, tras lo leído, mi intención. Veremos si esta vez es de esas pocas en que sí hago lo que espero hacer…


(1) Esta idea me ha recordado una conocida cita de Mahatma Gandhi: "Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino."

sábado, 29 de julio de 2017

"La España vacía. Viaje por un país que nunca fue" (Sergio Del Molino)


Reseña del ensayo del periodista y escritor, o viceversa, Sergio del Molino (Madrid, 1979), publicado en abril de 2016 por la editorial Turner Noema. Una obra que ha obtenido un gran éxito de público (van tres ediciones y nueve reimpresiones hasta marzo de 2017) y ha sido muy alabada por la crítica (Andrés Barba, El Cultural) e incluso por alguno de los más reconocidos escritores españoles contemporáneos (Muñoz Molina, Babelia).

  • El camino hacia el libro
Hace ya unos cuantos años di por casualidad con un blog, entretenido y bien escrito, que publicaba un chico joven, ya por entonces algo más que yo 😊, que vivía en Zaragoza, cosa más bien rara entre quienes logran notoriedad profesional. Para los que pudieran no saberlo, la capital de Aragón es, sin duda, una ciudad de considerables dimensiones —su población se acerca a los 700 mil habitantes. Pero parece exigirles a quienes quieren “hacer carrera de verdad”, tal vez de forma más imperiosa que otras de su rango de tamaño, que elijan entre irse a vivir a Madrid o Barcelona. Igual tiene algo que ver que Zaragoza se encuentre en el camino que une ambas ciudades y casi a la mitad. 

Aquel "chico" —se trataba obviamente de Sergio del Molino, que parecía tener bastantes más lectores de lo habitual en un blog personal de quien no era propiamente famoso, escribía también en el periódico “el Heraldo de Aragón”, hacía algún pinito, creo, en la televisión aragonesa y me parece recordar que por entonces empezaba a escribir libros, principalmente ficción. Había, o empezó más o menos por entonces, también una historia personal triste detrás, la de un hijo pequeño gravemente enfermo, al que llevaron para un tratamiento médico a Barcelona. Luego le perdí la pista a Sergio del Molino, pero aparecía aquí y allá en la prensa, principalmente por reseñas y alguna entrevista a raíz de los libros que iba publicando. Al fin compré uno de ellos, y aquí me tienen, recién llegado para contarles lo que me he parecido.

Sergio del Molino
(fotografía de autor y fuente desconocidos)
  • ¿De qué trata la España vacía? 
A pesar de que he terminado muy recientemente su lectura, aunque medió una parada de un par de semanas, no tengo nada clara la respuesta a esta cuestión. Es probable que parte de la culpa sea mía y de la citada pausa, ya que se queda uno bastante mejor con lo leído del tirón. Pero otra parte creo que, para bien o para mal, es atribuible a la propia obra.

Recurro a la consulta de los títulos de los capítulos, pero, dada su originalidad, resulta inútil como ayuda. Estos van desde “la historia del tenedor” a “una patria imaginaria”, pasando por “la ciencia del aburrimiento” o “la belleza de Maritornes”. En cómo ha nombrado Del Molino a cada una de las tres partes en que ha dividido “la España vacía” sí se encuentra una mejor guía, un refresco para la memoria: “el Gran Trauma”, “Los mitos de la España vacía” y “El orgullo”. 

El ensayo parte de una realidad muy singular de España y a la que se ha prestado escasísima atención: España es un país muy despoblado por comparación con los de su entorno y aún más allá, en el que se pueden recorrer largas distancias sin pasar por ninguna población, pasar mucho tiempo del viaje sin ver siquiera un pueblo en lontananza. Vastas porciones del territorio están despobladas y al poco de abandonar las grandes ciudades se encuentra el viajero, de forma abrupta, ante el paisaje deshabitado. 

El gran trauma, título de la primera parte, hace referencia al ingente movimiento migratorio del campo a la ciudad que se produjo en España entre 1955 y 1975, aproximadamente, si bien se inició bastante antes y ha continuado después, pero de forma más lenta o paulatina. El gran éxodo, el abandono precipitado de miles de pueblos —muy principalmente de los situados en lo que el ensayo llama la España interior y vacía (Castilla y León, Extremadura, Castilla-La Mancha, La Rioja, Aragón, así como las regiones asimilables del interior de Andalucía, Murcia y Levante)— que llevó a millones de personas desde los pueblos en que habían vivido generaciones y generaciones de los suyos a establecerse en la periferia de las grandes ciudades, como Barcelona, Madrid o Bilbao. Una buena parte de España se despobló de forma acelerada y los extrarradios de las grandes ciudades españolas se llenaron, casi de un día para el otro, de barriadas donde la gente se hacinaba en bloques de viviendas construidas a la carrera. Gente que se encontraba, de improviso, ante un trabajo, un entorno y, en suma, una forma de vida completamente nuevas: la ciudad, la gran urbe.

