domingo, 27 de marzo de 2011

Andrés Iniesta: ¿Elogio o ditirambo?

¿Quién puede discutir el instinto de depredador de Villa, la rapidez con que ve y ejecuta cualquier jugada que pueda acabar en remate o su capacidad para rematar con ambas piernas? ¿Quién puede ver un partido de Xavi sin maravillarse de la infinidad de buenos pases que realiza, de su habilidad innata para encontrar un claro en el campo, levantar la cabeza y elegir la mejor opción o su sentido táctico para ralentizar o acelerar el juego según convenga en cada momento? ¿Quién puede seguir la trayectoria de Iker Casillas sin admirarse de sus reflejos, de su colocación, de la infinidad de partidos en que sus actuaciones han dado puntos, victorias o clasificaciones al Real Madrid o a la selección española?

Pero entre tanta joya, hay, para mi, un diamante especial, alguien que tiene un don para el manejo del balón de los reservados a los genios. Alguien capaz de descubrir una vía de penetración entre las filas enemigas donde los demás ven un muro infranqueable. Un hombre que eleva el fútbol a la categoría de arte, un orfebre del balón, una delicatessen futbolística. Alguien que, con frecuencia y como pasó claramente en el partido contra la República Checa, parece un bailarín entre leñadores. La clase, la finura, la sutileza se dan constante cita en su concepción y ejecución de las jugadas. Tiene la misma habilidad que un malabarista del balón, pero el sabe que la pura exhibición de la habilidad, sólo contenta a quienes no han desarrollado el gusto suficiente para apreciar la exquisitez. Andrés Iniesta sabe que la perfección radica en encontrar siempre la solución más sencilla al problema en cuestión, en la economía de medios, de movimientos. El genio se manifiesta en que hace que parezca verdaderamente fácil lo que es infinitamente difícil. Es tan sutil que, a veces, hace falta recurrir a la repetición de la jugada en cámara lenta para darse cuenta del soberbio nivel técnico e imaginativo de sus jugadas.

Si hay un atisbo de crítica que hacer a Iniesta sería que se le resiste un poco ese repartidor de éxitos y fracasos futbolísticos que es el gol, ese caprichoso dirimente de batallas. Son muchísimos los pasadores, los creadores de juego que, por no marcar apenas goles, por no ser la causa última del éxtasis colectivo del gol, no reciben el premio de la gloria futbolística, no son receptores del fervor del público, que suele ser para el delantero goleador más que para ningún otro.

Sin embargo, el destino, los hados, los dioses del balón, le han hecho justicia a Andrés Iniesta, permitiendo que marcara dos goles inolvidables: uno para el barcelonismo, frente al Chelsea, con su equipo al borde de la eliminación, en semifinales de la Champion’s 2008-2009 y el otro, en la cima del planeta fútbol, el único gol de la final del Campeonato del Mundo de Sudáfrica, el único Mundial ganado por España hasta el momento. Eso, más su admirado talento, su limpieza en el terreno de juego y su categoría humana fuera de él, le permiten ser aclamado allá donde va.

No, definitivamente esto no es un ditirambo. Es el merecido elogio de un futbolista absolutamente excepcional que hemos tenido la suerte de que naciera en España. Concretamente, y como sabe todo el mundo, en Fuentealbilla, provincia de Albacete. Parafraseando la canción con que Andrés Calamaro rindió tributo a Maradona: gracias, Andrés, por las alegrías que le das al pueblo y por tu arte también.





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