“Los mitos de la España vacía” —la segunda parte— viene a ser la refutación de la inmensa mayor parte de lo que se ha escrito, cantado o dicho de la España vacía a lo largo de varios siglos. En ella se aborda, entre otros temas o aspectos: el crimen de Fago, “la cuestión de las Hurdes”, las misiones pedagógicas y  la figura de Fernando Giner de los Ríos, la estancia del poeta Gustavo Adolfo Bécquer a los pies del Moncayo, el paisaje de la Mancha que ve y narra Cervantes en "El Quijote", la literatura de los viajeros europeos, principalmente, que han visitado España (Antonio Ponz, Théophile Gautier), las visiones esencialistas de Castilla de los andariegos Azorín y Unamuno, la mirada de Machado al mismo paisaje, el mítico presentador de los 40 Principales, el navarro Joaquín Luqui -sí, no desvarío-, el carlismo y su larga influencia; o los falsos tipismos que se ofrecen al turista, incluido el español o principalmente a éste, que busca en muchos pueblos del interior un pasado idílico, entre lo colectivo y lo personal, un pasado que, por supuesto, nunca existió. De ahí, el segundo título del ensayo: “Viaje por un país que nunca fue”.

El Orgullo”, la tercera parte, viene a ser un alegato generacional alusivo a la hasta cierto punto reciente actitud con que se ha pasado a sentir el pasado rural cercano de padres o abuelos, al que siguió la residencia masiva en las periferias de las grandes ciudades, sobre todo Madrid y Barcelona, con abundantes referencias musicales y literarias a todo ello. Simplificando mucho, el tránsito de un cierto complejo o sentimiento de inferioridad frente al urbanita de varias generaciones y habitante del centro de las ciudades, al orgullo por un pasado de pueblo y residencia en los municipios del cinturón o periferia de la gran ciudad, todo ello mezclado con la cuestión de las clases sociales y la evolución en el trato entre las mismas.

Ante la dificultad de entrar en la interpretación que realiza Del Molino de la infinidad de hechos históricos y demográficos, de personas y personajes, principalmente literatos junto con algunos músicos, y de tantas otras cuestiones como aborda el libro, me serviré del siguiente esquema binario. Seguro que hace las delicias de los amantes de las presentaciones en PowerPoint, lo que no parece ser el caso de Sergio del Molino, ni tampoco es el mío.

(Fuente: Webquest Creator 2)

·       Qué me ha gustado de "la España vacía"

Aborda algunas cuestiones huérfanas de atención editorial desde hace décadas, fuera de la literatura científica y la ficción. Me refiero a la España interior, área semi-deshabitada con enormes espacios en los que no hay núcleo de población alguno, y a la emigración masiva del campo a la ciudad. Un movimiento que en poco más de dos décadas (aproximadamente, 1950-1975) transformó sustancialmente España. Varios millones de personas abandonaron miles de pueblos, dejaron de vivir del campo y se encontraron viviendo una recién estrenada vida urbana (o algo parecido, pues la vida de los "pueblos-extrarradio", algún tiempo llamados "ciudades dormitorio" presentaba sustanciales diferencias con la de la ciudad misma, en especial, la de su centro). Si nos remontamos apenas dos generaciones, el éxodo afecta a la historia familiar y a la identidad de una parte grandísima de la actual población española.

La escritura ágil, vigorosa y bastante elegante de Sergio del Molino, capaz de mantener la atención del lector, quien lo sigue, sometido a cierto encantamiento de la prosa, con frecuencia hacia no se sabe dónde. En cuanto a tono y estilo ha logrado un difícil equilibrio entre un lenguaje llano y directo, y el ocasionalmente más culto y elevado.

Las lecturas numerosas y el esfuerzo de documentación, incluidas numerosas referencias al cine, que hay detrás del ensayo, mezclado con las experiencias personales y familiares directas del propio autor, quien ha vivido y se ha pateado, por deber y placer parte de la geografía de la España interior, .

Sobre la marcha se aprenden, o se refrescan, bastantes datos o conocimientos, algunos de los cuales se quedaron, o los dejamos, en las aulas escolares, y otros nuevos (como las engañosas convenciones de la cartografía).

Sus páginas desprenden una mirada amorosa y mucho sentimiento por las realidades de las que se ocupa y, en especial, por la España semivacía y olvidada, así como por el mundo rural, el campo y sus gentes, tan maltratados por la política y objeto de burlas por muchos urbanitas. Puede que incluso sean los mismos que a la vez idealizan todo lo rural, un paraíso ideal al que hacen viajar a su discreción en el tiempo, un mundo que sólo existe en sus cabezas: sencillamente, un mito.

La visión mesurada del contraste entre el campo y la ciudad, ambas formas de vida con sus pros y sus contras, y también la realidad incontestable de las cifras de una y otra, así como el reducido impacto del fenómeno de los neorrurales.

·       Qué no me ha gustado del libro

La sensación final, como un retrogusto lector, de amalgama o popurrí de temas, algunos de ellos bajo sospecha de arbitrariedad o capricho, a la vez que la cuestión principal era parcialmente abandonada en el camino.

El exceso de referencias musicales, o asimilables, a las que el autor otorga mucha fiabilidad como explicación de la realidad. En particular, el caso de Joaquín Luqui y su insistente asociación, sin justificación alguna con el carlismo, e incluso contraste o comparación con Francisco Tadeo Calomarde, un rústico ministro de Felipe VII.

El extenso tratamiento del carlismo, movimiento e ideología política que presenta un peso probablemente desmedido en la obra, al menos, en proporción a otros movimientos y períodos históricos sobre los que se pasa de puntillas, o directamente no son tratados.

La convicción que va trasluciendo el ensayo, hasta hacerse cristalina hacia el final, en los errores en la mirada e interpretaciones de cuantos le precedieron  en la observación o interpretación de la España vacía —algunas desenfocadas, otras puros desvaríos, y alguna que otra, mentiras o afirmaciones mal intencionadas— frente al conocimiento, bondad y equilibrio logrado por la generación del autor al reflexionar, y hasta sentir, sobre la España vacía y el contraste entre el pueblo y la ciudad.

Del Molino da muestras de tener una enorme fe en el determinismo generacional, y no es menor su creencia en su propia capacidad para conocer y expresar lo que piensa y siente toda su generación (el autor nació en 1979).


·       ¿Conclusión?

¿Es obligado presentar una o varias, o puedo hacer, como el propio ensayo que aquí reseño, quedarme en descripción y opinión, junto con algunas que otras conjeturas interpretativas y el resto que lo haga el lector, si le apetece?

A mi juicio esta segunda opción es totalmente lícita y no es por escurrir el bulto, que conste. La reducida nómina de tesis y la ausencia de conclusiones creo que constituyen un presupuesto o condición previa ineludible para que este ensayo, o lo que fuere, no incurra en dogmatismos y en la emisión constante de opiniones, como tantas veces ocurre. El carácter principalmente enunciativo de “La España vacía” es lo que permite al autor presentar muchos hechos de forma neutral, sin claros sesgos y sin esconder aquellas partes de la foto que no sustentan sus opiniones o juicios, no demasiado numerosos. Para bien o para mal, el autor no es un demógrafo, ni un geógrafo, ni un historiador, ni tampoco un sociólogo, sino un periodista y escritor, y como tal ejerce en este libro. En consecuencia, este ensayo tiene mucho de crónica y menos de tesis o conclusión razonada y justificada, aunque algunas haya a lo largo del recorrido que ha trazado su autor.

En el afán clasificatorio que a menudo nos domina tal vez se abuse de la etiqueta ensayo, y se le cuelgue a toda obra que, no siendo ficción, contenga un número importante de referencias históricas, algunas cifras, numerosos nombres de autores y obras, algo así como lo que Karlos Arguiñano llama “el fundamento” de un plato o guiso. Esto sí es una tesis, o hipótesis al menos, y me ha sacado un poco de la cuestión, lo admito. ¿Pero eso es bueno o malo, es un defecto o una virtud para quien lee esta reseña? Supongo que dependerá de cada cual. 

Pues bien, otro tanto pasa con el ensayo o crónica “La España vacía. Viaje por un país que nunca fue” del madrileño-valenciano-zaragozano, siguiendo su cronología vital, Sergio del Molino. Lo que casi, casi podría asegurar es que, si al potencial lector le gusta de verdad leer, tiene cierta afición por la cultura y la historia, y en particular por saber más de España, el libro no le aburrirá.

viernes, 21 de abril de 2017

La vocación política

©Vergara

"Papá, quiero hacerme político"


—Papá, este septiembre espero acabar ya la carrera y he pensado que me gustaría ser político.

—¿Sí? ¿Eso es lo que quieres hacer?¿Ya se pasó lo de montar un bar de copas y una escuela de kitesurf en Tarifa con tus amigos?

—Eso era una mierda. Mucho trabajo y poca pasta. Y si contratas curritos, te van a robar, fijo. Es imposible llevar un control. Me acabé dando cuenta, ¿sabes? Ahora lo que me gustaría es meterme en política, dedicarme a eso. No por el poder, por tener un cargo o ser conocido, ni tampoco por las oportunidades de enriquecerse y de pasarme luego al mundo de la empresa, como tú.  Lo que me tira, lo que de verdad quiero es participar en los asuntos generales, actuar por el bien común, servir a los ciudadanos y a mi país, contribuir a un futuro mejor, sobre todo para jóvenes, como yo. Y, además, tú conoces a bastante gente.

—¡Coño, hijo, pareces otro! Te lo has preparado, ¿eh? Porque no te había oído hablar así de bien en tu vida. Y, además, veo que tienes potencial porque ni a tu padre le dices la verdad de lo que piensas y quieres.

—¿Qué pasa, es que no convenzo?

—No, tranquilo, no es eso. Es que conozco muy bien cómo va el tema y te conozco a ti, claro. Tienes, eso sí, que introducir algún elemento agresivo en tu discurso, ir también contra alguien, lo que no soportas y nos hundiría a todos si tomamos o seguimos ese camino. Elige enemigo, a los que menos tragues, y probamos a meterte en las filas de los de enfrente, o sea, que te colocaré entre los enemigos de tus enemigos. Y si no funciona bien, pues hacemos al revés. ¿Entiendes?

   Sí creo que he pillado la idea. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos

   Sí, en esencia, viene a ser eso. No te preocupes, que ya lo iremos viendo sobre la marcha. Dime, ¿has publicado algo o hablado de política en redes sociales?

—No, qué va, de eso nunca. Todos mis colegas y yo pasamos de política. Bueno, yo ahora ya no.

—¿Y tienes algunas creencias políticas, preferencias o algo así? ¿Derecha, izquierda? ¿Liberal-conservador, reformador-progresista?

—No sé, eso me lo tendría que mirar un poco, ¿vale? Me suena todo, eh, sobre todo lo de gente de derechas y de izquierdas, pero algunas otras cosas que has dicho no las tengo muy claras. Y me da que al final me iba a dar igual, que no sabría bien qué elegir.

—Mejor, eso me lo pone más fácil. Tanteo en los dos lados y dónde más nos ofrezcan, allí que te meto.

—¡Genial, papá! ¿Y si no apruebo Derecho en septiembre?

—Mejor aprueba, pero tampoco te agobies mucho con eso. La licenciatura con 27 años me lo pone un poco más fácil, pero no es fundamental que tengas la carrera terminada. No serías el primero, ni el último. Les venderé tu enseñanza bilingüe. Lo de los idiomas lo llevan bastante mal y eso podría ayudar, les irá bien tener y lucir alguno que sí hable inglés con fluidez y pueda manejarse en francés. Es algo muy objetivo y la calle ya se los toma a coña a cuenta de los idiomas.

—Bueno, digamos que me defiendo en inglés, ¿vale?. En francés… ¡Uf! No creo que pueda mantener una conversación con normalidad. Lo paso fatal hablando con los surfistas franchutes. Se descojonan de mí.

—Vamos a ver. Pero tú qué eres, hijo, ¿tu propio enemigo? Tú hablas un inglés casi tan bueno como el del Príncipe de Gales y tienes, además, un nivel avanzado de francés. Y si tus estudios universitarios se están alargando, muy ligeramente por encima de la media, es por tu intensa dedicación a los deportes de competición y al voluntariado social e internacional. ¿Entendido?

—Sí, sí. Esto lo he pillado perfectamente a la primera, ¿vale? Y tú, papá, sabiendo tanto de política y los mazo contactos que tienes, ¿por qué no te has dedicado a eso?

—Yo prefiero los negocios. Vivir en el anonimato, tratar con unos y con otros, buscar acuerdos, sinergias, ganar voluntades políticas, establecer fórmulas de colaboración, lograr beneficios comunes, favorecer situaciones en las que todos salgamos ganando. A mi manera, como ves, también me ocupo del bien común. Del nuestro, el de la familia, y del de los políticos, sus familias y sus partidos, también.

—¡No sabía que fuera tan guay! Mamá dice que tu trabajo es un coñazo y que lo único que haces es chanchullear, pero así como lo cuentas, me mola. Pero prefiero probar antes en política, me tira más, ¿sabes? Para empezar por lo menos, luego ya se irá viendo. ¿Te mando mi currículum al mail de la empresa?

—¡¿El currículum?! Déjate de ceuves. Esto no va así, alma de cántaro. Se hacen unas llamadas que conducen a otras, se hace alguna visita, se invita a alguna comida, se espera respuesta, se recuerda si es preciso, eligiendo bien el momento. El CV ya se lo darás cuando toque. No te preocupes. Eso es un puro trámite. Ve prestando atención a todos estos detalles, ¡eh!

—Sí, papá, lo que tú digas.


©Vergara